El día que el Vesubio sepultó Pompeya

El día que el Vesubio sepultó Pompeya

Una enorme nube de gas ardiente, ceniza y roca mató a miles de personas. Carlos III ordenó iniciar las excavaciones en 1738

FERNANDO MIÑANA

La visita turística a Pompeya es estremecedora. No hay muchos más lugares en el mundo donde transportarse de manera tan fidedigna al pasado. Allí, en aquellas ruinas, el viajero puede adentrarse en una ciudad romana muy bien conservada. Eso ha sido posible gracias a una desgracia, el manto de roca y ceniza del Vesubio que sepultó y a la vez protegió del paso del tiempo a Pompeya, Herculano y Esabia.

De lo sucedido aquel día se conocen algunos detalles gracias a la descripción que hizo Plinio el Joven desde Nápoles, a nueve kilómetros de Pompeya, en una carta que envió al historiador Cornelio Tácito. Plinio fechó la erupción el 24 de agosto del año 74 d.C., aunque algunos arqueólogos e historiadores consideran que debió de ser en otoño, por el tipo de frutos encontrados y las vestimentas demasiado abrigadas de los pompeyanos y herculanos.

Un tercio de los ciudadanos de Pompeya -se estima que tenía entre 10.000 y 25.000 habitantes- fallecieron por aplastamiento después de que se derrumbaran los tejados. Los otros dos tercios perecieron asfixiados por el flujo piroclástico, una enorme nube de gas ardiente, ceniza y rocas que llegó a cegar el sol, como comprobaron desde la bahía de Nápoles. En Herculano, más cerca de la chimenea, la mayoría murió sepultada por material volcánico.

Las ciudades cayeron en el olvido hasta que fueron halladas en 1550 cuando se excavaba el nuevo lecho del río Sarno. Aunque no fue hasta 1738 cuando Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, ordenó al ingeniero aragonés Roque Joaquín de Alcubierre que iniciara el desenterramiento de Herculano. Diez años después, al ampliar el área de las excavaciones, empezó a asomar Pompeya, cubierta por una capa de ceniza más fina.

Tras sucesivos responsables del proyecto, el arqueólogo Giuseppe Fiorelli se hizo cargo de los trabajos en 1863. Despejó las calles y se le ocurrió crear unos moldes de las víctimas inyectando yeso en los huecos que dejaron en la capa de cenizas volcánicas. Este ingenio permitió descubrir cómo murieron los ciudadanos. Fiorelli también tomó la decisión de compartir aquella joya arqueológica con el mundo. Hasta entonces solo podía recibir las visitas de expertos y algunos privilegiados, pero él autorizó el acceso del público previo pago de una entrada.

Los turistas quedaron maravillados por el sorprendente buen estado de conservación de la ciudad, en la que es posible callejear como en una urbe moderna pero con la embriagadora sensación de hacerlo con los ojos de un habitante de hace dos mil años, rodeado por las termas, el foro, la basílica, los templos, las villas con frescos casi intactos, el teatro y hasta los burdeles. El verdugo sigue allí cerca. De hecho, alrededor del Vesubio se encuentra la zona volcánica más densamente poblada del planeta, con unos tres millones de personas en su área de influencia.