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¿Bajas por tener la regla?

¿Bajas por tener la regla?
  • Más de dos millones de españolas sufren una menstruación que les invalida para hacer su vida normal. Una empresa inglesa da a sus empleadas un polémico permiso esos días

  • «Muchas mujeres se echan la culpa, se creen unas flojas». Regular las bajas por el dolor del período reabre un viejo debate: ¿Será otro argumento para no contratarlas?

Los médicos clásicos sostenían que la mujer estaba intoxicada y que sangraba para desinfectarse». Dentro y fuera de aquellas rudimentarias consultas, más arcanas que empíricas, se decía que, en los prolegómenos de esos días, podían «delirar» y volverse «ninfómanas, pirómanas o cleptómanas». Más de una acabó ardiendo en la pira para purgar su osadía roja. Hay más. En el siglo XIX y en los ochenta de la centuria pasada, la «transformación salvaje» que sufrieron por encontrarse con el periodo algunas mujeres acusadas de cometer hechos delictivos –matar a su marido, por ejemplo– les sirvió como eximente ante los tribunales. Hasta antes de ayer, se las apartaba de la matanza del cerdo, del cuidado de las plantas e, incluso, de algunas tareas culinarias aparentemente inofensivas, como preparar una simple mayonesa. Bastaba el roce de sus manos para que lo tocado se pudriera. Aun hoy, millones de mujeres en todo el mundo son tachadas de impuras por menstruar, lo que les obliga a ocultar cualquier indicio que lo revele. Son algunas de las tropelías cometidas en nombre del «desconocimiento» en torno a un proceso al que se le han atribuido «connotaciones diabólicas». Todo esto lo cuenta Gorka Barrenetxea, profesor titular de Ginecología y Obstetricia de la UPV.

Aunque observado con más normalidad en Occidente, la regla, ese proceso que elimina el tejido que las mujeres preparamos en el útero cada mes para albergar un hipotético embarazo, continúa siendo visto como un mero mecanismo fisiológico y, por tanto, asumible sin ruidos. «Y lo es, pero bastante complejo y, a menudo, doloroso física y psíquicamente, lo que puede repercutir en una mala calidad de vida para las mujeres e, incluso, en una incapacitación para trabajar durante esos días», asegura el responsable de Ginecología del hospital público de Santiago, en Vitoria. Convencidos de ello, en la ciudad inglesa de Bristol, la empresa Coexist, que se dedica al fomento de actividades sociales y artísticas, ha decidido instaurar una controvertida política de descanso a su personal femenino los días que estén con el período. Sus directivos ven «injusto» que sus empleadas tengan que trabajar durante ese tiempo y que «adaptar el ciclo natural del cuerpo al del trabajo» fomentará un ambiente laboral «más feliz y también más productivo».

La iniciativa puede sonar a precursora, pero la realidad es otra. La legislación laboral de Japón atribuye días libres para la menstruación desde 1947; Taiwan reguló en 2013 la disposición de tres días adicionales por la regla a la baja remunerada; Corea del Sur aprobó una iniciativa similar doce años antes y, en Indonesia, las mujeres con el periodo tienen derecho a dos días libres al mes. La Duma rusa también ha abordado la posibilidad de adoptar una normativa similar, pero los colectivos feministas la tumbaron por considerar que abriría la brecha de las ‘diferencias determinantes’ entre mujeres y hombres, y que se resucitaría el fantasma del ‘sexo débil’. En el mundo de las grandes multinacionales, el caso más conocido es el de Nike, que recoge ese derecho en su código interno de buenas prácticas.

En España, no existe ninguna política a este respecto. ¿Sería descabellado que la hubiera? A tenor del último estudio nacional sobre la influencia del Síndrome PreMenstrual (SPM) en la vida de las mujeres, elaborado por el Grupo Daphne, formado por ocho prestigiosos ginecólogos, entre ellos, Iñaki Lete, una de cada diez españolas en edad fértil tiene serias dificultades para realizar sus tareas diarias los días previos al periodo o, simplemente, «no puede». Estas últimas son las padecen que el trastorno disfórico premenstrual, que afecta al 1%, y que está en la clasificación de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es la forma más severa del SPM y se manifiesta, en lo físico, en dolor de cabeza, de ovarios, tensión mamaria, hinchazón del cuerpo o fatiga y, en los psíquico, en irritabilidad, inestabilidad emocional, tristeza, ansiedad, depresión...

Estos síntomas pueden hacer «invivible» el tramo final del periodo a un millón de mujeres. A menudo, las más jóvenes y las más próximas a la menopausia. «Lo pasan fatal. Y lo peor es que muchas se echan la culpa. Se creen unas flojas», señala Lete. Los cambios físicos y mentales que desata la tormenta hormonal previa a la menstruación están definidos como síndrome desde 1931, pero «lejos de hacerle frente, la medicina oficial ha dado la espalda a este problema. Y esas mujeres necesitan una respuesta», reclama el especialista, quien prepara su intervención en el próximo Congreso Nacional de Ginecología con una conferencia sobre el uso de los anticonceptivos para tratar el SPM. «Esto es relativamente novedoso y va muy bien. Hasta hace no mucho, se recetaban psicotrópicos, por lo que eran los psiquiatras quienes gestionaban este problema», explica.

«Pánico» al periodo

En ocasiones, la llegada mensual de la menstruación supone un alivio, ya que el malestar previo desaparece. Pero, para la mayoría, aparece la dismeorrea. Es decir, lo que conocemos como el dolor de regla. Lo generan las prostaglandinas, encargadas de contraer el útero con la finalidad de limpiar el lecho preparado para el feto, y se mantienen a raya con antiinflamatorios o anticonceptivos. Sin embargo, estos fármacos no les funcionan a un 10% de las mujeres en edad fértil (en torno a un millón), que padecen una endometriosis dolorosa. «Es una enfermedad terrible. Se tarda en diagnosticar unos ocho años y, a menudo, estas mujeres no son entendidas ni por la sociedad ni por la pareja. Tienen pánico a menstruar. Lo pasan fatal cuando la tienen e, incluso, cuando practican sexo. El dolor es similar al que padecería un hombre si le retorciéramos un testículo 180 grados y le colgáramos un ladrillo», expone, muy gráfico, el doctor Barrenetxea.

En suma, son más de dos millones las españolas cuyas reglas o pre-reglas les dificultan o imposibilitan para hacer su vida normal. Representan el 20% de las mujeres en edad fértil en este país. Así que volvemos a hacernos la pregunta. ¿Debería crearse un régimen de días libres pagados para ellas, como ha hecho la empresa británica? El Instituto de la Mujer, adscrito al Ministerio de Sanidad, se reseva su opinión. La secretaria de Salud Laboral de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), Pilar Bartolomé, no. «Me parece completamente innecesario. Yo tengo compañeras que sufren unas pérdidas muy abundante y no se encuentran en la situación idónea para trabajar. Pero la mayoría no necesitamos quedarnos en casa y los permisos por enfermedad ya están contemplados por la Ley en este país», asevera sin ocultar sus sospechas de que detrás de la iniciativa de Coexist se oculta una «maniobra de marketing». «Supongo» –agrega con ironía– «que si han llegado a este punto es porque tienen solucionados y de forma ejemplar todos los aspectos relacionados con la mujer en el trabajo, como son las bajas por maternidad, la conciliación con la vida familiar, la igualdad salarial, la cooperación entre profesionales o la corresponsabilidad entre empleados, los temas verdaderamente claves y que la mayor parte de las empresas del mundo están todavía debatiendo».

Los tampones, al Congreso

En similar sintonía se expresa la fiscal adscrita a la Sala de Violencia Contra la Mujer Teresa Peramato, quien vería en esa hipotética nueva baja «otro» obstáculo para el «ya de por sí complicado» acceso de la mujer al trabajo, «en el que se penaliza estar en edad de ser madre, tener hijos pequeños o personas dependientes a tu cargo». «Sería perjudicial para las mujeres», afirma para recordar, a continuación, que el ratio de absentismo laboral y de bajas por accidente «habla en favor de las mujeres, que son minoría, con un 33%».

Para Celia Blanco, periodista que conduce un programa sobre sexo en La Ser, la prueba de la falta de naturalidad con la que miramos la regla está en algunas baldas de los supermercados y las farmacias. En concreto, donde se apilan compresas, tampones y copas menstruales, «a todas luces productos de primera necesidad» y que, sin embargo, el Gobierno encarece con el 10% de IVA.

En su pelea porque esta situación «absurda» se acabe y el gravamen se reduzca al 4% le secundan ya 112.000 ciudadanos en la plataforma Change.org: «A la mayoría de los hombres de entre 40 y 50 años de este país les asusta decir la palabra menstruación. Nunca les dijeron ‘mira esto es un tampón y esto es sangre’. Por eso, creo que un gran paso adelante sería, como ha pasado en Francia, llevar este debate al Congreso de los Diputados».