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Ana María Matute: «El tiempo lo cura todo y lo quema todo»

CULTURA

Ana María Matute: «El tiempo lo cura todo y lo quema todo»

28.11.10 - 01:25 -
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Ana María Matute (Barcelona, 1925) tiene en su salón una gran casa de muñecas habitada por gnomos. Lo dice aparentando seriedad, jugando a ser por unos minutos la niña de 12 años que reivindica tras su mirada triste aureolada por una cuidada cabellera blanca. La escritora habla de su vida con distancia, como si encerrara los peores episodios de la misma en alguna de las dependencias de esa casa de madera en la que ella, aficionada al bricolaje, ha trabajado con sus manos. Su existencia no ha sido tan fácil como parecía garantizado por su procedencia social; tampoco su carrera como escritora, pese a su temprano éxito y al Cervantes que le ha llegado casi por aclamación después de haber estado tantos años entre los favoritos. Y, sin embargo, habla de ello sin dolor ni rencor, sin pasar facturas ni recopilar agravios. Solo en un par de ocasiones pide que no se cite un nombre o desvía la conversación para no profundizar en asuntos en los que las heridas no han cicatrizado del todo. A punto de empezar otro libro, feliz por su último premio y con una recopilación de sus cuentos para adultos recién llegada a las librerías, Matute reitera su escasa confianza en el ser humano y se lamenta ante los estragos causados por el paso del tiempo. Atardece en Barcelona y el tono de sus palabras solo se altera cuando dice que hay algo que no perdonaría jamás:que hicieran daño a su hijo.
– Usted escribía cuentos a una edad a la que los niños de hoy ni siquiera saben leer.
– Sí, comencé a leer a los cinco años. No todos los niños sabían escribir a esa edad, tampoco entonces. En eso fui muy adelantada, así como en otras cosas fui y sigo siendo muy atrasada. Pero le aseguro que era una niña nada repipi. Era muy normal.
– ¿Es cierto que escribía como reacción a su tartamudez?
– Es posible que fuera así. Lo he pensado más de una vez, porque yo era una niña muy reservada. Mis compañeras del colegio se reían. Los niños son crueles. Pero con la guerra se me pasó la tartamudez. Un buen bombardeo lo quita todo.
– ¿Cómo vivió la guerra?
– Para mí fue un gran cambio. Yno todo fue negativo. Hubo cosas que yo me he atrevido a calificar de ‘bonitas’, porque la guerra supuso que niños como yo, que vivían en un ambiente muy burgués, sin relacionarnos con nadie que no fuera de nuestro círculo más próximo, como en una campana de cristal, saliéramos al exterior. Hasta entonces, mi único contacto con la realidad cruda y no bonita de la vida había sido en algunos veranos que pasé en el pueblo de La Rioja de donde procedía mi madre. Allí vi cómo vivían algunos campesinos y eso me dio una conciencia social muy primitiva. No comprendía el mundo adulto, me parecía tan injusto...
– ¿Fue cuando pensó que, de haber nacido pobre, sería de izquierdas?
– Sí, fue así. En los primeros días de la guerra, estábamos mi hermana y yo tumbadas a la hora de la siesta en nuestro cuarto, cuando ella dijo:‘¿Sabes?, si yo fuera pobre, sería roja’. ‘Yo también’, le contesté. Luego, el mundo da tantas vueltas... Ytodo termina por defraudar. Pero yo fui rebelde. Lo sigo siendo.
– Antes hablaba de los bombardeos. ¿Sueña aún con ellos?
– Viví muchos bombardeos y me daban un miedo tremendo, porque a eso no se puede escapar. Nunca he sentido un pánico igual. Tengo aún muy clara en mi cabeza una imagen de uno de ellos:estábamos toda la familia cogidos de la mano, junto a una pared maestra de la casa. Sonaban las bombas y mi padre nos gritaba que no nos soltáramos pasara lo que pasara. Eso hizo que toda la vida haya estado contra la guerra. No hay guerra santa. Ninguna lo es.
Joven rebelde
En su infancia, Ana María Matute estuvo un par de veces gravemente enferma. Luego, finalizada la adolescencia, su vida cambió y se integró en un grupo de escritores radicalmente alejados de las formas burguesas que correspondían a una señorita de la alta sociedad barcelonesa, para escándalo de muchas personas de su entorno.
– ¿La enfermedad cambió su modo de ver la vida?
– Siempre he estado delicada, toda mi vida. Pero es cierto que en mi infancia estuve una vez al borde de la muerte. Es lógico pensar que eso me hizo más fuerte, más consciente de lo importante que es la vida. Es muy duro ver cómo otros niños corren en sus juegos y a ti te dicen que no lo hagas. Pero pronto me sacudí todo aquello. Y aquí estoy, con 85 años.
– Nada más acabar la adolescencia, comenzó a relacionarse con escritores bastante mayores que usted. Algunos la llamaban ‘el pequeño cosaco’ porque bebía más que ellos.
– Hasta los 18 ó 20 años me aburrí muchísimo. Ya esa edad todo cambió. Empecé a relacionarme con escritores. Primero, mayores que yo, es cierto. Luego, también de mi edad. A Carlos Barral lo conocí en una de las fiestas que daba en un piso que estaba sobre la oficina de su editorial, donde organizaba coloquios literarios. Allí me hice amiga también de los Goytisolo. En cuanto a lo de que me llamaban ‘el pequeño cosaco’, es verdad. Bebía más que ellos, sí.
– ¿Esos escritores fueron una ayuda para su carrera literaria?Porque usted ya escribía novelas con 17 años.
– En una de las tertulias que organizaba una señora italiana que yo trataba entonces, conocí a Vicente Aleixandre. Él leyó el original de ‘Luciérnagas’ (inicialmente se publicó como ‘En esta tierra’) y me animó mucho a seguir escribiendo. Pero yo era muy independiente. Incluso lo era desde el punto de vista literario, y lo he seguido siendo toda mi vida.
– Tenía una vida muy poco corriente y entonces hace la cosa más convencional: casarse. Se une a un escritor de origen bilbaíno (Ramón Eugenio de Goicochea), se trasladan a vivir a Madrid y todo termina en desastre.
– Yo estaba muy enamorada, pero era un personaje... como Rasputín. Hasta se parecía físicamente. Él tenía asma y por eso nos fuimos a Madrid, pensando que el clima era más propicio. No me gustó nada Madrid. No la ciudad en sí, donde yo había vivido a temporadas, en épocas en las que mi padre viajaba mucho. Lo que no me gustó fue la vida que hice allí con él.
– ¿Yel café Gijón?Se convirtió en una asidua...
– Recuerdo amigos en el Gijón, aunque tampoco el ambiente me gustaba. Allí estaban Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Sánchez Ferlosio. Nos veíamos en sus casas y, sobre todo, en las tabernas. Se arregla mucho el mundo en las tabernas (risas). He sido amiga de todos, pero manteniendo mi independencia, sin considerarme parte de ningún grupo.
– ¿Qué diferencias había entre el grupo literario de Madrid y el de Barcelona, que usted conocía bien?
– Unía a ambos la opresión y el ambiente gris del franquismo. Lo que les separaba era, quizá, el origen social de algunos de sus miembros. En Barcelona, en general, eran gente procedente de la burguesía. En Madrid, algunos también lo eran, pero había de todo.
Años difíciles
En 1963, después de once años de matrimonio, Ana María Matute desafió todos los convencionalismos y pidió la separación. Empezó así una nueva vida, pero a un precio difícil de imaginar para una mujer de hoy, a causa de la legislación entonces en vigor:perdió la custodia de su hijo y no se le reconoció derecho alguno a visitas.
– ¿Fue la peor etapa de su vida?
– Fue muy dura, sí, incluso en lo económico. Tuve la suerte de que mi suegra era una mujer muy buena y, por su cuenta, me dejaba ir a ver al niño los sábados. Tenía solo ocho años, y que te lo quiten así... Luego, dos años después y gracias a mi abogado, recuperé la custodia y me lo llevé un tiempo a EEUU, donde me invitaron a una Universidad.
– Entonces conoció a Julio, que habría de ser su marido y con el que consiguió la felicidad. Y dejó de escribir. ¿Por qué?
– Padecí una depresión. Era feliz pero todo lo sufrido me pasó factura. Y aunque la superé, el resultado fue que estuve veinte años sin escribir. Pero eso no significa que no fabulara, que no creara historias. Por ejemplo, ‘Olvidado Rey Gudú’, que publiqué en 1996, es una historia de esos años. Mi cabeza no paró de dar vueltas en todo ese tiempo. Incluso tenía notas escritas que me llevaba a todas partes.
– ¿Alguien la convenció para volver a escribir y publicar?
– Veía que los demás escribían y me parecía bien. Me daba cosa pensar que yo lo había dejado, pero si volví a escribir fue gracias a Carmen Balcells. Fue ella quien me obligó literalmente a retomar un proyecto que tenía. Se lo agradeceré toda la vida. Ahora que lo pienso, quizá escribir haya sido siempre para mí como un autopsicoanálisis.
– ¿Se aburrió en esos años de parón literario?
– ¿Aburrirme? A partir de los 18 años, no me he aburrido nunca. Lo he pasado muy mal y muy bien, pero nunca me he aburrido. Siempre he amado la literatura, de manera que cuando no escribía leía mucho. Sigo haciéndolo.
– ¿Es posible el perdón absoluto a quienes nos han hecho daño, una amnistía que borre no solo la pena sino también el delito?
– Imagino que depende del daño sufrido. Yo nunca perdonaría el daño que le pudieran hacer a mi hijo. Nunca. Mire, cuando se dice eso de que un libro es como un hijo, no es cierto. Nunca puede ser ni parecido. Pero en lo que a mí respecta, no tengo nada que perdonar. Prefiero olvidar y quedarme solo con los momentos buenos. Para qué voy a amargarme. Me lo he pasado muy bien en algunas etapas de mi vida. Pues ya está. Si viene algo malo, lo aparto. No es tan difícil. Prefiero guardar conmigo la felicidad antes que el rencor.
– ¿El tiempo lo cura todo?
– Sí, el tiempo lo cura todo, pero también lo quema todo. Lo bueno y lo malo. Te arranca de la memoria cosas que quisieras tener ahí. El tiempo se lo lleva.
– El tiempo... Usted dice de sí misma que se quedó en los 12 años. ¿Todos somos niños, en el fondo?
– Todos no. Hay gente que mata al niño que lleva dentro. Otros no. La infancia marca para siempre. Al menos, en mi caso.
– ¿Se ha sentido cómoda en el mundillo literario?
– Según el grupo de que se trate. En algunos casos, me he sentido muy afín. En general, estoy más a gusto con escritores que con directores de banco. No estoy acostumbrada a tratar con gente a la que no le guste leer.
El Cervantes, al fin
– Y, por fin, después de tantos años de estar entre los favoritos, ha ganado el Cervantes. ¿Cambiará algo el premio? ¿Su actitud ante un nuevo libro será distinta, más exigente si cabe?
– La actitud ante la escritura, ante un libro nuevo, es la misma, con o sin premio. Para lo que cuentan los galardones es para la ilusión con la que se escribe, eso sí. Yme ha hecho mucha ilusión, porque es un reconocimiento a mi trabajo, a tantos años de trabajo.
– Nada más anunciarse el galardón, dijo que era feliz. Como ya ha recibido otros premios, sabrá cuánto dura esa felicidad.
– Todo el tiempo, es algo que no se olvida, porque lo que lo rodea sigue ahí, en tus recuerdos: la emoción, la gente, la recompensa que supone. Escribir es una tarea muy dura y sentir ese reconocimiento es muy bonito.
– ¿Hablará de esa tarea tan dura en su discurso del 23 de abril, en la recepción del premio?
– No lo sé aún. No me he parado a pensarlo, y por un tiempo no quiero ocuparme de ello. Me cuesta mucho hacer discursos.
La escritora se mueve con dificultad por su casa y no sale a la calle si no va acompañada. Pero ni eso la ha obligado a cambiar sus costumbres, tanto en lo que se refiere a la escritura como a las actividades más sociales. Solo se han espaciado sus visitas a la Real Academia, de la que es miembro. «Asisto pocas veces, porque tendría que ir en silla de ruedas y sería muy molesto para todos», se justifica.
– ¿Cómo es un día normal para Ana María Matute?
– Me levanto y tras asearme y desayunar lo primero que hago es el crucigrama de ‘La Vanguardia’. Luego, si estoy escribiendo un libro, me pongo enseguida a trabajar. Sin horario. A veces, apenas escribo y otras estoy hasta las tantas. No soy ordenada en eso.
– ¿Cree en la inspiración?
– Lo importante es ser escritor de verdad. Hay días que te cuesta más y te desesperas. Yluego, al día siguiente, te sale rápido aquello que tanto te costaba el anterior.
– ¿Qué lee ahora?
– Novela sobre todo. Procuro conocer a los jóvenes, aunque no los leo solo a ellos. Ahora estoy leyendo mucho a Luis Mateo Díez, Enrique Vila-Matas, Mankell, Connelly, Elizabeth George. Por supuesto, Faulkner, que a los de mi generación nos ha gustado mucho. Y los del ‘boom’, claro:Cortázar, Vargas Llosa, Gabo, Donoso, Fuentes...
– ¿Sale mucho?
– Necesito ir acompañada hasta para cruzar la calle para ir a la peluquería. Tengo artrosis, osteoporosis, me he caído muchas veces... Estoy fatal. Ahora, la cabeza la tengo como yo digo tan mal como siempre. Pero sí salgo. Todos los domingos voy a comer con mi hermana. Algún otro día de la semana quedo a comer con algún amigo, o a tomar una copita. Yme gusta mucho la música, casi toda, del jazz a Brahms, incluso el flamenco. El cine lo veo en casa, y disfruto mucho con las películas inglesas históricas y las que tratan sobre las guerras mundiales y el Holocausto. Siento una emoción especial con muchas de ellas.
–¿Por qué?
– Porque yo he vivido, a través de la lectura de los diarios, el suicidio de Hitler o cómo colgaron a Mussolini. Era lo que sucedía en mi juventud, y por eso me gustan. Por eso he leído también algunos libros, como ‘Si esto es un hombre’, de Primo Levi. Me gusta mucho la Historia, sobre todo la Edad Media, pero imagino que eso es fácil de deducir de mis libros.
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Ana María Matute en la terraza de su casa. :: JOSÉ LUIS NOCITO

Ana María Matute: «El tiempo lo cura todo y lo quema todo»

La escritora, con su casa de muñecas. :: J. L. NOCITO

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