Cabalgatas, aguinaldos, coplas y otras tradiciones del Día de Reyes

Una niña recibe su regalo en la cabalgata de Granada de 1949 /Torres Molina/Archivo de IDEAL
Una niña recibe su regalo en la cabalgata de Granada de 1949 / Torres Molina/Archivo de IDEAL

La cabalgata desfila desde hace 106 años, pero en este día se cumplía con otras curiosas costumbres

AMANDA MARTÍNEZ

Los vendedores que no habían conseguido 'colocar' los pavos en Nocheveja, los paseaban por la plaza de Bib Rambla, Trinidad o Mesones con un billete de lotería atado al cuello. Vendía papeletas para rifarlos y que, al menos alguien con suerte, almorzara el día de Reyes un suculento manjar. Pocos podían permitirse estos lujos en una festividad en la que solían intercambiarse tarjetas con los mejores deseos de prosperidad y repartirse los últimos aguinaldos.

También entonces, como ahora, los principales protagonistas de este día eran los niños que en la víspera dejaban sus zapatos en el balcón o colgaban en la reja de la ventana un cesto o cualquier bolsa con suficiente anchura y fondo para cupiese un obsequio. Pero eran años duros y un juguete era un privilegio que muchas familias no se podían permitir. En Granada, varias asociaciones benéficas procuraban que los Reyes no se olvidaran de nadie, una de las activas fue el Centro Artístico.

El 5 de enero de 1912, el Centro organizó la primera cabalgata de Reyes Magos. Sus socios tuvieron la iniciativa de abrir una suscripción que permitiera comprar regalos para los niños más necesitados y organizaron un vistoso desfile para ver reflejadas en sus caritas la imagen de la ilusión.

Los Reyes Magos, acompañados de su séquito, salieron del Centro Artístico e hicieron el primer alto en el Hospital donde sus Majestades entregaron varias cajas con juguetes para los niños enfermos. Con el mismo cometido, la cabalgata se detuvo en el Asilo de San Rafael donde se quemaron fuegos artificiales y bengalas y se cantaron villancicos para recibir a los Reyes que dejaron a los chicos varias cajas de preciosos juguetes. El desfile continuó hasta el Triunfo. Bajo los acordes de la Marcha Real, Melchor, Gaspar, Baltasar y su séquito bajaron de sus caballos y entraron en el Hospicio, (que estaba en el Hospital Real), donde les esperaban los emocionados niños y niñas internos que se habían dispuesto en tres filas: en la primera, los más pequeños de dos a cuatro años; en la segunda, los que tenían entre cuatro y ocho y detrás los más mayores. Uno a uno, los chicos recibieron su regalo y merendaron dulces, galletas y bollos de aceite. El día de Reyes, en la sede del Centro Artístico continuaban repartiéndose regalos.

Fue tal el éxito de aquella primera cabalgata que, en las posteriores ediciones, todos quisieron colaborar donando objetos valiosos que se subastaban para comprar juguetes y pagar los gastos del desfile. También participaban organismos oficiales e instituciones que prestaban caballos, bandas de música, camiones, conductores, baterías eléctricas para la iluminación…

De esta manera se sumó a la Navidad una bonita tradición que aún hoy continúa. Una tradición como era la de fotografiarse con el Rey Mago que recogía las cartas de los niños en aquel 'Palacio de Cristal' que se instalaba en la plaza de Bib Rambla. Aquella plaza que era el centro neurálgico de esta fiesta, rodeada de escaparates como el de los Almacenes 'El 95', en los que miles de niños apretaban su nariz contra el cristal, deslumbrados por el gran surtido de juguetes que se exhibían: caballos de cartón, bicicletas, construcciones de madera, mecanos, muñecas…

Echar los estrechos

Antonio J. Afán de Ribera dedica el segundo capítulo de su libro 'Fiestas populares de Granada', escrito en 1885, a la «Festividad de los Santos Reyes». En él describe una tradición popular de la noche del 5 de enero que reunía a familia y amigos que hoy ha caído en el olvido. No parece que se trate de una costumbre típicamente granadina, pero sí aparece en crónicas de la prensa madrileña del siglo XIX y, en un artículo de 'El Liberal' del 5 de enero de 1879, la describen bajo el epígrafe de «Costumbres Rancias». Lo llamaban 'echar lo estrechos'.

Pascual Madoz en su 'Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España', asegura que esta costumbre de 'Echar los años y los estrechos' tenía su origen en una fiesta romana en la que los hombres estrechaban la mano a las esposas y amantes ofreciéndoles fidelidad aquel año, promesa que las mujeres se encargaban de repetir.

Parece que era una tradición extendida y solía haber puestos en la calle en los que se vendían tarjetas en blanco o con versos románticos, o hilarantes y extravagantes, a los que se le añadían los nombres de las personas que participaban en el intercambio. Separados por sexo, se metían los papelitos en una urna o cesta y se iban sacando simultáneamente, dando lugar a divertidas o curiosas parejas.

Afán de Ribera recuerda las animadas veladas de la víspera de Reyes que proporcionaba este juego a los los miembros de la tertulia 'El Pellejo'.

Repartidos en dos bandos se sorteaban las tarjetas con los 'nombres' y los 'regalos'. En cada una de estas tarjetas estaba escrita una divertida coplilla que emparejaba a los socios entre sí y, a su vez, con un obsequio con el, por supuesto, había que cumplir. El escritor incluye algunos ejemplos en su libro, como el de aquel joven «almibarado» que anhelaba que le tocara en suerte la carta de una chica para tener motivos para cortejarla. Como lo habitual, y divertido, era hacer trampas, el secretario de la tertulia, conocedor de por dónde andaban las intenciones del enamorado, le endilgó lo siguiente:

«Nombre: Una partida serrana

pone este escrito en un tris,

pues compañero de Luis,

sale doña Sebastiana».

Al parecer la señora rondaba los ochenta años y era viuda y tuerta.

«Regalo: Me entra el amor de porrazo

y regalo en conclusión

alma, vida y corazón

y por coleta, un abrazo».

Había que apechugar con la suerte pero el tal Luis pilló tal enojo, que recuerda Afán de Ribera que tardó meses en volver por la tertulia.

En otra ocasión entre los concurrentes había un militar «franco y calavera», al que el 'azar' le valió una sonora carcajada… bueno, a todos los presentes, menos a él:

«Nombre. Don Ramón de Bocanegra,

capitán de cazadores

y mozo de los mejores,

sale en suerte… con su suegra».

«Regalo. Pues al destino así plugo,

y tanto bien se le irroga,

es su regalo una soga,

y se ofrece por verdugo».

A la aludida no le sentó nada bien: «quiso deribar el bombo y embestir al manipulante».

Del juego también surgían curiosas parejas:

«También la suerte adivina;

que ha reunido dos mortales,

el tartamudo Rosales

y la coja Celestina».

Y con el pretexto de esperar a Sus Majestades, acababan el día de Reyes en los ventorrillos del camino de Jaén.