El Albaicín invisible

El Albaicín invisible

Cerró la Casa del Almirante y el 'Ojo de Granada', Puerta Elvira no abre su recinto y la Universidad ha abandonado la Casa del Almirante, lugares todos que daban vida al barrio

JAVIER F. BARRERA

La Placeta de Liñán tiene un pequeño anfiteatro y unas suaves terrazas abancaladas que conectan al final como haciendo embudo con Cruz de Arqueros y la Cuesta de Alhacaba. Pese a los rigores del verano, hay sombra por toda su extensa superficie gracias a los frondosos árboles que la dotan de verdor y frescor. Desde sus bancos, desde los escaños del anfiteatro, las vistas sobre la ciudad de Granada son explosivas. Se aprecia con detalle la distribución de varios campanarios de otras tantas iglesias, los edificios universitarios, los cuarteles militares y la planta del centro de Granada. Es un mirar y perderse descubriendo el trazado de una ciudad que, desde el asfalto, se ha caminado mañana, tarde y noche.

La perspectiva que ofrece, a su vez, de Puerta Monaita y de su Muralla Zirí es también exclusiva, diferente, cercana. Diríamos que casi se puede tocar y lograr el sueño imposible de saltar y caminar sobre ella. La placeta Liñán, bajo el Mirador de San Cristóbal en la Carretera de Murcia, permanece invisible a los ojos de los turistas, de los visitantes, de los guiris, de las guías turísticas de bolsillo, de las páginas de Internet sobre Granada.

Y no es la única. Ocurre mayoritariamente en todo el barrio del Bajo Albaicín, el que sube desde la Calle Elvira por la Cuesta Beteta y Zenete hasta San Miguel Bajo. Estas cuestas y callejuelas, placetas y esquinas, encierran al mismo tiempo una belleza invisible y un estado perfecto de degradación cuasiconsentida. Una ecuación de imposible solución, al menos de momento.

Hace cinco años

Quizá por ganar votos, el compromiso electoral del Partido Popular en 2011 en el Albaicín, es decir, hace ya cinco años, decía: «Insistiremos en que la Junta de Andalucía centre las inversiones del Milenio en la rehabilitación del Albaicín. Exigiremos la declaración del Bajo Albaicín como Área de Rehabilitación Integral para que la unión de esfuerzos entre administraciones que el Albaicín necesita se convierta en una realidad». Palabras, pero ni Junta ni Ayuntamiento movieron una piedra, arreglaron una plaza, acicalaron un edificio o solar abandonado de los que hay en el barrio.

Sí se ha dejado actuar, sin embargo, a la iniciativa privada, con resultados contradictorios, al menos a juicio de la propia asociación de vecinos del Bajo Albaicín. Un ejemplo bastante claro en este sentido es la placeta Álamo del Marqués. ¿Cómo se llega? Se arranca desde la calle Elvira y se sube por la Cuesta Beteta, la de Marañas y se accede por la calle Cruz de Quirós. ¿Qué ha ocurrido? Lo primero es que ya no se llama así. Ha perdido el bello nombre de Álamo del Marqués «por el de Plaza de María Santísima de la Aurora», cuentan en la asociación de vecinos, en una crítica que quiere levantar la alarma de la pérdida del carácter del Albaicín en favor de la órbita del mundo cofrade.

No queda aquí la crítica. También caen sus dardos sobre la manera de actuar del antiguo equipo de gobierno municipal del Partido Popular, «que permite que se haya construido en este lugar una urbanización completa, con cocheras bajo techo, y sobre ellas ha aparecido esta plaza con este nombre». ¿Cuál es el problema? Que un espacio público como esta plaza «se ha privatizado». «Es la única plaza del Albaicín que tiene horario de apertura y de cierre. Una plaza en la que está prohibido específicamente hasta comerte un bocata». En efecto, el cartel informativo así lo deja claro y las rejas que cierran esta plaza tampoco dejan lugar a dudas.

Sin embargo, al igual que en el caso del anterior lugar, la placeta Liñán, esta placeta de María Santísima de la Aurora ofrece, probablemente, las mejores vistas de la Catedral de Granada y de todo su entorno histórico. Invisible a los ojos de los turistas, una vez más, esta postal de belleza sin igual queda perdida en la pugna con el mirador de San Nicolás, las zambras del Sacromonte o el paseo clásico desde la Calle Calderería hasta Plaza Larga.

La Alhambra, ciertamente, le gana la batalla todos los días a la Catedral. Pero una vez sentados en el banco de esta plaza de nombre cambiado, la satisfacción es esplendorosa. La seo granadina emerge entre la bulla de edificios del casco histórico y completa con el resto torres y campanarios del centro un poema pocas veces escuchado.

Se aprecian por ejemplo las dos torres de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y, con ellas, las cúpulas y campanarios de la iglesia de los Santos Justo y Pastor, el Perpetuo Socorro, el monasterio de San Jerónimo y la Basílica de San Juan de Dios, un conjunto de tesoros artísticos y de patrimonio que, una vez más, se observan con quietud y deleite desde las plazas y miradores del Bajo Albaicín, que quedan ajenos a ojos extraños. Un placer recomendable y una lección por aprender.

Poca vida en el barrio

Una de las grandes quejas es que no hay vida en el Bajo Albaicín. No hay comercio, no hay esas tiendas de barrio que alegran las calles. No hay bares y no queda, tampoco, nada de interés turístico. Se abrió en el año 2002 y lo inauguró el entonces alcalde Moratalla una curiosa instalación denominada 'El Ojo de Granada'. Estaba en un carmen rehabilitado en la Calle Cruz de Quirós. Era una cámara oscura para, mediante un antiguo sistema de lentes y espejos, utilizado ya por Leonardo da Vinci, ofrecer al visitante una imagen de la ciudad en movimiento y a tiempo real. Cerró en 2006 «por falta de apoyo institucional», criticaron.

Lo mismo sucede con la Casa del Almirante, donde se cursaban los estudios de Rehabilitación de la Universidad de Granada. Restaurada tras un convenio con el Ayuntamiento, la apertura de la nueva sede de Arquitectura en el Campo del Príncipe ha vaciado de estudiantes el Bajo Albaicín. Resta y sigue, otro atractivo turístico que duerme el sueño de los grafitis es el Aljibe del Zenete, sobre el que el botellón campa cada atardecer. En fin, tampoco se ha abierto el amplio espacio que rodea el Arco de Elvira, donde los vecinos piden un mercadillo y actividades culturales.

El Bajo Albaicín permanece invisible, pero no oculta ni su olvido ni su lamento.

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