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Fallece el arquitecto Antonio Jiménez Torrecillas

Fallece el arquitecto Antonio Jiménez Torrecillas
  • Con su prematuro fallecimiento, la provincia se queda sin una de las figuras culturales más relevantes de los últimos años

El brillante arquitecto y profesor universitario Antonio Jiménez Torrecillas (Granada, 1962) falleció ayer al mediodía en su ciudad natal a causa del cáncer que padecía. La capital perdía así a un profesional muy reputado, con numerosos premios internacionales y con una producción contundente, minimalista, conceptual y muy vinculada a Granada. La prematura desaparición del creador le impedirá ver en funcionamiento su último proyecto: la estación de metro del Alcázar Genil, en Camino de Ronda, en cuya construcción se encontraron los restos de época almohade, lo que hizo modificar el proyecto para integrar los vestigios en el interior de la estación y que estos sean visibles para los pasajeros.

El sepelio del arquitecto, padre de dos hijas pequeñas, tendrá lugar hoy por la tarde (19.00 h.) en el cementerio de San José. El legado del granadino, que se mantuvo en activo hasta sus últimos días, se reparte por toda la capital y entre sus obras más emblemáticas destacan el Centro José Guerrero, el Museo de Bellas Artes del Palacio de Carlos V o la rehabilitación del Carmen de la Aurora en el Albaicín. Jiménez Torrecillas, admirado entre sus compañeros, estudió la carrera en Sevilla y en su trayectoria profesional buscó ir mucho más allá de rehabilitaciones e intervenciones en construcciones históricas, ya que fue un creador versátil con proyectos variados y originales. Esa última característica le hizo cosechar hace diez años las críticas ciudadanas en su arriesgada –a la vez que respetuosa– intervención en la muralla nazarí del Alto Albaicín.

Recientemente, Antonio Jiménez Torrecillas respondía a IDEAL sobre aquel proyecto de la muralla nazarí de San Miguel. Y simplemente envió a la redacción la ficha técnica del elemento en cuestión. Decenas de profesionales acreditados trabajaron en restaurarla. El proyecto se expuso en la Bienal de Venecia y ganó, entre otros, el premio de Arquitectura Española a la mejor intervención en el Patrimonio Histórico Nacional, otorgado por el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos. En definitiva, los granadinos no supieron entender aquel concepto artístico que hoy sobrevive entre suciedad y abandono. Lo quisieron derribar y empezaron a desacreditar ferozmente lo que se había hecho para mejorar el cerro de San Miguel, una zona que hasta entonces había servido eminentemente para el tránsito de coches hacia una escombrera. La arriesgada apuesta patrimonial de Torrecillas sacralizó un elemento olvidado y puso en el mapa urbano la muralla nazarí. Pero pasó aquella batalla y el lugar volvió a no importarle a nadie.

Espacios imborrables

La carrera de Torrecillas, no obstante, tuvo más alegrías que sinsabores y ahí quedan espacios imborrables de este granadino, profesor invitado en decenas de universidades de todo el mundo y tutor de muchos proyectos de estudiantes de arquitectura. Su primera obra construida, el Centro José Guerrero, la hizo cuando sólo tenía 38 años y le fue premiada como la Mejor Intervención en el Patrimonio Histórico, ya que en ella reveló su maestría para rehabilitar del mejor modo posible un edificio antiguo situado en pleno centro de Granada.

Con la Torre del Homenaje de Huéscar (2008) aunó pasado y presente y consiguió la recuperación de un antiguo torreón militar, lo que le valió, entre otros, una mención de honor en la V European Prize for Public Space o exponer en la Bienal de Arquitectura Española de 2009. El estudio de Jiménez Torrecillas también acometió proyectos de otro calado, como unas viviendas sociales en el pueblo de Molvízar, donde recuperó el valor de lo ordinario.

«Gran compañero»

Luis Alberto Martínez, decano del Colegio de Arquitectos y compañero de piso de Jiménez Torrecillas cuando estudiaban en Sevilla, dijo ayer que se marchaba un referente de la arquitectura en mayúsculas, «no sólo en nuestra ciudad, sino a nivel nacional e internacional». «Fue un excelente compañero y amigo … que se va pero su recuerdo y su obra se quedará entre nosotros», atinaba a explicar.

«Decía Antonio en la revista ‘Documentos de Arquitectura’ (2006) que le gustaba ver el mundo como un piso de estudiantes que todos compartimos, con compañeros que llegan antes que nosotros… Decía que otros nuevos sin duda llegarían. Y concluía que el verdadero valor no está tanto en lo que generosamente hemos heredado, como en aquello que generosamente debemos aportar. Hoy ha sido él quien ha dejado el piso y su impronta ha quedado entre las cuatro paredes. Hay que darle las gracias por su generosa aportación. La arquitectura llora su marcha, sentimos la ausencia de un colegiado de su talla, pero sobre todo sus compañeros y amigos lamentamos la pérdida de un hombre entrañable», concluía Luis Alberto Martínez.