Los peligrosos juguetes favoritos de Kim Jong-un

Kim Jong-Un examina un cohete balístico Hwasong-15 que, según afirma, es capaz de alcanzar cualquier rincón de EE UU./REUTERS
Kim Jong-Un examina un cohete balístico Hwasong-15 que, según afirma, es capaz de alcanzar cualquier rincón de EE UU. / REUTERS

El líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, disfruta como un niño cada vez que lanza un cohete o visita un submarino. Cuando juega, solo echa de menos la presencia de Donald, su mejor amigo

JAVIER GUILLENEA

El líder supremo disparó unos cuantos cohetes y le gustó lo que vio. Con rostro de no estar en ninguna parte y en todos los lugares a la vez, que es el que siempre ponen los líderes para dar miedo, observó las estelas humeantes de los proyectiles y hasta rio complacido. Los que le rodeaban respiraron aliviados, esa noche dormirían tranquilos en casa. Al presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, le gusta echar cohetes para que sus vecinos se sobresalten. Envía, como hizo la última vez, una andanada de proyectiles hacia el mar del Este con un alcance de entre 70 y 200 kilómetros y ¡catapum! En cuanto los demás se quejan por el ruido, él se esconde alborozado tras la puerta con la mano en la boca para sofocar las risotadas. Menudo trasto está hecho.

Es que se nota que le gusta. Kim Jong-un ve un misil y se le van los ojos detrás de él, ya no puede pensar en otra cosa hasta que lo lanza al aire para ver el ruido que hace. Con el líder supremo es imposible equivocarse con su regalo de cumpleaños. Se le compra un proyectil y asunto arreglado. Y si hay que ser un poco más sofisticado, por aquello de la novedad, basta con un tanque o un submarino, que siempre lucen mucho.

Los últimos juguetes, varios lanzacohetes y algunas armas tácticas guiadas, que es como llaman en el mundillo del armamento a las que no tienen demasiado alcance, los probó Kim Jong-un hace justo un mes. Como había por allí militares con sus libretas listas para anotar lo que sea que anoten, el jefe se puso serio y les instó, con sabias palabras, a tener en cuenta la «verdad férrea de que la paz y la seguridad genuinas pueden ser procuradas y garantizadas solo mediante una fuerza poderosa». Los generales pusieron gesto de estar escuchando una verdad férrea y apuntaron el mensaje como quien escribe un versículo de la Biblia, con devoción.

Kim a veces se aburre, porque siempre le hacen caso y eso llega a cansar. Si tuviera a Donald... Donald Trump es su mejor amigo. A veces se lo pasan bien aunque otras se enfadan, pero no importa porque en el fondo se gustan. El presidente de Estados Unidos, por ejemplo, no habría gastado ni media punta de su lapicero en anotar la frase de Kim. Se habría limitado a exclamar: 'fantástico', 'formidable', o una de esas expresiones que tan bien usa, y le habría palmeado con fuerza en la espalda. Donald es un poco brutote, pero buen chico en el fondo. Dice lo que piensa y eso a Kim le hace gracia porque nunca ha conocido a una persona así.

Se vieron por primera vez en Singapur. Ocurrió el 12 de junio de 2018 y aquello fue una fiesta. Los dos líderes supremos, por primera vez frente a frente, se aproximaron ante un precioso decorado de banderas, se dieron un viril apretón de manos y se miraron fijamente a los ojos. Allí saltaron chispas, entre ellos había química, se notaba enseguida. Si no bailaron un vals y se besaron con desenfreno es porque estas cosas hay que hacerlas poco a poco y no a la brava.

El fruto de su pasión quedó plasmado en un bonito documento sobre desnuclearización, paz y prosperidad. «Estoy desarrollando «un vínculo muy especial» con Kim, dijo Donald tras firmarlo. «Estamos listos para dejar atrás el pasado. El mundo va a presenciar un gran cambio», declaró Kim, que un año antes había probado el Hwasong-15, un misil balístico supuestamente capaz de alcanzar cualquier rincón de Estados Unidos.

Se volvieron a ver a finales de febrero en Hanoi. El amor perduraba pese a la distancia, pero algo sucedió. Quizá Donald se había hecho demasiadas ilusiones, puede que esperara de Kim una pedida de mano o al menos unos bombones o una pistola de plástico. El caso es que Donald acabó el encuentro antes de tiempo y se fue con rostro de amante despechado.

Kim vio partir a su mejor amigo y volvió a jugar a los cohetes, pero ya no es lo mismo. A veces, cuando observa la estela de un misil o mira por un periscopio, le parece ver la silueta de Donald. Y entonces otea el horizonte lejano con sus ojos de líder supremo. Nadie sabe lo que piensa, si es que piensa algo, pero parece importante.