La ciudad que transforma la ropa en prendas igual de buenas y mucho más baratas

La ciudad que transforma la ropa en prendas igual de buenas y mucho más baratas

Esta ciudad italiana es la capital mundial del reciclaje de ropa. Los trapos y prendas viejas son transformados en tejidos tan buenos como los originales y a precios mucho más competitivos

DARÍO MENOR

Lino tarda menos de un segundo en decidir si una prenda será reciclada o se venderá en los mercados de segunda mano. Después de abrir con un gancho metálico el bolsón de plástico lleno de pantalones, camisetas, camisas y jerséis, su ojo experto le hace valorar a toda velocidad si la ropa está en mal estado o pasada de moda, por lo que lo mejor que puede hacerse es utilizar sus fibras para dar vida a una nuevo tejido. «Controlo mil kilos de ropa al día, aunque los viernes suelo bajar a unos ochocientos porque estoy ya pensando en el fin de semana», cuenta entre risas mientras no para de revisar vestuario. Lino tiene frente a él una suerte de jaula donde están guardados los bolsones con la ropa, que según clasifica va lanzando con admirable puntería a unos enormes cestos. A su lado, otros cinco empleados, todos napolitanos como él, desempeñan la misma labor en una nave de un polígono situado a las afueras de la ciudad toscana de Prato, capital italiana de la industria textil y, además, centro mundial del reciclaje en el sector.

Según el último informe de la fundación Ellen MacArthur, dedicada a la promoción de la economía circular, sólo el 1% de los casi 100 millones de toneladas de tejidos producidos cada año son reciclados. Son unas 980.000 toneladas, de las que el 15% pasa por las fábricas de Prato. Lino y sus compañeros trabajan en Comistra, firma de referencia en la producción de lana regenerada usando las fibras de prendas desechadas por sus dueños. «En Prato llevamos 200 años trabajando con el textil utilizado para volver a introducirlo en el ciclo económico. Hasta hace bien poco las grandes marcas tenían prejuicios para hacer público que compraban lana reciclada, pero ahora se han dado cuenta de que los jóvenes son más sensibles a los aspectos sociales y ambientales y lo muestran con orgullo en sus etiquetas», explica Fabrizio Tesi, dueño de Comistra junto a su hermana y presidente de la Asociación del Textil Reciclado Italiano (Astri), que engloba a cerca de 200 empresas. Astri nació hace dos años para dar visibilidad a este sector pujante en Italia «pese a las trabas y las idioteces de los políticos», se queja Tesi.

La lana reciclada, que también se conoce con el adjetivo 'mecánica' o la denominación 'de Prato', «no tiene nada que envidiar a la virgen», asegura Rossella Covelli, responsable del departamento comercial de Comistra. «Nuestro único límite está en el color blanco, porque siempre surgen algunas impurezas en el color, pero en calidad nuestro producto no es inferior y además tiene un precio más barato. Con el proceso al que sometemos las prendas viejas para que sea reutilizada la lana es imposible saber cuántas vidas puede llegar a tener un tejido», cuenta Covelli mientras enseña orgullosa el muestrario con las distintas telas que se producen en la fábrica. Las hay de diversos diseños y colores, todos ellos conseguidos por medio de la ropa ya utilizada y sin echar mano de colorantes. Tanto a la vista como al tacto resulta imposible saber si han sido fabricadas con lana virgen o reciclada. «Trabajamos con firmas internacionales de primer nivel, que están aprovechando la conciencia ecosostenible existente entre los consumidores de Estados Unidos, Reino Unido o los países escandinavos. En Nueva York cada vez se vende más ropa fabricada con tejidos sostenibles».

El éxito de la lana reciclada no sólo se explica por la creciente conciencia ecológica de una parte de los consumidores. De fondo hay una motivación económica que hace que este negocio sea sostenible también desde el punto de vista financiero. «Cuando este sector empezó a funcionar hace dos siglos fue por la escasez de fibras. Hoy estamos en una situación similar. El precio de la lana ha aumentado un 350% en los últimos veinte años. Cada vez hay menos oferta y más demanda, porque están creciendo las compras en China e India», explica el presidente de Astri, que está convencido de que el futuro está en el reciclaje de tejidos. «En 2024 entrará en vigor la directiva europea que obliga a diferenciar los residuos textiles del resto de cosas que tiramos a la basura». Hoy la ropa vieja, junto a los zapatos y otros objetos, los recogen en esos grandes contenedores que pueden encontrarse en las calles de algunas ciudades e instituciones caritativas como la Cruz Roja o el Salvation Army. Después de higienizarlas, utilizan las prendas que están en buen estado para entregárselas a personas necesitadas y envían el resto a empresas como Comistra. A estas fábricas también llegan grandes cargamentos de trapos y de ropa vieja procedentes de India y otros países asiáticos.

El algodón no es rentable

En el sector del reciclaje de tejidos el margen de crecimiento es enorme. «Hoy sólo trabajamos con la lana, que supone el 1,1% de todo el textil que se mueve en el mundo, y con las fibras nobles como el cachemir, la alpaca, el moher y la angora, que están entre el 0,5 y el 0,6%». En cambio, apenas se reciclan las fibras sintéticas, como el poliéster, y el algodón, que suponen la inmensa mayoría de los tejidos. No resulta rentable. «El poliéster utilizado tiene el mismo precio que el nuevo y además tienes a las grandes empresas del petróleo, que invierten dinero en campañas para intentar vender que las fibras sintéticas son buenas. Así que la mayor parte del poliéster viejo acaba quemado o enterrado», denuncia Tesi. Como en tantos otros sectores, pesan más los intereses económicos que el daño medioambiental.

El copropietario de Comistra ejerce de guía para el visitante durante el recorrido que siguen las fibras textiles desde que entran en su fábrica, en forma de trapos o de ropa vieja, hasta que salen como nuevos tejidos listos para ser utilizados por las firmas de moda.

Después de pasar por las manos de Lino y de sus compañeros, a las prendas de lana seleccionadas se les quitan las etiquetas, cremalleras, botones y otros elementos con una composición diferente. Es un trabajo que toca hacer igualmente de forma manual. Una vez separados por colores, los tejidos son introducidos en jirones en dos enormes y ruidosas máquinas para quitarles la humedad y neutralizar la celulosa que contienen. De ahí pasan a una instalación que utiliza agua y otros procedimientos mecánicos para lavarlos y conseguir que vayan deshaciéndose en hilillos. Al producto no le queda entonces más que pasar por la planta de secado y por la atenta mirada de los trabajadores encargados de controlar que no se cuelen fibras de otros colores. Finalmente se almacena según las distintas tonalidades a la espera de su utilización para dar vida a un nuevo tejido.

«Tardamos unas ocho semanas en todo el proceso de producción», cuenta Tesi, al que no le resulta sorprendente que las fibras de un viejo retal de lana puedan convertirse después en un caro traje de marca. «A mí lo que me llama la atención es que haya firmas que vendan por tres mil euros prendas de poliéster que no cuestan más de dos euros y que son de ínfima calidad. Nosotros conseguimos que un residuo se convierta en un tejido de la máxima calidad de una forma con la que ganamos dinero y ayudamos a la protección del medio ambiente. Lo que hacen otros en cambio es una gran tomadura de pelo».