Ideal

Tragedia en Navidad

El probable nuevo atentado terrorismo perpetrado en el atardecer de este lunes en Berlín ha causado la lógica consternación pero quizás no tanta sorpresa. Hacía varias semanas que Europol venía anticipando algo así. Todas las fuerzas de seguridad de los países occidentales, no sólo europeos, estaban en alerta. Alemania, además, parecía ser la candidata más probable. Era uno de los países que todavía no había sufrido un atentado de las magnitudes de los de Madrid, Londres, París, Niza o Bruselas. Y la alegría de la Navidad cristiana se intuía que sería el objetivo de los terroristas.

Todavía, cuando escribo, se conocen pocos detalles. Ni siquiera está confirmado que sea un atentado ni la autoría del mismo. Todos los ojos están puestos en la Yihad y en los centenares de combatientes, como gustan autotitularse, que según los informes de inteligencia han regresado o se han colado en Europa, no está claro si huyendo del acoso a que está siendo sometido el Estado Islámico o enviados para proseguir la guerra de terror en otras latitudes. Lo cierto es que Alemania es la que hoy sufre la violencia salvaje de los fanáticos y la que se viste de luto.

Ante noticias como esta nunca se sabe qué pensar ni qué decir. Las ideas se agolpan en la mente de las personas civilizadas, ahogadas en la angustia y estimuladas por la ira. En medio de la consternación de este nuevo acto de violencia brutal, todo el mundo se estará formulando misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Qué se puede hacer para parar esta demencia sangrienta? Todos sabemos, unos por experiencia y otros por referencias, lo que es la guerra, la guerra convencional. Y sabemos que cualquier guerra es una crueldad pero la agravante de la guerra que nos tiene declarada el yihadismo en sus diferentes vertiente -lo mismo da que proceda de Al-Qaida que del Daesh- a todos los que pensamos, no ya diferente, sino a todos los que pensamos. Y lo más grave es que no se ven formas de detenerla o enfrentarla con la urgencia que la seguridad pública exige.

El terrorismo juega con la baza a su favor de la cobardía y la ocultación de la mano que tira la piedra. Una actitud perversa, incluso con la más temible de todas las perversiones: el desprecio de los ejecutores de los golpes por sus propias vidas. No entienden estos descerebrados el daño y el dolor que causan a víctimas y familiares cuando ellos se suman los primeros como uno más entre los muertos. Saben, eso desde luego, que nuestras reglas más elementales de defensa no contemplan la reciprocidad con sus métodos. Su predisposición a suicidarse matando de los autores de los atentados es muy difícil de contener e imposible de comprender.

Quizás la única manera sería internarlos a todos en un imaginario siquiátrico de altísima seguridad, como escribía de forma desenfadada no hace mucho un experto en la lucha contra el yihadismo organizado. El supuesto atentado cometido en Berlín contra un mercado navideño, valiéndose -al igual que ocurrió en Niza-, de la fuerza bruta de un camión conducido por un kamikaze contra niños, mujeres, ancianos, personas en definitiva probablemente alguna incluso de sus mismas aunque más moderadas creencias, es un prototipo del odio al ser humano y la saña con que actúan.

Ignoro mientras escribo, repito – apenas hora y media después de producirse el atentado-, que todavía no sabemos si, como se sospecha, fueron matarifes de la Yihad. Pero en cualquier caso, si por casualidad fuera obra de algún alumno aventajado de la escuela del rencor hacia los demás –como el policía que asesinó a sangre fría en un museo de Estambul, también esta tarde, al embajador de Rusia en Turquía – también será una razón más para lo que está en manos de cuantos no podemos hacer esa dictadura del terror por el terror: aumentar y perfeccionar las medidas de vigilancia, los controles de quienes lavan los cerebros de los fanáticos y actuar con mano firme.

Es triste decirlo o recomendarlo desde una sociedad libre y democrática. Hay algo que en estas circunstancias no se puede evitar, y es el miedo de las personas, sean de la condición social que sean, ante la posibilidad de que igual que hoy les ha ocurrido a los berlineses y antes en otros lugares, un día les toque, o nos toque, mejor dicho sufrir su demencial sueño de grandeza y su seguimiento ciego de quienes interpretan al pie de la letra y propugnan el cumplimiento de esa sura del Corán, que la inmensa mayor parte de los creyentes musulmanes no aceptan, que cuando se refiere a los infieles cristianos, recomienda: “Matadles donde quiera que los encontréis”. A los que deseamos la convivencia en paz y la tolerancia hay que reconocer que noticias como este que llega desde Berlín, nos han puesto muy difícil mantener la calma.