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SOCIEDAD

Copiar y pegar

Plagiar es fácil y peligroso. A un ministro alemán le ha costado el cargo

04.03.11 - 01:28 -
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Al que de ajeno se viste, en la calle lo desvisten'. Ya lo advierte la fábula de Samaniego y el refranero popular, pero los hay que no aprenden. Más vale no colgarse medallas de otro, que tarde o temprano se termina sabiendo y el bochorno puede pasar una factura altísima: esta semana, todo un ministro de Defensa alemán, Karl-Theodor zu Guttenberg, se ha visto obligado a salir por la puerta de atrás del Reichstag (parlamento, con sede en Berlín) después de renunciar al título de doctor que le había otorgado la Universidad de Bayreuth. ¿Cómo se le ocurrió echar mano del trabajo de decenas de autores sin citarlos como fuente? ¿En qué estaría pensando?
Le han colgado el sambenito de 'Herr Googleberg' y deberá cargar con esa vergüenza hasta el final de sus días. La sociedad germana tiene muy buena memoria. Los aspirantes a doctor, ya sea en Bayreuth, Harvard, Buenos Aires o Tokio, seguro que han tomado buena nota del caso y más de uno -ojalá- decidirá en última instancia no acudir a las 'fábricas de trabajos académicos' ('dissertations and essay mills') que proliferan en internet y ofrecen deberes hechos a la carta. Desde 12.000 euros a 50.000 euros puede costar la redacción -o mejor dicho el 'corta-pega'- de una sesuda investigación sobre el uso de las hebillas como metáfora sexual en las obras de Goethe. O de lo que usted quiera, las hay a gusto del consumidor.
¿Qué ocurre si se pilla en falta al estafador? ¿Se le echa de un puntapié? «¿Despido? No, eso no. Si tiene el estatus de funcionario, no se le puede despedir. De todas formas, quede claro que los casos de plagio son poquísimos. En nuestro caso, concentramos el 10% de las tesis doctorales que se defienden cada curso en España -800 de un total de 8.000- y no solemos detectar más de dos supuestos al año. Y otra cosa: casi todos se destapan antes de que se conceda el título, bien porque lo descubre el director de la tesis o porque el tribunal -que examina minuciosamente su contenido- encuentra algo sospechoso», explica Manuel Rodríguez, vicerrector de la Universidad Complutense de Madrid.
En definitiva, la mayoría de las veces la sangre no llega al río: el asunto se resuelve dentro de los estrictos límites del ámbito académico. Sin estridencias. Eso sí, cuando el engaño se revela demasiado tarde -el trabajo ha superado todos los filtros-, el doctor 'de pega' no suele irse de rositas. Se le despoja del título y se le invalida su capacidad docente durante un año. O se rescinde el contrato de investigación. Tampoco se descarta que todo quede en un tirón de orejas sin consecuencias. Aquí paz y después gloria. Como aclaran en la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE), «no hay una normativa común para todos los centros, cada uno actúa según lo que considere oportuno».
Cuatro años de prisión
Una puntualización: el autor de la obra 'expoliada' tiene derecho a apelar a los tribunales cuando la engañifa ha servido de trampolín para hacer carrera académica. Puede presentar una demanda y exigir una indemnización por daños morales (y económicos si la tesis se ha comercializado). Valga la paradoja, ahora esta opción se ejercita incluso contra profesores que se aprovechan del trabajo de sus ex pupilos; como fue el caso de un catedrático de la Universidad de Murcia que publicó un artículo basado en la tesis doctoral de una antigua alumna. El año pasado, la Audiencia Provincial de Valencia dictaminó que había incurrido en «una parasitación» y tuvo que pagar 5.000 euros en concepto de reparación.
Para los que no se conformen con una sanción económica, cabe recurrir a la vía penal, «que puede acarrear penas de cuatro años de prisión», detalla el abogado Jaime Prieto, experto en Propiedad Intelectual e Industrial. Un extremo al que jamás se llega, porque «son medidas que se reservan para casos realmente graves», es decir, cuando el beneficio económico que se ha obtenido alcanza cotas astronómicas. ¿Imposible? Pues no. Tiempo al tiempo. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar la cara dura de alguna gente.
A Karl-Theodor zu Guttenberg -compungido y ojeroso exministro alemán- no le han metido entre rejas pero pasará mucho tiempo a la sombra... sin dar la cara en público. De nada le ha valido ser el político más popular y 'glamouroso' -pertenece a la nobleza bávara y está casado con una tataranieta de Bismarck-, ni contar con el apoyo incondicional de Angela Merkel, una doctora en Físicas que ha insistido hasta el final en que ella no había 'fichado' a «un colaborador científico sino a un titular de Defensa». Le daba lo mismo lo que hiciera en sus ratos libres como investigador universitario o cazador de renos en Suecia. Nada que ver con la reacción de la oposición y los cientos de internautas que han creado una página web (GuttenPlag Wiki) para detectar automáticamente los plagios de Zu Guttenberg. ¡Querían su cabeza! Sobre todo porque hay elecciones locales a la vuelta de la esquina y otros cinco comicios previstos para este año. La pregunta del millón: ¿Qué ocurre con los autores plagiados? ¿Se pondrá en marcha algún procedimiento judicial? ¿Se les indemnizará? Todo apunta a que no.
Más de lo mismo ocurre con Saif el-Islam, un ingeniero árabe que, además, resulta que es hijo de Gadafi y su más claro sucesor al frente de Libia. Siempre ha tenido el mismo talante de su padre -hace poco advirtió a su pueblo de «los ríos de sangre que correrían» si seguían las revueltas- pero, oh, sorpresa, se doctoró hace tres años en la London School of Economics con una tesis de Filosofía Política que reivindicaba la democracia y «el papel vital de la sociedad civil». Sus 429 páginas derrochan modernidad y buenos sentimientos, tanto a la hora de entablar relaciones internacionales como en la gestión de los asuntos internos.
Visto lo visto, la sospecha de plagio toma cuerpo pero todavía no va más allá de ser un 'runrún'. Los casi dos millones de euros que Saif el-Islam ha donado a la London School of Economics le permiten sentirse tranquilo, al socaire de una institución que le debe mucho. De lo que no se librará es del descrédito cuando se confirme que se ha pasado de listo. No corren buenos tiempos para los Gadafi. Muy distinta es la situación de Vladímir Putin, actual primer ministro ruso, que fue acusado de plagio en 2006 por un grupo de investigadores de la Brookings Institution radicada en Washinton. Descubrieron que su tesis doctoral sobre recursos naturales, defendida hace 13 años en San Petersburgo, presentaba «calcos sustanciales» de la obra de dos catedráticos de la Universidad de Pittsburg. Ni David I. Cleland ni William R. King pusieron el grito en el cielo y en Rusia nadie se ha rasgado las vestiduras. Tampoco en EE UU. Ni en ningún sitio. Qué curioso.
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