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De lobos y hombres

12.06.10 - 01:54 -
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El mito de Rómulo y Remo dejó el listón muy alto, la verdad. La historia de los fundadores de Roma amamantados de recién nacidos por la loba Luperca es insuperable. La realidad, no obstante, se esfuerza en no desmerecer y regala de tanto en tanto casos de chiquillos repudiados o perdidos, criados lejos de sus congéneres y cobijados entre otras especies del reino animal. Niños ferales que obligan a interrogarse por aquello que nos hace intrínsecamente humanos. Las crónicas recogidas aquí y allá registran en torno a un centenar de casos en todo el mundo. La mayoría, leyendas y cuentos asustaviejas. Muy pocos estudiados en serio y menos aún los que resisten un escrutinio científico.
Dentro de ese capítulo los niños-lobo constituyen un género en sí mismo en el que, vaya por delante, abundan los montajes, el fraude y el sensacionalismo falsario. Quizá por ello Marcos Rodríguez Pantoja se ha tropezado en su vida con muchos que no le creyeron. Que enarcaban la ceja cuando él relataba su odisea lupina. Se entiende un cierto escepticismo porque su historia es un novelón. 'Mowgli en Sierra Morena' podría titularse, en honor del protagonista más célebre de 'El libro de la selva', de Kipling.
Marcos dejó de ser un niño más a los siete años. En ese punto su biografía hizo un quiebro insólito, en el que los malos no atienden por 'Shere Khan' ni son tigres asesinos, sino un padre desafecto y una madrastra de mano muy larga. A esa edad el crío fue vendido como una res a un cabrero que le dio el oficio y luego se esfumó. Y él quedó librado a su suerte en la serranía cordobesa de posguerra. Doce años de exilio social, de asilvestramiento feroz, sin contacto humano, en compañía de lobos, corzos y hurones hasta que los hombres reaparecieron con uniforme de la Guardia Civil. Tenía 19 años cuando fue capturado y devuelto a empujones entre los de su especie. Corría 1965.
La historia tiene todos los elementos de una fábula clásica: la madrastra, el bosque, los lobos ... y ahí podía haber quedado, pero quiso la suerte que alguien le diera carta de naturaleza académica. «Creí su historia porque daba siempre las mismas respuestas. Investigué en la zona de la sierra de Córdoba donde pasó esos 12 años, hablé con la gente de los pueblos, de Fuencaliente, Cardeña, Lopera, Añora... además encontré similitudes con otros casos de niños salvajes», explica Gabriel Janer Manila, catedrático de Antropología de la Universidad de Baleares.
Los pelos de punta
Janer hizo su tesis sobre el caso de Marcos a mediados de los 70, apenas unos años después de su 'rescate' del bosque. Ahora recupera el asunto con una voz más literaria «pero sin añadir nada» en 'He jugado con lobos' (Ed. La Galera), una historia de amistad, supervivencia e imaginación destinada al público juvenil.
Las peripecias de Marcos Rodríguez Pantoja entre los lobos de Sierra Morena preparan también su salto al celuloide. El rodaje de 'Entre lobos' (Wanda Visión), dirigido por Gerardo Olivares, ha recorrido desde diciembre pasado los escenarios reales. El actor Juan José Ballesta se mete en la piel de Marcos de joven. El auténtico aparece al final del metraje. Las estrellas invitadas son cuatro lobos domesticados que protagonizan las escenas más intensas del filme.
En el set la conexión con los animales fue inmediata. Cuestión de piel, de instinto tal vez. «No dábamos crédito, ni siquiera los especialistas en lobos del equipo», explica Olivares en el diario de rodaje. A Marcos el reencuentro con sus camaradas de juventud le puso los pelos de punta. «No se puede ni explicar», relató en una conmovedora entrevista a RNE, la única concedida hasta la fecha.
Ante los micrófonos, el niño-lobo de Sierra Morena rememoró su primer contacto con los cánidos. Se durmió en una cueva habitada por una loba y su camada. La hembra le arrinconó y, al cabo, «me echó un trozo de carne para que comiera». Tras ese gesto, vivió «revuelto con los lobos, como una familia más. Lo que yo veía que comían los animales comía yo». «A nosotros los animales nos asustaban mucho los tiros», dijo además, en un gesto de autoidentificación lobuna.
Vivir con los humanos
Marcos Rodríguez Pantoja tiene hoy 64 años y habita en un pueblito de Orense, acogido por gente de buena voluntad después de años dando tumbos. La alfabetización se le resistió. Inerme, tuvo que aprender a sobrevivir entre alimañas, otra vez. «Me engañaba todo el mundo. Como no sabía lo que era el dinero, trabajaba todo el día y no me pagaban», cuenta.
«Cuando él vuelve a la sociedad humana era una persona totalmente inadaptada, no sabe manejar esa nueva realidad en la que se encuentra con lobos mucho más ambiguos, con otro tipo de ferocidad», apunta Janer. Aun hoy opina que la integración es incompleta. «A Marcos le cuesta entender las normas sociales y la relatividad de las conductas según las circunstancias».
Juan Carlos Blanco, biólogo y coordinador de la Estrategia Nacional del Lobo del Ministerio de Medio Ambiente, cree poco en las historias de niños acogidos y criados por lobos. «Es que prácticamente todos los casos estudiados en el mundo se han acabado revelando falsos», asegura. Cita como títulos de autoridades los trabajos de David Mech, el mayor experto mundial en el 'canis lupus', y el trabajo crítico de Serge Aroles, 'El enigma de los niños lobos'. Además -añade- «en Sierra Morena es aún menos probable porque en esa zona los lobos, entonces, en la época de posguerra, y ahora también, tienen terror a los hombres, niños o adultos, porque los han cazado con saña toda la vida». Con todo y eso, «iré a ver la película», adelanta.
Janer ofrece una clave que quizá concilie ambos enfoques, la credibilidad de Marcos con el escepticismo de muchos científicos. «Lo que Marcos vivió y lo que creía que vivía son dos cosas distintas. Era un chico muy inteligente, conocedor del entorno en el que fue abandonado y que aplicó esa inteligencia a sobrevivir . Y luego interpretó a su manera las cosas que le ocurrían. Cuando él cuenta que el lobo le protegía, que la zorra le seguía... todo eso es la lectura que él hacía de esa realidad a partir de la imaginación». «Yo creo -remacha el antropólogo- que la imaginación le salvó, haber puesto la imaginación al servicio de su supervivencia».
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