Ideal

Esto sí es un hotel en primera línea de océano

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Vista de la torre y, en las fotos pequeñas, una habitación y diversas actividades de los huéspedes. / Frying pan tower

  • Esta plataforma abandonada de EE UUes ahora un alojamiento. «Aquí puedes estar sobre el mar sin mareos»

Los guardacostas estadounidenses no albergaban grandes esperanzas de librarse de la torre de Frying Pan, el viejo faro con estampa de plataforma petrolífera situado a 55 kilómetros de la costa de Carolina del Norte. El primer intento, en 2009, quedó en agua de borrajas: el comprador, una empresa de buceo, se echó atrás a la hora de abonar los 340.000 euros en los que se había apalabrado la venta. En 2010 se volvió a sacar a subasta, sin mucha confianza: ¿quién iba a querer aquel colosal armatoste de acero, tan maltratado por los huracanes, la corrosión y el salitre? Solo se recibió una puja, la de Richard Neal, un ingeniero de ‘software’ sin ninguna relación previa con el mar, un loco que ni siquiera disponía de una mísera barquita para acercarse hasta la propiedad por la que pagó 65.000 euros. ¿Su objetivo? Restaurar la deteriorada estructura y convertirla en «un ‘bed and breakfast’ para aventureros».

Este tramo del litoral atlántico siempre fue un peligro para los navegantes, porque la desembocadura del río Cape Fear da lugar a unos bancos de arena que complican el tránsito de embarcaciones: la zona de aguas poco profundas recibe el nombre de Frying Pan, ‘sartén’, porque su forma alargada puede evocar vagamente la de ese utensilio. Durante muchos años, se trató de moderar el riesgo de naufragio mediante el uso de sucesivos buques faro, pero en 1964 se decidió levantar una estructura fija, la torre, como un extraño cuadrúpedo de metal en mitad de la nada. Una guarnición de guardacostas permaneció destacada allí hasta 1979, el año en el que se automatizaron las lámparas, y en 2003 la torre quedó fuera de servicio, expuesta a los efectos devastadores de las inclemencias meteorológicas, tan agresivas en este corredor habitual de tormentas atlánticas. Los huracanes ‘Fran’ y ‘Floyd’, en la segunda mitad de los 90, provocaron serios daños al faro abandonado, y muchos en la región estaban convencidos de que su único destino posible era ser derribado y que sus despojos quedasen como un arrecife artificial.

Pero llegó Neal con su plan de romanticismo temerario, en el que la reparación, que está a cargo de voluntarios y llevará «muchos años, probablemente décadas», se ha hecho compatible con la explotación turística. Pasar un fin de semana en la torre cuesta alrededor de 500 dólares por persona, unos 450 euros, a los que hay que sumar el coste del traslado desde la costa: se puede llegar en barco –y, una vez allí, ser izado 25 metros con arneses, porque un vendaval desmanteló la escalera de caracol– o aterrizar en el helipuerto. Las ocho habitaciones son espartanas, prácticamente idénticas a las que albergaban a los cadetes en los 60, y hay zonas en las que el baqueteado armazón sigue comido por el óxido. Pero, aun así, existen pocas experiencias comparables a la de alojarse en Frying Pan, que viene a ser un privilegiado mirador de 400 metros cuadrados.

Pelotas catalanas

«Nos visita gente muy diversa, desde pescadores y buceadores hasta familias que buscan vivir una aventura o parejas de escapada romántica. Tenemos unos atardeceres y unos amaneceres hermosísimos, hay abundancia de pescado justo debajo de nosotros y en ningún otro sitio puedes estar encima del agua sin riesgo de mareos. La mar puede estar tranquila o mostrarse salvaje, pero es siempre diferente», explica a este periódico Richard Neal, que suele justificar su arrebato de comprar la torre como una particular ‘crisis de los 40’. «La primera vez que pude entrar, me sentí como si hubiera retrocedido en la historia», dice, sin ningún arrepentimiento por aquella decisión que ha dado un nuevo objetivo a su vida.

Tal como apunta el dueño, a los peces y las langostas siempre les ha encantado hacer vida social a la sombra de la torre, y esa costumbre lleva a muchos a acabar en la mesa del comedor. Además de capturar la cena, los huéspedes pueden jugar al billar, practicar el tiro al blanco o mejorar su ‘drive’ de golf, disparando al mar las bolas biodegradables que proporciona una empresa catalana, aunque muchas veces se limitan a maravillarse ante la panorámica, desconectar la mente sobre las hamacas de cubierta o subir a la atalaya de 40 metros para abarcar todavía más mar. El mes pasado, un paseante del archipiélago de Vega, en Noruega, encontró una botella con mensaje que un visitante había arrojado al Atlántico desde Frying Pan. En la torre hay wifi, pero es mucho más emocionante sentirse un poco náufrago.

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