El Jerusalén que no quiere Israel

El Jerusalén que no quiere Israel

El campo de refugiados de Shuafat es tierra de nadie, sometido a la autoridad hebrea pero al otro lado del muro

MIKEL AYESTARAN

Jerusalén es la 'capital unida e indivisible' de Israel, según las autoridades del Estado judío, pero hay una parte de la ciudad santa que está fuera de la 'barrera de seguridad' o muro que construyen los israelíes desde 2003 y que ha quedado al margen de los planes de expansión del Gran Jerusalén: el campo de refugiados de Shuafat, el único campo existente dentro de los límites de la ciudad. La lluvia de las últimas semanas ha derribado una parte del muro que aísla al campo. Es la segunda vez que pasa en los últimos años. Nadie se ha apresurado a aprovechar el hueco para cruzar al otro lado; no les hace falta hacerlo de forma ilegal porque los habitantes de este lugar poseen tarjeta de identidad de Jerusalén y, pese a tener que cruzar un puesto de control, esa tarjeta les permite ir cada día a la ciudad, a cualquier parte de Israel o volar al extranjero desde el aeropuerto internacional de Tel Aviv, privilegios a los que no tienen acceso la mayoría de palestinos de Cisjordania.

La mayor aportación del muro derribado por la lluvia ha sido que la calle bautizada como 'Wall Street' se ha ensanchado y los niños tienen más espacio para jugar a fútbol. El Tribunal Penal Internacional (TPI) declaró en 2004 ilegal su construcción y pidió, junto con la Asamblea General de la ONU, su desmantelamiento, pero Israel, al igual que hace con los asentamientos, sigue adelante y cuando la barrera esté finalizada cubrirá una distancia estimada de 720 kilómetros. El temporal que ha azotado Tierra Santa ha logrado lo que no ha podido hacer la Justicia internacional y lo ha hecho en un lugar en el que se superponen tres de los grandes problemas mas importantes del conflicto entre israelíes y palestinos: refugiados, seguridad y Jerusalén.

Hamoudi reflexiona en voz alta mientras camina por 'Wall Street'. Sus zapatillas Vans de lona negra se hunden en el barro y se acerca a la pared cemento para evitar los charcos. «El campo pertenece técnicamente a Jerusalén, pero físicamente el muro nos deja en territorio de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Es un sitio especial porque vivimos en una especie de limbo por el que ni somos palestinos, ni israelíes, ni jerosolimitanos», apunta este activista y rapero de 23 años que ha crecido en el clima violento que impera en esta especie de tierra de nadie donde no hay Policía de ningún tipo. Un lugar con un fuerte crecimiento demográfico que los israelíes, en una medida sin precedentes, estarían dispuestos a desgajar de la ciudad santa con el objetivo de reducir la población palestina en el sector ocupado. El plan para desgajar el campo de Shuafat, y los barrios anexos de Kfar Aqab, Al Sawahra y Al Wallaya, lo desveló en 2017 el ministro israelí para Asuntos de Jerusalén, Zeev Elkin. Se calcula que en estos barrios viven unos 150.000 árabes, casi la mitad de los que habitan en la ciudad santa (cifrada en 332.000 personas, según el centro de estadísticas de Israel).

«En la mierda, pero con vistas»

El cielo está azul por primera vez en muchos días, pero no conviene respirar profundo por culpa del pestazo que desprenden las montañas de basura que los vecinos queman junto al muro, mezclado con el hedor de los cuerpos putrefactos de un perro y un gato destripados en mitad del camino. A un lado quedan las casas del campo, que se apretujan unas contra otras sin apenas espacio. Se elevan a ese cielo azul intentando buscar oxígeno. Al otro lado del muro, a muy pocos metros, las villas unifamiliares del asentamiento de Pisgat Zeev, perfectamente ordenadas, con sus terrazas y fachadas de piedra blanca impoluta. «Nosotros vivimos en la mierda, pero tenemos buenas vistas. Ellos viven en un lugar mucho mejor, pero sus vistas somos nosotros, una faena, ¿no?», sonríe el rapero, a quien todos los obreros saludan. Trabajan en la demolición de los edificios que se encuentran demasiado pegados al muro e Israel ha ordenado derribar «por motivos de seguridad».

El campo de Shuafat se levantó en 1965 para acoger a 500 familias palestinas expulsadas de sus tierras por Israel en 1948 y que hasta entonces habían sido recolocadas de forma temporal en el barrio judío de la ciudad vieja de Jerusalén. Dos años después de su apertura, tras la Guerra de los Seis días, Israel conquistó la parte oriental de la ciudad santa y se la anexionó, un movimiento «ilegal» para la comunidad internacional. Desde 2003 el campo está rodeado completamente por el muro de separación y sólo se puede entrar y salir a través de un puesto de control. La agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) cuenta con tres escuelas y un centro de salud para los 12.500 refugiados registrados, aunque en el campo se calcula que viven más de 24.000 personas. Gwyn Lewis, directora de operaciones del organismo internacional en Cisjordania, considera Shuafat «un campo especial debido al efecto del muro, a la falta de fuerzas de seguridad palestinas o israelíes y a que se ha convertido en un lugar al que acuden los palestinos que no quieren perder su tarjeta de identidad de Jerusalén y que, aunque no son refugiados, viven aquí porque no pueden permitirse una vivienda en la zona oriental de la ciudad». Lewis advierte del «clima violento, el exceso de droga y el alto índice de criminalidad» imperantes.

Desde 'Wall Street', Hamoudi asciende hasta el 'Palestinian Child Center', un espacio creado junto al hospital de UNRWA para que los niños disfruten de un lugar seguro y libre de drogas. Imposible caminar sin perderse en este campo que, como todos, es un haz de callejuelas que se entrecruzan de una forma que desafía cualquier plan urbanístico. El 'Hydro' o 'Mr Nice Guy' es la droga más popular, se trata de cannabis sintético y «es tan barata como adictiva. Por apenas 10 NIS (unos 2,5 euros al cambio) uno se puede fumar una dosis. También hay mucha cocaína, aunque es de un color marrón que tiene poco que ver con la verdadera», explica camino del centro. Hace una parada para reponer fuerzas en un restaurante de falafel, una especie de croqueta de garbanzo, que es protagonista principal del desayuno palestino.

Lo primero que llama la atención es el silencio en el interior del centro. Tres niñas juegan al futbolín y saludan de forma efusiva a Hamoudi. Otras dos están en la biblioteca haciendo dibujos y no hay un solo niño más. «Los israelíes están derribando una escuela y medio campo está tomado por las fuerzas de seguridad, por lo que la gente prefiere quedarse en sus casas hasta que la cosa se tranquilice», informa uno de los responsables mientras muestra en su móvil imágenes del derribo del centro Al Razi. Unas escenas tan brutales como cotidianas en Shuafat, donde están habituados a los mordiscos de las excavadoras.

Hamudi entra en el estudio de grabación que ha montado dentro del centro. Enciende el ordenador y pone música a todo volumen. El rap de su proyecto 'Sawa Sawa' se apodera del lugar. Lía un cigarro. Aspira con fuerza. El rap es también una forma de evasión en esta permanente inestabilidad en la que viven en el último campo que la ONU estableció para palestinos expulsados de sus tierras por Israel y que desde la construcción del muro han sido también expulsados de Jerusalén.