«Como escritor no me interesa ser políticamente correcto»

El periodista y escritor Quico Chirino presenta hoy 'A la izquierda del padre'. / FERMÍN RODRÍGUEZ
Quico Chirino | Periodista y escritor

El autor presenta hoy en Granada 'A la izquierda del padre', una novela que se sumerge en los bajos fondos de la Sevilla anterior a la Expo

PABLO RODRÍGUEZGRANADA

La Exposición Universal del 92 transformó de arriba a abajo Sevilla y, con ella, el resto de Andalucía. Sin embargo, hubo un tiempo en el que las ciudades guardaban lugares prohibidos incluso para los agentes públicos. Es en ese submundo complejo y oscuro de la Sevilla antes de Curro, trasunto perfecto de la Granada o la Málaga coetáneas, en el que se sumerge 'A la izquierda del padre', novela que se presenta hoy en la capital nazarí y que supone el debut literario de Quico Chirino, jefe de Local de IDEAL. El periodista sevillano, que firmará ejemplares del libro el viernes (19 a 21 horas) en El Corte Inglés, pone en pie una trama marcada por la aparición de dos cadáveres en un poblado chabolista, un universo documentado y decididamente 'noir' en el que se dan cita traficantes, prostitutas, yonkis, reporteros con pocos escrúpulos o policías corruptos. Un universo en el que la vida carece de valor.

A LA IZQUIERDA DEL PADRE
Autor
Quico Chirino.
Editorial
Samarcanda.
Páginas
234 páginas.
Precio
15,50 euros.

¿Qué es 'A la izquierda del padre'?

-'A la izquierda del padre' yo quería que fuera una crónica, no una novela. La ficción por la ficción no me interesa. Quería que fuese una crónica novelada, inspirada en hechos reales donde nada de lo que sucede es real pero hay cosas que sucedieron, otras que podrían haber sucedido y otras que sucedieron de manera inconexa y yo he conectado. Es la crónica de un momento social, en los años 80, y una forma de vida con personajes desdichados y en apuro que hoy podrían tener 40 años, que es la edad que yo tengo, y en la que reflexiono sobre qué habría sido de mi vida y las suyas si nuestras circunstancias se hubieran intercambiado.

-¿Qué le interesa de esa Sevilla de la pre-Expo?

-Es la Sevilla que yo conozco, la Sevilla a la que empiezo a ir con mis padres y después como estudiante. Es la Sevilla de antes del 92, con entornos que hoy ya no existen y en la que el Vacie, que ahora está algo más céntrico, a unos pasos del Parlamento, era un terreno baldío. Son entornos en los que yo me había movido porque a mi padre, que era funcionario de justicia, le paraban los yonkis por la calle para preguntarle cuándo tenían que ir a firmar al juzgado. Ese tipo de personajes, que no tienen instinto criminal, con su poética, que andaban por allí, me interesaban. Son personajes duros, que te pueden destrozar en una página y enternecer en la siguiente.

-Una de las claves es la sensación de lo simple que puede ser una muerte, lo poco que vale una vida...

-Es parte del pretexto por el que se empieza a escribir esto. Yo era reportero de El Correo de Andalucía cuando cubrí un suceso y descubrí lo poco que cuesta matar a una persona; cómo personas que incluso pueden ser familia se matan por muy poca cosa, por unos códigos que no se pueden romper. Es entonces es cuando me encuentro con esas personas a las que la vida les ha deparado un metro cuadrado, y en ese metro cuadrado unos intentan matarse, otros dejarse morir y otros ser los reyes. Eso me lleva a pensar qué es lo que hay detrás de esa manera de actuar.

-¿Está la corrupción, en todos los planos, tan arraigada en la sociedad como sugiere el libro?

-Cuando se habla de corrupción, se piensa en la política, y en el libro no hay nada de política, pero todo puede ser política. Lo que planteo, desde la provocación, es que algo habremos hecho mal desde la política y la propia sociedad para que el Vacie esté a unos pasos del Parlamento y sea el asentamiento chabolista más antiguo de Europa. En aquel entonces la corrupción no se entendía como ahora. Había estamentos, instituciones y sectores de la sociedad que funcionaban así porque no podían funcionar de otra manera; y se ve en el transcurso de la novela.

-La novela pone en escena a periodistas sin límites, policías que miran a otro lado, yonkis, prostitutas... Prácticamente no hay sector sin denuncia. ¿Es voluntario?

-Probablemente haya sido involuntario. (Risas) Como escritor no me interesa ser políticamente correcto. Como periodista tampoco, pero a veces me veo obligado a serlo por mi situación, por mi cargo, por mi trayectoria... Pero como escritor, no me da la gana de serlo y por eso cuento las cosas como son. Desde la provocación y la hipérbole te sale una realidad desnuda en la que hay cosas que funcionan mal, gente que son malas y, sí, profesiones que están pervertidas.

-El 'noir' es el género que más se acerca a la novela. ¿Debe ser comprometido y crítico?

-Si soy sincero, no sé si mi novela es 'noir' porque no sabía que existía el género cuando empecé a escribirla. Para mí, el 'noir' es la novela realista actual. Cuando leo las crónicas de la Andalucía trágica de Azorín no sé si estoy leyendo una crónica, una novela 'noir' o qué; pero los jornaleros aquellos no tenían para comer y eran desdichados también. ¿Es 'noir'? La etiqueta que la pongan los que la lean.

Homenaje al periodismo

-Hay dos modelos de periodista diferenciados en la novela, ¿con cuál se siente más identificado?

-Sí, hay un binomio. Está el periodista viejo que llega a la noticia porque se conoce los trucos y sabe cómo tiene que vender, y el periodista novato que busca la verdad a partir de un hecho que no va a cambiar Andalucía y se encuentra con las contradicciones de su jefe, que le administra los tiempos. Ese doble enfrentamiento es una de las claves de la novela y da para reflexionar. ¿Digo que un modelo es mejor que otro? No, en la novela expongo que hay uno y otro. Si me preguntas con cuál es el que más me identifico, puedo decir que en su momento yo fui Espinosa.

-¿Cómo ha sido saltar de un código periodístico a otro literario?

-Soy muy exigente y cansino con la revisión de textos y creo que un periodista debe empezar con 'sujeto, verbo y predicado'. Pero creo que, una vez que se conocen los códigos, uno puede jugar con las normas y buscar su estilo. No me ha sido difícil saltar a novelar porque intento cuidar el lenguaje tanto si escribo una crónica política como una novela. Sí me cuesta trabajo fabular, la ficción. En mi novela hay mucho esfuerzo periodístico porque prefiero, a la hora de contar algo, anclarlo a un hecho real que me ayude a establecer un relato.

-¿Cómo ha sido el proceso de documentación?

-La historia la empecé a través de unos sucesos que cubrí como reportero y tenía un guión que abandoné durante un tiempo hasta retomarlo hace tres años. Me di cuenta de que necesitaba documentar bien todo antes de avanzar y lo que ha habido sobre todo es un trabajo de hemeroteca. Por mi tesis doctoral estoy acostumbrado a trabajar en archivos, visitar sitios, captar imágenes... Para modelar un sitio hay que conocerlo, tener una experiencia, y esa tarea ha llevado mucho tiempo. Todo se ha escrito capítulo a capítulo, enfocando cada uno de ellos como si fuera una crónica. Muchos de ellos, de hecho, son cortos y autoconclusivos. Para algunos puede ser un coñazo documentar todo esto, pero para mí es divertido.

-¿Es esta la novela de la derrota?

-Me encanta esa definición. Creo que es una novela de derrotados. Sé que alguien puede decirme que he obviado una parte de la realidad que seguramente existe en esos barrios, pero creo que hay que avanzar desde un punto de provocación. No voy a obviar el mérito que tiene la labor social que se realiza hoy en día en esos barrios, pero mi novela está ambientada a finales de los 80 y en ese tiempo había yonkis, había prostitutas y había ratas que mordían la cabeza de los niños del Vacie. Lo cuentan las crónicas de la época y es lo que aparece en la novela.

-En esa Sevilla que es equivalente a otras capitales de provincia en Andalucía, como Granada, ¿había salvación posible?

-La ambientación en Sevilla responde a unas necesidades narrativas, pero hay muchas imágenes que están cogidas de la Zona Norte de Granada cuando la visité durante días con el concejal Miguel González y la pateé bien. Allí vi a niños saltando sobre charcos de aguas fecales, por ejemplo. El Vacie podría ser cualquier barriada del extrarradio de cualquier ciudad andaluza de entre los años 60, 70 y 80. Allí se concentraron a los que perdieron sus casas por diferentes motivos. Podría ser Sevilla o Granada, me da igual, pero sí planteo esa misma pregunta, si había salvación posible; o a qué precio alguien podía salir del metro cuadrado que le había reservado la vida. ¿La respuesta? Es mejor que se la dé el lector.

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