La huella de los templarios

Una recreación de un caballero templario frente al castillo de Peñíscola (Castellón). :: Canal Historia/
Una recreación de un caballero templario frente al castillo de Peñíscola (Castellón). :: Canal Historia

Su legado sigue vivo en castillos, una literatura fantasiosa, un puñado de adeptos de nuevo cuño... y hasta en las tarjetas de crédito. El lunes se estrena una serie sobre esta orden cargada de misterio

FERNANDO MIÑANA

Fueron guerreros, monjes y banqueros. Los templarios, bravos, fervorosos y versátiles, hicieron historia entre los siglos XII y XIV, pero su huella sigue presente en España y en toda Europa gracias a su legado y a la literatura que ha alimentado el halo de misterio que siempre les ha rodeado con historias surgidas de la imaginación del novelista.

El canal de pago Historia ha hecho una revisión más rigurosa, con la participación de una veintena de expertos, que emitirá en seis capítulos a partir del próximo lunes. Una serie que incluye imágenes de los escenarios que perviven siglos después en pueblos del Maestrazgo, entre Aragón y la Comunidad Valenciana, como Morella, Sant Mateu, Culla o Alcalà de Xivert, donde se emplazaron las encomiendas y donde siguen enhiestos castillos y molinos.

José Manuel Durán es uno de los guionistas que ha trabajado con Primera Plana, la productora encargada de este producto televisivo, y que trata de hacer un retrato del caballero templario. «Eran personas muy religiosas, que se erigieron a sí mismas como el brazo armado de Dios y que eran capaces de dar la vida por Él».

José Manuel Durán Historiador «Los templarios fueron excelentes gestores financieros» Carlos Mifsut Neotemplario «Mi misión es protestar ante una injusticia y defender al más mísero»

Los templarios fueron una de las órdenes militares cristianas más poderosas de la Edad Media. La fundaron nueve caballeros franceses, liderados por Hugo de Payns, que se propusieron defender a los caminantes que viajaban a Jerusalén después de que los cristianos se la arrebataran a los turcos en 1099 y comenzaran las peregrinaciones a Tierra Santa.

El peregrino estaba expuesto a mil peligros, desde asaltantes a alimañas, y los templarios decidieron protegerlos con su espada. El rey Balduino II, por caridad, decidió darles algunas propiedades y les otorgó el Templo del Rey Salomón para que se convirtiera en la residencia de la orden. De ahí -templo es 'temple' en francés- viene su nombre.

La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo fue multiplicándose al mismo tiempo que adquirían más y más poder. Hugo de Payns, que dirigió la orden desde su fundación en 1115 hasta su muerte, en Palestina, en 1136, consiguió posicionarla como una influyente institución militar y financiera con la ayuda del rey Balduino II y de Bernardo de Caraval, un relevante monje cisterciense, y logró que fueran aprobados sus estatutos en el Concilio de Troyes, en 1128.

Pero ese poder fue su ruina. Los humildes caballeros que acompañaban a los peregrinos desde los puertos de Haifa y Tolomeida hasta Jerusalén fueron los precursores de la banca. «Fueron excelentes gestores financieros», abunda en su retrato José Manuel Durán. De hecho, los templarios inventaron algo muy parecido a la tarjeta de crédito en plena Edad Media. Los peregrinos tenían que realizar largos trayectos hasta Jerusalén o Santiago de Compostela, pero si llevaban encima todo el dinero que necesitaban para esos viajes corrían serio peligro de ser desplumados. Los cristianos podían depositar su dinero en Londres y retirarlo en Jerusalén gracias a un documento encriptado.

La orden se extendió por toda la Península Ibérica y se hizo especialmente fuerte en el Maestrazgo, donde se asentaron varias encomiendas y donde se dio una particularidad. «Ahí nadie se manchó de sangre las manos. En ese territorio solo dieron financiación y apoyo logístico. La primera encomienda, que fue en Xivert, fue por una capitulación. Y, más adelante, cambiaron Tortosa por Peñíscola por 500.000 sueldos, que era dos o tres veces lo que ganaba el rey en todo su territorio».

Ese poderío económico acabó con ellos. Felipe IV 'el Hermoso' tenía una gran deuda monetaria con la Orden del Temple y eso llevó al monarca francés a espolear una campaña de desprestigio que derivó en un juicio. Solo consiguieron que se declararan culpables bajo tortura y así, el 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, el último Gran Maestre, fue quemado en la hoguera, en París, frente a Notre Dame. El papa Clemente V les había absuelto, pero finalmente cedió a las presiones que acusaba a los templarios de sodomía, herejía y hasta de brujería.

Castidad y pobreza

Su recuerdo no permanece únicamente en los castillos que hay desperdigados por toda España o en las cruces descoloridas que resisten en los muros. También hay españoles que ansían ser caballeros templarios en pleno siglo XXI.

Uno de ellos es Carlos Mifsut, que pertenece desde hace seis años a la Orden Católica del Templo, fundada por Federico Leiva en 2007. «Los movimientos neotemplarios somos muchos, pero no hay unión. Somos más de 400 organizaciones en toda Europa y cada una va por su lado. En nuestro caso mantenemos sus principios: no hacer nada por nosotros, solo por la Iglesia».

Mifsut distingue entre tres tipos de asociaciones: «las recreacionistas, que no se mueven como hermandades religiosas; las culturales, y aquellas que en el futuro aspiramos a entrar en las conferencias episcopales, igual que ha hecho Cáritas. Mi misión es protestar cuando veo una injusticia y defender al más mísero».

En su organización son 45 hermanos y 20 novicios. Tres de estos últimos intentarán ser investidos el 13 de octubre. Si lo logran, les retirarán la capa negra y podrán ponerse el manto blanco con la cruz de paté (roja, como la sangre de Cristo, y más ancha en los extremos), como los viejos caballeros. No es un asunto particular sino que tiene su vinculación con la Iglesia. «El cabildo catedralicio de Valencia nos reconoce como caballeros del Santo Cáliz, la reliquia más prestigiosa desde el medievo, igual que a otras asociaciones».

Para llegar a ser caballero es necesario jurar los tres votos, como enumera Mifsut: «Primero obediencia a los Evangelios, que son nuestros estatutos, y a la Iglesia. Segundo, castidad. Hay hermanos casados, pero se comprometen a vivir el uno para el otro. No estamos hablando de celibato. Y tercero, pobreza, que, en nuestro caso, es espiritual; se pide no hacer opulencia ni ser soberbio con las posesiones. Los votos se realizan ante la Biblia, el altar y un sacerdote, y quedan registrados. Nosotros nos consideramos frailes (del latín 'frater', hermano), pero cada uno en nuestro lugar y exigiendo rectitud en la vida social».

Mifsut, según cuenta, es un apellido que entró en España en 1278 con las Cortes de Castilla y Aragón. «Vinimos a luchar en las Cruzadas españolas», afirma con orgullo este hombre con numerosos antepasados militares y religiosos. Lleva 25 años casado y tiene dos hijas. Todas comprensivas con su pasión. «Mi mujer es dama templaria y nunca me puso trabas para desarrollar mi espiritualidad. Discutí mucho más con mis padres, que me decían 'esto no existe', 'te van a tomar el pelo'...». La herencia templaria.

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