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Foto del Carmen del Granadillo, de Carl Curman.
Foto del Carmen del Granadillo, de Carl Curman. / SWEDISH NATIONAL HERITAGE BOARD

Los cármenes del Darro

  • LA HEMEROTECA

  • Una exposición en la casa de Horno de Oro propone un paseo histórico por las viviendas, acequias y molinos que existieron a los pies de la Alhambra

Ángel Ganivet escribió que el carmen granadino es «una paloma escondida en un bosque». Y más tarde, al satirizar desde Amberes a los que modernizaban la ciudad con la colección de artículos que componen 'Granada la Bella', sostuvo: «Esa mujer que riega sus macetas y ese hombre que arroja brochazos de cal a las paredes de su casucha hacen más por nuestro arte que el señorón adinerado que manda construir un palacio en que se combinan estilos estudiados en los libros y nada nos dicen, porque hablan una lengua extraña que nosotros no comprendemos ¡Formidable curso de urbanismo tradicional en unas líneas!» Para el diplomático y escritor granadino, lo esencial de estas construcciones no eran un rasgo artístico, si no «algo que crea el ambiente», algo que ni siquiera tiene nada que ver con la arquitectura.

Zirto, en un artículo publicado en IDEAL, definió los cármenes como «una casa de recreo, sita extramuros, rodeada de diez a quince marjales de terreno sembrado de viñas, árboles frutales y hortalizas, con su alberca para riego y cerrado todo por una cerca», y numeraba: «los nueve cármenes del pago del Manflor, los cuarenta y siete de Aynadamar y siete del Fargue» sin considerar aún como tales los que estaban dentro de la ciudad que recibieron este apelativo un poco después.

Los carmenes son un rasgo exclusivo de la arquitectura granadina. En ningún otro lugar del Islam, se ha encontrado fuentes documentales en la que conste la existencia de fincas rurales de cultivo bajo la denominación de «Karm». En Granada, según los estudios del profesor Quesada Dorador, esta palabra aparece en torno al siglo XIV para denominar a las casas con huerto situadas a extramuros de la ciudad y se generaliza en el siglo XIX al darle el nombre de carmen a todo edificio con jardín ubicado en las zonas altas.

Seco de Lucena Paredes, también estudió la fisonomía de los Cármenes en un textillo publicado por Caja General de Ahorros en 1971: «El carmen tiene algo de jardín y algo de huerto. Un carmen no es únicamente huerto, ni únicamente jardín. En el carmen las flores se entrelazan con las hortalizas en entrañable maridaje. Los árboles que lo adornan no desempeñan una función exclusivamente ornamental. Decoran, dan sombra y frescura; y al mismo tiempo, producen óptimo fruto. En un carmen se aspira el penetrante perfume de las azucenas, de las rosas, los jazmines, los claveles, los nardos, los alhelíes, la madreselva, el galán de noche; y al mismo tiempo, se recogen granadas y acelgas, albaricoques y lechugas, ciruelas y habas, melocotones y espinacas, peras y cardos, manzanas y fresas, cuya cosecha suele dar abasto para el consumo de una familia. Por lo general, el carmen no es finca de lujo, sino pequeña finquita utilitaria».

Un paseo junto al Darro

Aquellos cármenes, a los que se refirió Chateaubriand como «asilos de la cansada vida», son una de las más atractivas imágenes de la Granada pintoresca de otro tiempo. A los pies de la Alhambra entre mirtos, laureles, cipreses, rosales o magnolios, se escondían maravillosas casas que el desinterés de unos propietarios o el «almibarado clasicismo» de otros, fueron abandonado o transformando hasta constituir un paisaje perdido que ahora una exposición en la casa del Horno de Oro intenta recuperar.

En el valle del río Darro, regados por la acequia de Santa Ana, molinos, fábricas y cármenes componían una paisaje vivo. Por el puente del Aljibillo se accedía a un pintoresco carmen que se encontraba en el arranque actual de la Cuesta de los Chinos. Se llamaba así porque tenía en su interior unos pequeños aljibes que no se han conservado. El carmen el ayuntamiento lo expropió en 1855 para modificar el trazado del camino al cementerio que se construyó justo en medio de su huerta. A partir de aquel año, solo se permitían los cortejos fúnebres por este nuevo acceso o por la cuesta de San Cecilio, con pena de multa para el que lo incumpliera. Sin embargo, la pendiente que existía entre el carmen del Aljibillo y la Torre de los Picos continuó siendo impracticable para los coches fúnebres y tan solo se construyeron unos escalones empedrados para facilitar la subida.

Al otro lado del puente del Aljibillo estaba el carmen del Granadillo, una construcción del s XVII, reformada en el XIX para adaptarlo a los nuevos gustos de la época, con menos huerto y más jardín. Tenía una bonita pérgola por la que trepaban yedras y rosales. Este carmen acabó utilizándose como camerino para las actuaciones que se representaban en el Paseo de los Tristes. Un incendio dañó seriamente su estructura por lo que el ayuntamiento, que lo había adquirido años antes, ordenó su derribo en 1960. En la parcela se conservan algunos restos con piletas y canalizaciones, una escalera de ladrillo que comunicaba la planta baja con la primera, el muro que le separa del Hotel Reúma así como restos del aljibe de ladrillo que abastecía la propiedad.

El Carmen de las Chirimías, o de Santa Engracia, es uno de los más desconocidos. Ocupaba el solar del Hotel Bosque de la Alhambra, inaugurado en 1910 que solo estuvo en activo un par de años. Mas tarde fue casa de vecinos y, como el resto de edificios de la zona, poco a poco se fueron abandonando. «Hay que recuperar el paisaje, no reconstruyendo los cármenes, que ya no tiene sentido, pero sí haciendo una intervención que permita saber que hubo un paisaje habitado y conservar los elementos que quedan», comenta Javier Píñar, uno de los comisarios de esta exposición. El Carmen de la Fuente y el Carmen de los Chapiteles, también forman parte de esta cadena de cármenes en torno a la acequia de Santa Ana, un paisaje de cármenes y molinos en los que contrasta la arquitectura del Reúma, el último ejemplar que queda en pie en la zona y también el menos significativo.