Aquí la protesta se hizo guerra

Aquí la protesta se hizo guerra

Un recorrido por la ciudad siria de Daraa, donde prendió la chispa que arrasó el país. Las ruinas y el silencio recuerdan el precio pagado

MIKEL AYESTARAN

Ochenta kilómetros, esa es la distancia que separa Damasco de Daraa, una ciudad fronteriza con Jordania que saltó a los titulares de todo el mundo en 2011 por ser escenario de las primeras protestas contra el Gobierno sirio. Fue la población de Siria donde antes se notaron los efectos de la denominada 'Primavera Árabe', que por aquellos días recorría Egipto, Túnez y Yemen, donde se vivieron importantes movilizaciones antigubernamentales. Ochenta kilómetros, que transcurren por la autopista internacional que conecta Damasco con Ammán, cuyo paso fronterizo estuvo cortado durante tres años debido a la situación de inseguridad. Recorrerlos en 2019 obliga a viajar mentalmente al pasado, a aquellos primeros días de enorme inestabilidad en que los activistas colgaban en las redes vídeos de edificios públicos atacados, fuerzas del ejército abriendo fuego o la estatua central de Hafez Al Assad, arrancada de cuajo.

Después, durante años, la ciudad señalada como el lugar en el que prendió la chispa de las protestas pasó a un segundo plano informativo, eclipsada por Homs, Alepo, Palmira y Deir Ezzor, pero la guerra se cebó con ella y grupos como el Frente Al Nusra, brazo de Al Qaeda en Siria, y el Estado Islámico se hicieron fuertes en sus calles y en diferentes partes de la provincia homónima. Hasta el pasado verano las armas no callaron.

La parte vieja de la ciudad, el antiguo centro de todo el comercio, es hoy puro escombro. En esta especie de 'zona cero' las ruinas y el silencio recuerdan a todos los vecinos el precio pagado. Es una gran herida abierta en el corazón de una Daraa donde «hemos ganado en tranquilidad, pero no se puede hablar de estabilidad ya que los acuerdos de reconciliación han permitido a distintos grupos conservar sus armas ligeras y hay amplias zonas en las que no entra el Ejército, son los propios grupos armados quienes están al mando y hay constantes ajustes de cuentas», explica Abu Mohamed, funcionario del ayuntamiento al que desde 2013 la violencia ha obligado a desplazarse junto a su familia en cinco ocasiones.

La ONU estima que en Siria hay 6,6 millones de desplazados internos, que sumados a los 5,6 millones de refugiados suman más de la mitad de la población del país obligada a moverse por la violencia. La estadística del Gobierno sirio apunta a que 4,3 millones de esos desplazados habrían podido regresar a sus hogares desde 2016.

Abu Mohamed vive con su mujer y sus cuatro hijos en un piso de alquiler en el centro. Afirma que «es imposible pensar en reconstrucción si no hay apoyo internacional» y reduce a «una cesta de alimentos cada dos meses» toda la ayuda que reciben tras perderlo todo. Su casa ya no existe por lo que no puede soñar volver a ella y tampoco tiene ahorros para intentar reconstruirla. Su sueldo es de 40.000 libras sirias (66 euros al cambio) y el alquiler, «que es una ganga», es de 30.000 libras (50 euros), un problema al que se enfrentan los desplazados y los miles de refugiados que regresan al país, tan solo a Daraa son 25.000 los retornados desde Jordania en los últimos ocho meses, según los datos de la gobernación. La economía de guerra ha hundido la moneda nacional, y el dólar es diez veces más fuerte que en 2011.

Mohamed Jaled Al Hanuse lleva ocho años como gobernador de esta ciudad histórica, que ya aparece en la Biblia con el nombre de 'Edrei'. Assad le designó en el momento de mayor tensión que jamás ha vivido Daraa y permanece en su despacho blindado, situado en un edificio que ha sido blanco de numerosos ataques.

«Reconciliación en marcha»

Exgeneral del Ejército, sus palabras son órdenes para los funcionarios. «Me da igual que la gente se acuerde de que aquí comenzaron las protestas. En 2011 calculo que teníamos al 70 por ciento de la población en contra del Gobierno y hoy es todo lo contrario. Queda mucho trabajo por hacer, pero hay una reconciliación en marcha y vuelven los servicios, ya no queda una sola localidad de la provincia sin pan y avanzamos en la reparación de escuelas, centros médicos y carreteras», asegura Al Hanuse, orgulloso de que Daraa vuelva a acercarse a las cifras de producción agrícola que le sirvieron para ser conocida como 'la despensa' de Siria. El gobernador habla de todos los planes que tienen para rehabilitar y reconstruir escuelas, hospitales, edificios públicos... pero lamenta la falta de recursos.

Para el dirigente baazista todo lo que ocurrió a comienzos de 2011 respondía a «un plan para dividir y debilitar a Siria. Eligieron Daraa para empezar por su cercanía a Israel y Jordania, por cuya frontera llegaban a los terroristas las armas enviadas por el Golfo. Decían que Assad caería en dos días, pero se equivocaron». Cuando se le pide permiso para visitar la mezquita de Al Omari, epicentro de las protestas en 2011, responde con evasivas. Finalmente, la visita no se produce debido a «motivos de seguridad» ya que se debe coordinar cualquier movimiento allí con los grupos armados que permanecen en el interior de la zona.

Al Hanuse llegó al cargo en sustitución de Faisal Kalthum, relegado por no haber sabido gestionar el comienzo de las movilizaciones.

Una nueva estatua

Con la vuelta de Daraa al control del Gobierno, las autoridades han restituido también los símbolos que destruyó la oposición. Una nueva estatua de Hafez Al Assad, anterior presidente de Siria y padre del actual, Bashar Al Assad, se alza en mitad de la ciudad sobre un pedestal que llevaba ocho años vacío. La efigie fue motivo de protestas en marzo, cuando «cientos de personas», según activistas de la oposición, salieron a protestar para mostrar su desacuerdo por invertir dinero en estatuas cuando media ciudad es puro escombro. Al otro lado de la carretera hay una foto enorme de Bashar. En apenas unos minutos se accede a la 'zona cero', donde se encuentra el antiguo palacio de Justicia, uno de los primeros edificios públicos atacados por manifestantes en Siria junto a las oficinas de la televisión nacional. La escolta se detiene al llegar al puesto de control que da acceso a Daraa Al Balad y dice que no se puede seguir. «Los civiles pueden pasar, pero para que entre una delegación hace falta coordinarlo con los grupos armados», aclara un miembro de la seguridad. Es uno de los bastiones en los que las armas siguen estando en manos de los opositores.

A ambos lados del camino se suceden los esqueletos de edificios. Una imagen idéntica a la que se puede ver en barrios enteros de lugares como Homs, Alepo, Gouta (el cinturón rural de Damasco), Deir Ezzor o Raqqa. La cifra de muertos y desaparecidos es imposible de calcular, más de la mitad de la población del país se ha convertido en desplazada o refugiada y más de la mitad del país está en ruinas. A muchos sirios les gustaría detener el reloj en marzo de 2011, antes de que las protestas de Daraa se convirtieran en guerra, pero la pesadilla no ha terminado.