La gran celebración de Corea del Sur, un siglo después

Niños surcoreanos agitan banderas de su país en el acto celebrado en Seúl para conmemorar el centenario de la independencia./EFE
Niños surcoreanos agitan banderas de su país en el acto celebrado en Seúl para conmemorar el centenario de la independencia. / EFE

Los surcoreanos se vuelcan en el centenario de su Declaración de Independencia ajenos al fracaso de la cumbre Trump-Kim Jong-un. El vecino del Norte no les inquieta lo más mínimo

JOSÉ ANTONIO GUERRERO

Los coreanos del Sur tienen mucho que agradecer a un político disléxico, padre de la 'Ley Seca' y promotor de aquel embrión de la ONU que fue la Sociedad de Naciones. Se llamaba Woodrow Wilson y fue el 28 presidente de los Estados Unidos. Poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial, en enero de 1918, Wilson pronunció un discurso con catorce puntos ante el Congreso de Washington. En el quinto citaba el derecho a la autodeterminación. Muy lejos de allí, en Tokio, la noticia fue saludada con entusiasmo por un grupo de estudiantes coreanos que anhelaban sacudirse el yugo del imperio japonés sobre su país. Aquel quinto punto impulsó a los jóvenes a redactar una declaración exigiendo el fin de la dominación colonial japonesa. La península coreana llevaba años sometida al trato deshumanizado del Gobierno nipón, que castigaba toda identidad nacional que se saliera del estilo de vida japonés (idioma, costumbres, vestimentas, hasta los nombres de los recién nacidos). Así que aquel manifiesto estudiantil no tardó en prender la mecha que Corea necesitaba para alumbrar el camino hacia su independencia.

El 1 marzo de 1919, a las dos de la tarde, un grupo de 33 activistas e intelectuales coreanos se reunió en el restaurante Taehwagwan de Seúl para leer la Declaración de Independencia de Corea. Poco después una multitud inició una marcha pacífica, violentamente reprimida por las fuerzas del ejército imperial. Hubo fusilamientos, torturas y detenciones masivas. Pero aquella brutalidad sólo logró fortalecer el sentimiento patriótico y dar alas a un movimiento que fue avanzando hasta convertirse en el germen de la independencia de Corea. Por eso, cada primero de marzo, el país (en este caso Corea del Sur, separada del Norte tras la capitulación japonesa de la Segunda Guerra Mundial) se vuelca en la celebración de la efeméride con una encendida exaltación nacional y la orgullosa reivindicación de sus costumbres y tradiciones. No faltan los desfiles folclóricos donde los coreanos exhiben su cara más festiva, sacando del armario el hambok (el traje típico) y tocando instrumentos de raíz popular como el janggu, un tambor con forma de reloj de arena, o el daegeum, una flauta hecha de bambú. Y por supuesto no hay un centímetro de calle sin adornar con banderas, muchas banderas surcoreanas (algunas gigantescas alfombrando las fachadas de los edificios de Seúl) y también de Estados Unidos, en homenaje al amigo Wilson y al país que en 1950 vino en su auxilio cuando fueron invadidos por Corea del Norte.

Las calles de Seúl, siempre tan pulcras (no hay grafitis ni se ve un papel en el suelo ni tampoco colillas ya que sólo se puede fumar en lugares permitidos) amanecieron el pasado viernes atestadas de gente que disfrutaba con el estruendo de himnos militares y canciones tradicionales. Los coreanos (25 millones viven en Seúl y su área metropolitana, la mitad del país) dejaron la discreción en casa para bailar, cantar y comer como si no hubiera un mañana, y participar en sus vistosos desfiles.

Esta vez la fiesta ha sido doblemente especial: se conmemoraba el centenario del 'Día del Tres en Uno' como se conoce aquella declaración del primero de marzo (el tercer mes) de 1919 y, además, ha coincidido con la cumbre Trump-Kim Jong-un. Como se sabe, el encuentro, en el que Corea del Sur jugaba ese extraño papel de protagonista fuera de cámara, concluyó sin acuerdo.

Ni caso al vecino de arriba

Aunque el mundo respiraría más tranquilo si Kim Jong-un desmantelase su arsenal nuclear, sus vecinos del sur lo viven con una indiferencia que raya el pasotismo. Ni siquiera las esporádicas bravuconadas del dictador comunista lanzando misiles balísticos sobre sus cabezas les hace perder la tranquilidad. Es verdad que esta actitud es más común entre los jóvenes que entre las generaciones que sufrieron las secuelas de la guerra con Corea del Norte, pero ni unos ni otros temen a Kim o les preocupan sus amenazas. «Habla y habla y siempre dice lo mismo, de vez en cuando lanza un misil que casi siempre se le rompe», dice Choi, trabajador en el astillero de Ulsan, el mayor del mundo. «En Europa os preocupáis mucho y aquí nos partimos de risa», añade Choi, que acaba de terminar el servicio militar obligatorio (ahora es de 18 meses, pero llegó a ser de tres años en la época de máxima tensión con el Norte).

Jace Roth es un surcoreano nacido en Nueva York que acaba de abrir un negocio de cafés y tartas en el subsuelo de Seúl (bajo las calles hay un mundo de baños públicos impolutos, bares, lavanderías, peluquerías, salones de masaje y de manicura) y que cree que en el futuro las dos Coreas acabarán uniéndose, «como sucedió con Alemania». También lo piensa Yin Yun, un periodista coreano casado con Rocío, reportera salvadoreña del medio digital 'La Voz de la Diáspora', quien confía en una pronta reunificación. «¿Para qué vamos a esperar?», apunta en un perfecto castellano mientras asiste vestido con el tradicional hambok al cambio de guardia en los palacios reales, uno de los principales reclamos turísticos de Seúl. Yun cree que la unión traería más beneficios que otra cosa, y que su éxito no dependerá tanto de la población civil como de las grandes potencias que apoyan a cada una de las dos Coreas.

Choe, otro trabajador del sector naval que nació en 1955 y que sufrió las consecuencias de la guerra, se muestra más reticente. Soportó en sus propias carnes las hambrunas que siguieron a la guerra con Corea del Norte, y ni por asomo quiere revivir aquella época de penurias. Por eso no se acaba de fiar y pide «garantías para no volver atrás». «De niño pasé hambre, pero al final salimos adelante. Me preocupa que la reunificación signifique perder calidad de vida. Si ellos tuvieran nuestro nivel de vida (número 12 en la economía mundial), sería más fácil. Aún así dependerá de que Rusia, China y Estados Unidos se pongan de acuerdo».

A Lee, que trabaja de taxista, le preocupa más la contaminación que las amenazas del dictador norcoreano, que no se cree. Ciertamente la polución que les llega de las fábricas de China es un serio problema que cada mañana llena Seúl de mascarillas. Cuando los niveles son insoportables los ciudadanos reciben alarmas de emergencia en sus móviles. Incluso en los días soleados, la capital vive envuelta en una especie de neblina que difumina el azul del cielo. Se supone que los monzones y las lluvias de verano aliviarán la situación, pero en este día de marzo la mayoría de los peatones cubren sus bocas y narices.

Kim, uno de los jóvenes recepcionistas del hotel, tiene la certeza de que su 'tocayo' del norte nunca se atreverá a pulsar el botón nuclear. «Sería su final y el de su país». Tampoco le inquietan las intimidaciones que llegan de arriba. «Lo de amenazarnos con misiles y bombas nucleares pasa cada cierto tiempo, pero luego se queda en nada y además no sería la primera vez que el misil ni siquiera ha llegado a despegar». Las autoridades tienen dispuestos búnkeres en caso de ataque, «aunque yo nunca los he visto, ni sé dónde pueden estar», apostilla Roth, el surcoreano neoyorquino.