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¿Está Felipe González?

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¿Está Felipe González?

Se cumplen 25 años de la clausura de la última centralita telefónica manual de España, que funcionaba en la Alpujarra granadina

23.12.13 - 00:01 -
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¿Está Felipe González?
Magdalena Martín, la 'centralita' de Polopos. :: JAVIER MARTÍN

El día que a Magdalena Martín la mandaron al paro, hubo fiesta mayor: se lonchearon jamones, se apuraron porrones de vino, estuvieron grabando las cámaras de televisión e incluso acudió un ministro en helicóptero para celebrarlo. Ocurrió hace un cuarto de siglo en Polopos, allá en la Alpujarra Baja de Granada, donde una placa recuerda todavía aquel 19 de diciembre de 1988 que revolucionó el pueblo, tan acostumbrado al aislamiento y el olvido. Allí se encontraba la última central telefónica manual de toda España, y las autoridades decidieron dar un poco de bombo a su clausura, para que todo el país pudiese reconocer en imágenes la modernidad y la automatización de los nuevos tiempos, que alcanzaban hasta el rincón más perdido. Magdalena, que en aquel momento tenía 41 años, era la operadora, la que hasta entonces se había ocupado de manejar las clavijas, establecer las comunicaciones y enlazar Polopos con el mundo.

– ¿Y usted ya estaba contenta aquella mañana?

– Yo estaba muy nerviosa y bastante triste, porque me quitaban mi trabajillo. No cobraba mucho, pero era una ayuda para la casa, y me quedé sin paro ni nada. Eso sí, nos dieron un millón doscientas mil pesetas de indemnización, que para la época era mucho.

Magdalena había heredado el puesto ocho años antes de su suegro, Baldomero, y se había acostumbrado a vivir pendiente de la centralita, un artefacto demandante que jamás dormía. «Había que atenderla las 24 horas. Cuando fui a dar a luz al niño chico, el tercero, que ahora ya va a cumplir 29 años, tuve que enseñar a una amiga para que se encargase ella. Pero me gustaba, no sé bien por qué, y además aprendí muchísimo: yo era una cortijerilla y allí estaba, llamando a Dinamarca y a todos los sitios». Polopos tenía entonces 260 habitantes y 46 abonados, entre ellos algunos jubilados extranjeros, pero los deberes de Magdalena también incluían a quienes no tenían teléfono: había que buscarlos a domicilio, para que corriesen a atender las llamadas recibidas en el locutorio. «‘Avisa a mi madre, pero no le digas que he tenido un niño’, te pedían. Yo me acuerdo mucho de una señora del pueblo, un poco sorda, que tenía una hija monja en Madrid. Como ella no oía, yo tenía que quedarme al aparato hasta que me pasaban con sor María, que aún me sigue trayendo todos los años un calendario de La Milagrosa. La gente siempre fue muy agradecida».

– En algunas fotos que le hicieron, se ve que tenía usted una jaula con pájaros encima de la centralita.

– Yo qué la voy a poner ahí, por Dios, si siempre tenía la central muy limpita. Lo que pasó fue que se me presentó una tarde el director provincial de Telefónica, cogió la jaulilla de los canarios y la colocó encima para las fotos, porque decía que quedaba muy gracioso.

¿Está Felipe González?

Aquel 19 de diciembre, lunes, los vecinos de Polopos se endomingaron y se pasaron la mañana escrutando el cielo. Por ahí iban a llegar el ministro de Transportes y Comunicaciones, José Barrionuevo, y el presidente de Telefónica, Luis Solana, pero tardaron más de lo previsto: su helicóptero se perdió por la sierra e incluso tuvieron que descender para preguntar el camino, con un megáfono, a una pareja de la Guardia Civil. En la plaza les aguardaban las mesas repletas de jamón y vino, la música de fiesta a través de unos altavoces y ese ambiente general «de alegría y esplendor» que había pedido el alcalde mediante un bando. Y eso que, después, el propio regidor no se cortó un pelo en su discurso: Antonio Gálvez, maestro de escuela y socialista, reclamó a los ilustres visitantes que solucionasen los mil problemas con el agua, la desastrosa señal de televisión, las malas carreteras...

– Se quedó usted a gusto.

– Aproveché para hacer una serie de reivindicaciones. Lo del agua de abastecimiento tuvo efecto, porque poco después se hizo el trasvase de la Contraviesa. Algo se sacó.

Morcillas, vino y versos

Todo el mundo quería convidar a Barrionuevo y Solana, no fuesen a marcharse los señores importantes de Madrid sin catar sus morcillas y el vino de sus botas. El poeta local recitó unos versos y el ministro, almeriense de Berja, correspondió a tanta atención diciendo que conocía bien la zona: «He caminado por esta sierra. He nacido cerca de aquí, un poco más hacia el este». Telefónica repartió bolsos de plástico para las mujeres, bolis de propaganda para los hombres, insignias con el logotipo para los niños...

Y llegó el momento cumbre: la comitiva de autoridades se desplazó a casa de Magdalena para mantener la última conversación a través de la centralita manual, con el Palacio de La Moncloa. Por culpa de la llegada tardía del helicóptero, todo el programa iba ya con retraso, así que pillaron a Felipe González reunido con el secretario de Estado del Vaticano. Además, se produjeron varios cortes de luz que fueron demorando aún más la ansiada comunicación. Por fin, al cabo de tres cuartos de hora, pudieron charlar Antonio Gálvez y Felipe González. El presidente le explicó al alcalde que él también conocía bien la Contraviesa, cómo no. El alcalde, por su parte, animó al presidente a «aguantar la marea», en aquellos días posteriores a una huelga general. Para cuando Magdalena pudo subir por fin a la plaza, la fiesta y la euforia ya se habían acabado.

¿Está Felipe González?

Las siguientes semanas, de vez en cuando, creía escuchar el imperioso sonido de la central, igual que esos amputados que sienten el miembro fantasma. Porque, en realidad, el aparato ni siquiera estaba ya allí: se lo habían llevado para el museo de Telefónica, con silla y todo.

– ¿Y usted ha trabajado después en alguna otra cosa?

– Solo en la casa, que es enorme, y con los hijos, que ahora están con las novias, pero me siguen trayendo la ropa para lavarla y plancharla.

Revisitar aquella jornada en Polopos nos sirve para comprobar cuánto hemos cambiado y quizá también para curarnos de esa tonta vanidad de creernos la cumbre del progreso: qué definitivo sonaba entonces aquello del «tren de las comunicaciones», con la promesa de que todos los pueblos de más de cincuenta habitantes tendrían línea telefónica en 1990. Parecía que el trabajo ya estaba terminado, que se ponía punto final a un siglo de incesante evolución, pero pocos años después llegaría un nuevo cataclismo al mundo de la telefonía: en la última década, el porcentaje de hogares españoles con aparato fijo ha descendido unos diez puntos, del 90 al 79,7%, mientras los móviles se multiplicaban hasta superar en un 18% el número de habitantes. Magdalena Martín, qué cosas, es una de esas personas que siguen evitando el celular: «No se me dan a mí mucho los móviles. Me regalaron uno, pero ni siquiera lo he estrenado».

Para Polopos, aquel día de tanto revuelo marcó un momento de gloria mediática que precedió a la decadencia. El núcleo de población ostentaba la capitalidad municipal desde tiempos inmemoriales: «Siempre estuvo allí. Polopos tenía la almendra, los higos, las uvas, era el centro del desarrollo. Pero después vinieron los invernaderos y todo fue cambiando», resume Antonio Gálvez, que aún recuerda sus viajes diarios al Ayuntamiento desde La Mamola, la población situada junto al mar, al principio con un ‘vespino’ que «no soportó los diez kilómetros de subida» y después con una Puch. Al poco de aquella apoteosis de ministros y periodistas, el Consistorio se trasladó a La Mamola, y Polopos sobrevive hoy con medio centenar de vecinos, la mayoría muy mayores. Los forasteros que se aventuran hasta allí suelen mirar con intriga y desconcierto una pared, esa que recuerda que el «teléfono automático» del pueblo lo inauguró un excelentísimo señor ministro.

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