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«Desenterrar muertos es macabro, pero hay que restituir la memoria», afirma el escritor hispano-mexicano

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DE IDA Y VUELTA. Tomás Segovia, en la Feria del Libro de Guadalajara (México), en 2005. / EFE
Desde que el alcalde de Granada le llamó a su casa de Madrid poco después de las once para comunicarle la buena noticia, Tomás Segovia llevaba toda la mañana hablando por teléfono -el fijo y el móvil- con amigos que le dan la enhorabuena y periodistas que quieren entrevistarle. Con su dulce acento que por momentos se 'mexicaniza', el flamante Premio Federico García Lorca de Poesía, de 81 años, responde amablemente a las preguntas de IDEAL, como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo.

-¿Qué ha sentido cuando le han comunicado el fallo del jurado?

-Lo primero de todo, sorpresa. Algunos amigos habían oído rumores, pero no me lo dijeron. Siempre me sorprenden los premios, pero incluso me sorprende que alguien lea mis poemas: me parece una especie de milagro. ¿Cómo es posible que yo escribí una cosa y alguien lo leyó, a lo mejor hasta le gustó, lo gozó, aprendió algo o sacó algo en claro...! Me parece que los escritores no merecemos ese regalo de la vida. ¿Y mucho menos merecemos premios literarios, ja, ja!

-¿Cuál es su relación con Federico García Lorca y con su obra?

-García Lorca está ligado sobre todo a mi adolescencia. En el mundo donde yo me crié, el del exilio español en México, era uno de los grandes mitos. Todos los chicos leíamos a García Lorca y los que queríamos escribir empezábamos imitándolo. Era un poeta que conocía todo el mundo, incluso la gente que no leía poesía. Para mí, García Lorca, más que un poeta, es un ambiente, es algo que he respirado durante toda mi juventud. Luego tuve un contacto más cercano, porque el primer apoyo que tuve en el exilio en México entre los escritores fue Emilio Prados. Sentía como si hubiera conocido a García Lorca, porque Emilio Prados me hablaba de él de una manera familiar, como le cuentan a uno anécdotas de los amigos.

-El jurado le ha definido como un poeta de las dos orillas. ¿Se siente así?

-Es probable que yo sea un poeta de las dos orillas, porque he vivido la mayor parte de mi vida en México y ahora vivo aquí, y nunca dejé de tener rasgos españoles. Lo que no soy es un poeta nacional o nacionalista de ninguna orilla, ni de aquélla ni de ésta. Mi mundo es un mundo a la vez mexicano y español, pero también es un mundo francés, porque he pasado parte de mi infancia y adolescencia en países de habla francesa... No me limito a una orilla. Lo que me interesa es lo que es generalmente humano. Si alguien dijera que para entender a Tomás Segovia hay que ser español o hay que ser mexicano, como a mí me han dicho de algunos poetas alemanes, sentiría que he fracasado.

-¿Cómo definiría su poesía?

-Es imposible definir la poesía de un poeta, pero la de uno mismo... Es como definir mi vida; no sabría. Sólo podría decir que es muy interesante.

-El jurado también ha comentado que usted representa a toda una generación de niños de la guerra que se hicieron poetas en América. ¿Le pesa esa responsabilidad?

-No me siento portavoz ni símbolo. Yo soy un caso, pero cada caso es diferente; no soy representativo. Pienso que, si me dan premios, en parte es por eso; no es porque yo sea tan buen poeta, sino porque represento a los niños del exilio o a las dos orillas, y humildemente lo asumo y lo acepto.

-Después de vivir en el exilio, regresó a España. ¿Con qué país se encontró?

-Regresé a trompicones, porque las primeras veces que pasé temporadas en España era un 'shock'; no podía soportarlo. Necesité irme vacunando, irme acostumbrando. La primera vez que volví a pisar suelo español fue justo en el primer aniversario de la muerte de Franco y, claro, España era todavía un país franquista, un país formado bajo un régimen dictatorial. Yo no podía; era un 'shock' perpetuo. Fui vacunándome, acostumbrándome, hasta que pude respirar sin ahogarme.

-En España se está haciendo una recuperación de la memoria histórica. ¿Cree que se ha olvidado a aquellos niños de la guerra?

-Ha habido algo de recuperación, pero falta mucho. Yo no soy especialista, periodista ni investigador, pero he tratado de lanzar sondas aquí y allá. La primera fase de mi exilio fue en una guardería de niños españoles desplazados en París, niños más o menos abandonados, recogidos de las calles de Bilbao y de Madrid. Yo no era un niño abandonado; mi padre nos mandó allí a mí y a mis hermanos, y salimos antes del fin de la Guerra Civil. He preguntado por la Casa de España en París y me cuentan la historia hasta 1936 y desde 1970, pero esos años de la guardería infantil se los brincan. Les he escrito preguntándoles por qué ocultan esos años y no me han contestado. A mí me inquieta mucho saber qué pasó con aquellos niños con los que viví y jugué durante dos años y pico. No he vuelto a saber nada de ellos. ¿Los mandaron a campos de concentración nazis? ¿Los mandaron a España? ¿Se dispersaron? Eran 350 niños españoles en París. Nadie me ha dicho nunca nada de ellos. Claro que falta memoria histórica, falta muchísima...

-Hay una polémica sobre la posibilidad de desenterrar los restos de Federico García Lorca. ¿Qué opina?

-No deja de ser un poco macabro, pero me parece normal que quieran desenterrarlo. No es indiferente. Eso de que uno de los más grandes poetas de un país no se sepa dónde está enterrado ni cómo lo mataron, me parece una cosa escandalosa. Aunque sea un poco macabro buscar los restos, hay que restituir la memoria.

-Francisco Brines, anterior ganador del Premio y miembro del jurado, ha destacado su poesía erótica.

-Se lo agradezco. Creo que todos los poetas tienen poesía erótica. He escrito bastantes poemas eróticos y puede que algunos no me hayan salido muy mal. Durante muchos años publiqué poemas eróticos un poco peculiares: eran sonetos en metro clásico, pero con un lenguaje muy libre, un poco descarado; sonetos hechos a la manera de Lope de Vega o Garcilaso, pero contando una escena erótica con realismo.

-¿Qué otros temas aborda su poesía?

-Un tema que aparece constantemente en mi poesía es el tiempo, pero veo que no muy a menudo lo mencionan las gentes que han hablado de mi poesía. El transcurrir del tiempo, la vida cotidiana, la naturaleza... Pero claro, eso son obviedades.

-Hay quien piensa que la poesía está alejada de la vida...

-La gente cree estar ocupada viendo el fútbol y las series de televisión y, en ese sentido, está muy alejada de la poesía. La gente no sabe hasta qué punto está cerca de la poesía, sin darse cuenta. Cuando yo era profesor les decía alguna vez a mis alumnos, sintiéndome un poco Juan de Mairena: 'Ustedes -que en México, como en Andalucía, es el plural de tú- no se dan cuenta, pero esa manera que tienen de vestirse y de maquillarse, ese ideal de belleza, lo inventaron entre Baudelaire y Mallarmé hace 150 años. Aunque no hayan leído a Baudelaire y Mallarmé'.

-A sus 81 años continúa en activo y dicen sus colegas que su poesía está llena de energía y de juventud.

-Si lo dicen, yo no tengo nada que objetar. Por lo menos puedo dar un dato: acabo de dar por terminado un libro de poemas que se va a llamar 'Ochentaytantos', porque son ochentaytantos poemas escritos en un año. ¿No había escrito tanta poesía en mi vida!

-Ha estado en varias ocasiones en Andalucía. ¿Tiene una especial relación con esta tierra?

-Mi madre era sevillana. No tengo recuerdos de ella, porque murió cuando yo era muy niño. Está enterrada en Alicante. Mi mujer y yo fuimos hace unos años en una de esas expediciones mitológicas a descubrir la tumba de mi madre y más o menos la encontramos... Pero era sevillana y yo siempre he sentido alguna afinidad -mítica, claro- con Sevilla y con Andalucía. Tengo muchas ganas de ir a Granada.

igallastegui@ideal.es
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