El colosal oficio de la Edad Media que sobrevive en España

El colosal oficio de la Edad Media que sobrevive en España

Solo cinco empresas en España sobreviven en el oficio de fundir campanas artesanalmente. En Lérida acaban de moldear la más grande de Europa en los últimos 30 años. En horno de barro y a pie de torre, como en la Edad Media

SUSANA ZAMORA

A Abel Portilla todavía se le acelera el corazón cuando llega el momento «crucial» de la creación, cuando la aleación mágica de 78% de cobre y 22% de estaño, que hace 5.000 años impulsó el desarrollo de la humanidad, convierte el bronce en música celestial, en llamada a misa, en alerta para prevenir a la población de una inminente catástrofe o en aviso de algún fallecimiento.

A sus 60 años, este cántabro vive la fundición de campanas con el mismo entusiasmo que de niño, cuando con 13 ayudaba a su abuelo en un oficio que le viene de lejos (proviene de un linaje de fundidores que se remonta a Marcos de Linares, que murió en 1732) y que hoy sobrevive en España y siguen ejerciendo de forma artesanal cinco empresas: Rosas, en Torredonjimeno (Jaén); Quintana, en Saldaña (Palencia); Rivera, en Montehermoso (Cáceres); Ocampo, en Arcos da Condesa (Pontevedra), y Hermanos Portilla, en Vierna (Cantabria).

Todos estos maestros fundidores proceden directa o indirectamente de esta última región, en la que desembarcaron, a instancias del rey Felipe II, un grupo de holandeses expertos en el oficio para contribuir a llevar los ecos del cristianismo hasta el último rincón de la Península. Arraigaron en la zona de Transmiera, donde artesanos cántabros construyeron en 1519 la primera campana que Hernán Cortés llevó al nuevo mundo; en concreto, a México. Llegaron a ser más de un centenar a principios del siglo XX y, aunque tras la Guerra Civil se intensificó la producción de campanas, muchas fábricas tuvieron que echar el cierre acabada esa etapa de esplendor. Aún así, cinco siglos después, aquella labor sigue fiel a unas señas de identidad transmitidas de generación en generación, pero cuyo negocio se ha diversificado y ha tirado de tecnología para mejorar su calidad y ser más competitivo. Ya no solo se fabrican campanas, también se hacen relojes monumentales o se montan carillones en cualquier parte del mundo.

Abel Portilla es una referencia internacional en la fundición de campanas al estilo tradicional. Lo hace a diario en su fábrica del pueblo cántabro de Gajano, pero durante el trigesimosegundo Encuentro de Campaneros, celebrado a finales de abril en la localidad leridana de Os de Balaguer, Abel ha llevado a cabo la fundición de una campana de 500 kilos partiendo desde cero, en un horno reverbero de barro y paja a pie de campanario (que él mismo construyó), tal y como se hacía en la Edad Media para facilitar el traslado hasta la torre. Se trata de la mayor campana fundida de esta forma en los últimos 30 años en Europa e irá destinada al monasterio de Santa María de Bellpuig de les Avellanes, en el citado municipio catalán, que ha pagado por ella unos 20.000 euros.

En el monasterio, que actualmente alberga un noviciado de los maristas y una hospedería, están con su campana como un niño con zapatos nuevos. «Para nosotros tiene un significado especial, no solo porque logramos recuperar el patrimonio que perdimos durante la desamortización del siglo XIX y las sucesivas guerras, sino porque contamos con una pieza única», apunta Robert Porta, su director. Precisamente, esa exclusividad es la que consiguen los actuales maestros fundidores con el sistema de 'cera perdida', un sistema artesanal y complejo que se prolonga durante un mes y que pasa por tres fases: la realización del molde interior o 'macho', que se logra colocando ladrillos en círculos concéntricos de mayor a menor diámetro, unidos por barro a partir de un plantilla o 'terraja'. Ésta reproduce con exactitud los perfiles de la campana y de su diseño depende que tenga una nota musical u otra.

Muchas de estas plantillas han pasado de generación en generación. Las proporciones y equivalencias en peso, altitud y grosor definirán el sonido de una campana y la personalidad de su creador. Asegura Abel que es fundamental untarla de ceniza para impedir que quede adherida al siguiente molde, que es la 'camisa' o 'falsa campana'. Ésta sirve de recipiente para verter a una temperatura de entre 1.000 y 1.200 grados el bronce líquido, que quedará limitado por la capa externa, donde van grabadas las leyendas, símbolos y la firma del maestro fundidor. En las más de 4.000 que Abel ha realizado puede leerse: 'Abel Portilla me fecis (me hizo)', seguido de un pez, varios asteriscos y dos pájaros volando. «Cuando la campana tiene todos sus adornos, se cubren con una mezcla de barro cribado, clara de huevo y sangre de animal. Así se crean varias capas de cera y se rematan con otra de barro y excrementos de caballo antes de proporcionarle calor para que las inscripciones se fijen a la campana», explica Abel.

Realizados los moldes, se crea un foso donde estos se entierran a un nivel inferior al horno, para que una vez fundido el bronce y por efecto de la gravedad llegue hasta los 'bebedores' de la campana. Es la fase donde estos artesanos se lo juegan al todo o nada en un solo un minuto y que ellos denominan 'colada' o 'punto crítico'. «Todavía se me acelera el corazón cuando tengo que decidir el momento de abrir la puerta del horno. Hay que contener la impaciencia y comprobar hasta en tres ocasiones si la temperatura es correcta antes de dejar salir la 'lava' incandescente de metal», subraya Abel. En Os de Balaguer, el público lo vivió como algo «casi místico». «Es como el nacimiento de un hijo. Hay quien rompió a llorar de la emoción o quien se abrazó al que tenía al lado», rememora Jaume León, presidente de honor de la Cofradía de Campaneros de Cataluña.

Simulación por ordenador

Después de tres días enfriando bajo tierra, la respiración se contiene mientras la campana emerge de la tierra. Ahora solo queda la parte acústica, ya que una vez fundida hay que tornearla para obtener las frecuencias adecuadas. Este proceso, que antes se hacía de oído, ha evolucionado y algunas empresas, como Quintana, en la localidad palentina de Saldaña, llevan más de dos décadas estudiando con programas informáticos que simulan la vibración de la campana cómo mejorar su perfil original para que suene mejor.

«Nuestro oficio no corre peligro, porque campanas se van a seguir haciendo siempre, más o menos dependiendo del momento económico y social. Sin embargo, somos menos que hace 40 años, cuando la situación no era mucho mejor que la de ahora. Por eso, no queda más remedio que adaptarse a los nuevos tiempos para sobrevivir», subraya Ignacio Quintana, gerente y maestro fundidor de una empresa que lleva a gala la fundición de las campanas que sonaron en 2004 en la catedral de la Almudena durante la boda de los actuales Reyes de España.

La Iglesia sigue siendo su principal cliente y, además, «paga religiosamente», reconoce Abel. Fundidores como Alberto Damas, de Campanas Rosas, están convencidon de que mientras exista esta institución las campanas seguirán teniendo una función y el oficio tendrá futuro. Aún así, reconoce que ha sido necesaria una diversificación del negocio para salir adelante en momentos de crisis económica.

En el caso de la familia Rivera, instalada en Montehermoso (Cáceres) desde 1850, se mantiene el método artesanal, pero también ha apostado por un sistema más moderno, basado en otro tipo de materiales (silicatos, catalizadores y siliconas) y un proceso de moldeo que reduce el tiempo de fabricación en un 70% y su coste, en un 15%. «Con este método, cada campana sigue siendo única y personalizada, pero carece de ese romanticismo de las artesanales», puntualiza Gabriel Rivera, maestro fundidor al frente de un negocio familiar que es el único de España en la fabricación de cuadros de mando para accionar los badajos a distancia desde el móvil o un ordenador.

Para Abel, el oficio está asegurado siempre que haya aprendices dispuestos a perpetuarlo. «Prepararlos cuesta dinero y hasta seis o siete años de formación; eso no es rentable. Además, los jóvenes prefieren otros trabajos mejor considerados socialmente y donde no haya que doblar tanto el lomo. Hoy por hoy no podemos lanzar las campanas al vuelo», resume.

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