El negocio que Nicaragua le 'arrebató' a Cuba

Un trabajador carga con dos cajas de hojas de tabaco en una plantación de Estelí (Nicaragua)./Inti Ocon / AFP
Un trabajador carga con dos cajas de hojas de tabaco en una plantación de Estelí (Nicaragua). / Inti Ocon / AFP

El país centroamericano es el líder en la exportación de puros a Estados Unidos. El sector, uno de los pocos que resiste la crisis, nació cuando huyeron de la isla varios empresarios tras la revolución castrista

FERNANDO MIÑANA

Eduardo Plasencia era un español de espíritu emprendedor que se veía incapaz de hacer fortuna en las Islas Canarias. Un día, en 1865, decidió viajar a Cuba para probar suerte en la colonia española. Su apuesta para alcanzar el éxito fue plantar tabaco en la región de Vuelta Abajo, en la parte más occidental de la isla. Aquello prendió y su sobrino Sixto Plasencia amplió el negocio y abrió una granja en 1898.

Ya en el siglo XX, en 1920, su primogénito creó Hijos de Sixto Plasencia y comenzó a exportar el tabaco y a vender a grandes compañías. El negocio se mantuvo próspero hasta que, en 1963, el régimen de Fidel Castro comenzó a confiscar las granjas. La familia cogió lo que pudo y huyó a México, desde donde se mudaron a Nicaragua. Allí, a partir de 1965, plantaron sus semillas en el fértil suelo nicaragüense para reemprender el negocio del tabaco.

La historia les deparó nuevos sobresaltos y en 1978 los sandinistas quemaron sus granjas. Elder Sixto se vio forzado a marcharse a Honduras. Nestor Plasencia, la cuarta generación, tomó el testigo y alcanzó el millón de puros manufacturados en 1986. Cuatro años después tomó una decisión: seguir el rastro familiar y regresar a Nicaragua para replantar la tierra y elevar la producción hasta los 33 millones de cigarros anuales.

Plasencia Cigars entró en el siglo XXI convertida en una de las mayores empresas tabacaleras del mundo, con más de 6.000 empleados, cuatro fábricas y ocho plantaciones en Honduras y, sobre todo, Nicaragua para producir 40 millones de puros al año.

La crónica de los Plasencia es muy similar a la de las principales empresas tabaqueras de Nicaragua, convertida en una potencia mundial en la producción de vitolas y encumbrada ya como la principal exportadora de puros a los Estados Unidos. Todo, gracias a las familias de productores cubanos que decidieron escapar de la isla caribeña tras la revolución castrista de 1959. Muchos recalaron en Nicaragua e implantaron en este nuevo país su manera de manufacturar esos cigarros mundialmente famosos.

Miles de empleos en Estelí

La capital de la industria tabacalera en Nicaragua es Estelí, una ciudad de 110.000 habitantes, situada a 800 metros de altitud, donde trabajan miles de personas de diciembre a mayo para recolectar y clasificar las hojas de tabaco que después colgarán para que se vayan secando lentamente.

Se calcula que hay más de 42.000 empleados entre las plantaciones, las secadoras, centros de tratamiento y fábricas de cigarros. El hecho de que este sector esté resistiendo con firmeza la crisis que azota el país ha propiciado que la producción se extienda más allá de Estelí, al norte, en Jalapa y Condega, así como al sur, en las laderas de Ometepe, la isla, con dos volcanes, más grande del lago Cocigolca -el de mayor tamaño de América Central, con más de 400 islotes y tres islas en su interior-. Estos nuevos agricultores han dejado atrás otros cultivos como el plátano y venden su producto a las compañías de Estelí.

Su principal mercado es Estados Unidos, donde imponen su calidad gracias al veto a Cuba por el embargo vigente desde 1962. Sin la competencia cubana, en 2018 Nicaragua exportó 172,7 millones de puros a Norteamérica, por delante de la República Dominicana (118,2 millones) y Honduras (69,7 millones), según las cifras de la Cigar Association of America (CAA). Las ventas de Nicaragua aumentaron un 40% desde 2008.

La industria tabacalera nicaragüense cuenta con 70 fábricas de puros y más de cinco mil marcas, según apunta Wenceslao Castillo, el director de la Cámara Nicaragüense de Tabacaleros a la agencia AFP. El país ha encontrado un filón en el tabaco y ya son muchas las granjas que se han modernizado hasta el punto de hacer una siembra mecanizada con tractores, estudios de la tierra, incorporar una estación meteorológica o dar prioridad a los empleados para que alcancen la mejor capacitación. Pero sin perder la esencia: se mantiene la escuela cubana de hacer los puros a mano como si fueran habanos. «La fortaleza del tabaco nicaragüense es la consistencia que nosotros tenemos en la calidad», señala Castillo.

Esa fijación por la perfección está posicionando a Nicaragua como uno de los mejores productores del mundo. La revista especializada 'Cigar Aficionado', de Estados Unidos, hizo un ranking con los mejores puros de 2018 y seis de los diez primeros habían salido de Nicaragua. El puro del año, por ejemplo, el 'E. P. Carrillo Encore Majestic', que se vende a once dólares y medio, es de una marca de la República Dominicana pero elaborado con hojas de Estelí, Condega y Jalapa.

El proceso de elaboración

El interés de los estadounidenses por los puros hechos a mano ha experimentado un repunte. En 2018, según los datos que maneja la CAA, importaron 362 millones de cigarros, la cifra más alta desde 1997. El consumidor se ha aficionado a buscar en los estancos marcas como Padrón, Oliva o My Father, muchas de las líneas de Rocky Patel y casi todos los producidos bajo la marca Tatuaje, según la revista 'Cigar Aficionado'.

La apuesta de los empresarios de Estelí por un producto de calidad está dando su fruto. Por eso el tabaco pasa por un proceso de fermentación y envejecimiento que puede durar meses y hasta años. Las hojas para la tripa, el tabaco que va por dentro del puro, envejecen hasta tres años, y las de la capa, las externas, uno. El trabajo de clasificar y desvenar el tabaco se acomete con sumo cuidado. Los empleados realizan con mimo la tarea de extraer la vena que recorre el centro de la hoja y después separar el tabaco para tripa o capa.

En el siguiente paso, dos personas, un hombre y una mujer, le dan forma al tabaco. Los boncheros, generalmente varones, juntan las hojas que van en la parte interior del puro. Su labor consiste en combinar hojas de distintas procedencias y años de envejecimiento y se esmeran en que no quede duro ni blando. Las roleras, mujeres en su mayoría, se dedican a ponerles las últimas capas.

El producto se envía desde ahí a empaque, donde se mide el cigarro y se le somete a un control de calidad. Después se etiqueta para darle la estética deseada en el exquisito mercado norteamericano. Al final del proceso, ya empaquetado, las cajas de puros son almacenadas en cuartos donde la temperatura constante es de 19 grados. Ahí pueden pasar de seis meses a un año.

«Creemos que el 60 o el 70% del éxito se debe a la forma en que se seca el tabaco y al tiempo que se emplea en la fermentación y el envejecimiento; no apresuramos los tiempos», puntualiza Castillo. Es el camino emprendido por empresas como Plasencia Cigars, heredera de aquel canario que emigró a Cuba, en manos ya de Néstor, Andrés Gustavo y José Luis Plasencia, la quinta generación.