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Ciudades ardiendo

Un bombero se toma un descanso mientras contempla el fuego que ha arrasado la ciudad canadiense de Fort McMurray, que sigue sin poder ser controlado.
Un bombero se toma un descanso mientras contempla el fuego que ha arrasado la ciudad canadiense de Fort McMurray, que sigue sin poder ser controlado. / REUTERS
  • El fuego destruye 1.600 casas en Fort McMurray, la urbe más rica de América. Roma, Londres, Chicago y Santander salieron peor paradas

  • El último gran incendio en España arrasó Santander hace 75 años por una chimenea mal apagada

Cuando el humo empezó a disiparse ayer en Fort McMurray, dejó ver un paisaje desolado. La primera ministra de la provincia canadiense de Alberta, Rachel Notley, estaba contenta: las llamas ‘solo’ han destruido el 10% de la ciudad, unos 1.600 edificios, pero ya se alejan de las zonas pobladas y las plantas de extracción de petróleo. Más de 200.000 hectáreas de bosque han sido devoradas por el fuego alrededor de la que está considerada la urbe más rica de América, gracias al oro negro del subsuelo, y los bomberos creen que, si no llueve durante varios días seguidos, tardarán semanas en controlar todos los frentes. Pero no ha habido muertos ni heridos. Podía haber sido peor. Como en Roma, hace casi 2.000 años, o Santander, hace 75, con las casas reducidas a cenizas, miles de personas sin hogar y cadáveres entre las ruinas. ¿Por qué no ha ocurrido? Los expertos apuntan varias causas: antiguamente se construían las casas de madera, el urbanismo era mucho más abigarrado y los servicios de extinción estaban mal dotados y peor comunicados. Y luego estaba la suerte, claro.

«Las condiciones meteorológicas para que haya un incendio son temperatura alta, humedad relativa del aire baja y viento fuerte. Y que haya combustible, es decir, madera. Si además hay pendiente, el fuego es imparable». Lo resume Pedro Anitua, actual director de Atención a Emergencias y Meteorología del Gobierno Vasco y con 34 años de experiencia en prevención y extinción en Euskadi y Cataluña.

Ese cóctel está detrás de lumbres devoradoras que han iluminado la historia. Por ejemplo, del gran incendio de Roma, que arrasó dos tercios de la ciudad en julio del año 64. Las llamas se iniciaron en los puestos de aceite cercanos al Circo Máximo y la leyenda asegura que, mientras la devastación conquistaba las calles durante nueve días con sus noches, Nerón tocaba la lira. Quizá para apaciguar los ánimos, el emperador abrió los jardines de su residencia a los afectados y, cuando el pueblo le culpó de la catástrofe, a él le faltó tiempo para acusar a los cristianos, lo que degeneró en la primera gran persecución contra ellos.

Londres 1666 y el diablo

En Londres además de las condiciones meteorológicas participó, según la creencia popular, el diablo: la chispa prendió el 2 de septiembre de 1666, un número considerado demoníaco, en una panadería de Pudding Lane, en plena ciudad medieval. Muchos culparon al alcalde, Thomas Bloodworth, por no tomar a tiempo medidas para frenar la pira, que en aquella época pasaban por demoler a toda prisa los edificios colindantes para crear cortafuegos. Se cuenta que, haciendo gala de un fino olfato, menospreció el foco al asegurar que «una mujer podría apagarlo con una meada». Tres días después habían ardido 13.200 casas, casi un centenar de iglesias –incluida la catedral de San Pablo–, cuatro puentes sobre el Támesis y el propio Ayuntamiento. La catástrofe solo produjo (oficialmente) una docena de fallecimientos, además de la muerte política de sir Bloodworth y el ahorcamiento de un chivo expiatorio, un relojero francés que confesó bajo tortura ser un agente del Papa. Pero gracias al nuevo trazado urbano y a la red de alcantarillado, el incendio acabó con la epidemia de peste que llevaba meses diezmando a los londinenses.

En Chicago el gran incendio de 1871 comenzó cuando una lámpara de queroseno cayó y prendió un granero, según las versiones, por culpa de una vaca o de unos jugadores de dados clandestinos. De cualquier modo, aquel accidente menor se convirtió en un cataclismo: en apenas 48 horas las llamas destruyeron 18.000 edificios, dejaron sin techo a 100.000 personas –un tercio de la población– y causaron 300 víctimas. La reconstrucción iniciada casi inmediatamente se considera modélica: Chicago renació de sus cenizas convertida en una de las ciudades más pujantes y modernas de América.

El escaparate de Franco

En España, el suceso más importante se inició en un domicilio de la calle Cádiz de Santander el 15 de febrero de 1941, no está claro si por una chimenea mal apagada (la versión más plausible) o un cortocircuito. Un fuerte temporal de viento sur, con rachas de hasta 180 kilómetros por hora, extendió rápidamente la lumbre por las calles adyacentes, alcanzó la catedral y arrasó casi toda la ciudad antigua. Aunque hubo unos 10.000 damnificados, solo murió una persona, un bombero madrileño. Si la ciudad a orillas del lago Michigan creo su propia escuela arquitectónica, la villa cántabra no le fue a la zaga. Antonio Aretxabala, director del Laboratorio de Edificación de la Universidad de Navarra, destaca que, siguiendo las directrices fascistas que en aquel momento imperaban en Alemania e Italia, la nueva Santander fue diseñada para exaltar la diferencia de clases y expulsar del centro a los pescadores. «Fue un escaparate para el régimen de Franco. Quedó la ciudad más pija de España», recuerda el geólogo santanderino.

Los expertos coinciden en que las actuales normas urbanísticas –en España, el Código Técnico de la Edificación– son claves en la prevención de grandes desastres: la madera se ha desechado como material en favor del hormigón y los edificios deben guardar unas distancias mínimas entre sí. Las calles más anchas permiten el acceso de grandes vehículos de extinción y existe una red de fuentes de agua a presión (hidrantes) que garantizan una actuación eficaz de los bomberos.

¿Significa eso que incendios apocalípticos como los descritos son imposibles hoy en día? «No cantemos victoria: ahí está Lisboa», advierte Aretxabala, en referencia al siniestro que en 1988 calcinó una veintena de bloques en el barrio histórico del Chiado. Y ahí está también Bermeo, apostilla Anitua. Las calles estrechas y en pendiente de la localidad vizcaína favorecieron el colapso de siete inmuebles en 2013. «La normativa se ha aplicado en los edificios de nueva construcción, pero los cascos históricos no se han adaptado aún», recuerdan.

Incluso edificios modernos, como la Torre Windsor de Madrid, construida en 1979, son vulnerables: el edificio de 106 metros de altura carecía de un sistema automático de extinción –rociadores de agua en los techos– y no estaba compartimentado para frenar la propagación del fuego. Fue pasto de las llamas en 2005.

Entre los incendios urbanos, lo atípico del de Fort McMurray es que su origen queda fuera de los límites de la población, pero tampoco en eso es el primero: los de Moscú en 1812 y San Sebastián en 1813 –que solo dejó en pie una calle, desde entonces llamada 31 de Agosto en recuerdo de la trágica fecha– fueron sendos episodios de las guerras napoleónicas, mientras el de San Francisco de 1905 tuvo su origen en un fuerte terremoto.

«No sé en Canadá, pero en España la norma obliga a dejar una franja de 25 metros sin vegetación entre los edificios y el bosque –explica el ingeniero industrial Pedro Anitua–. Pero cuando el viento sopla fuerte, no vale para nada: las pavesas pueden volar hasta un kilómetro de distancia».