El domingo 1 de mayo de 1808 Murat revisa sus tropas en el Prado y el pueblo que odia a los gabachos, franchutes o monsiús, abuchea con insultos, pitos y silbidos al general que, humillado contra la ofensa, promete funestas represalias.
Esa misma noche, Daoiz y amigos cenan en una fonda y, aunque siempre era famoso como persona atemperada (por eso y por su edad, 41 años, le llaman cariñosamente El Abuelo), no puede contenerse ante los insultos de unos soldados franceses que, en otra mesa cercana, despotrican contra los españoles, 'hijos de mala madre'. En su propia lengua reprocha los agravios y ambos bandos están a punto de batirse en duelo, detenido gracias a la intervención de otros compañeros.
Anteriormente Daoiz y su amigo, Pedro Velarde, dolidos por el comportamiento de quienes se enseñorean por toda Europa y Egipto maltratando, robando y violando en todos los sentidos a los naturales, habían planeado un levantamiento nacional fracasado por a la inocencia de Velarde que, considerando la envergadura del asunto, solicitó cooperación de su jefe, general O'Farril, un afrancesado, que liquidó el proyecto.
El lunes 2 de mayo de 1808, Madrid despertó frío de clima y caliente de ánimos. Temprano se reunían grupos de personas cerca de Palacio intentando detener a los franceses empeñados en llevarse a los últimos miembros de la familia real todavía en España. El pueblo se levanta soliviantado y lucha, con garrotes, cuchillos, navajas, piedras, después con macetas, aceite y agua hirviendo, o lo que tiene a mano, y la refriega se extiende por todo Madrid. Tras una sangrienta pelea en la Puerta del Sol, acosados por mamelucos, mercenarios egipcios del ejército napoleónico, los amotinados luchan por la defensa de Dios, del rey y de la patria al grito de «¿mueran los franceses!», a «¿morir matando!» y se dirigen al parque de Artillería de Monteleón donde Daoiz es el oficial de más alta graduación. Ante las presiones de Velarde, de un pueblo acosado, dispuesto a todo, y de su honor profesional, Daoiz reflexiona, asume la defensa contra los franceses que atacan con cañonazos y fusilería dispuestos ya a romper las puertas del Parque.
El ejército español, por órdenes de superiores temerosos de confraternización entre civiles y soldados, permanece acuartelado y con recorte de municiones. Daoiz reconoce la difícil defensa pero manda enfilar cuatro cañones hacia la entrada y, con las puertas cerradas, dispara sorprendiendo a los estupefactos atacantes. Los asediados se defienden, protegidos desde tejados y ventanas colindantes por unos amotinados que han conseguido armas, y casi agotadas sus escasas municiones, han aguantado fuertes ataques. Disparando el último cañonazo, herido en un muslo y apoyado contra un cañón, sable en mano anticipando la muerte, el capitán ve aparecer pañuelos blancos cuya procedencia ignora y el cese del fuego francés. El español marqués de San Simón, capitán general, ha conseguido acercarse al general Lagrange y convencerle de que aplacará a los amotinados evitando más derramamiento de sangre. El francés grita: «¿Rendición!». Despectivo, con su sable toca el hombro de Daoiz llamándole «¿Traître!», traidor, éste se incorpora y sable en alto atraviesa al enemigo. Simultáneamente, por la espalda, una lluvia de bayonetazos y metralla caen sobre la espalda de Daoiz. El médico francés, en lugar de atender a sus heridos y admirado ante su hombría, le presta primeros auxilios.
Daoiz murió con honor, defendiendo la patria que juró proteger. Su ejemplo reforzó las esperanzas frustradas de compatriotas y convirtió el amotinamiento en una sublevación de españoles «todos a una», preámbulo de Waterloo, y de las grandes derrotas del corso. El héroe del Dos de Mayo de 1808 yace bajo congeladas rencillas nacionalista, y hoy, merece reconocimiento con orgullo, gratitud y el cariño de los hijos de su tierra.





