Se retira Bernard Haitink, un mito de la dirección orquestal

Bernard Haitink, dirigiendo a la Sinfónica de Londres el pasado marzo./AFP
Bernard Haitink, dirigiendo a la Sinfónica de Londres el pasado marzo. / AFP

Dice adiós a los escenarios a los 90 años

CÉSAR COCA

El modelo clásico de director de orquesta define a un varón que ejerce su poder de forma omnímoda, va sobrado de vanidad y continúa en el cargo hasta que lo retira la Parca. Los viejos directores, como los actores clásicos que sueñan con despedirse del mundo en mitad de una función ante una sala llena de público, mueren en el podio. Literalmente. Bernard Haitink, una de las grandes figuras de la dirección de orquesta en el siglo XX, nunca siguió ese patrón. Nunca fue vanidoso ni prepotente. Llevó la modestia hasta el punto de renunciar al mayor momento de gloria popular al que puede aspirar un director: protagonizar el Concierto de Año Nuevo en Viena. No se veía allí, ni por el ambiente ni por el contenido habitual del programa.

Su ciclo profesional está unido en el comienzo y el final al nombre de un colega también de gran prestigio profesional. Se trata de Carlo Maria Giulini. En 1956, el director italiano cayó enfermo y la Royal Concertgebow Orchestra necesitaba un sustituto con urgencia. Haitink había estudiado dirección y seguido cursos con Ferdinand Leitner, de manera que pensaron en él. Así comenzó su relación con esa orquesta, que marcó su carrera profesional.

En la hora de la despedida, ha hecho lo mismo que Giulini. Este anunció su retirada después de desmayarse durante un ensayo. Tenía 84 años y, como dijo el día de su adiós, decidió que no quería pasar por el trago de que volviera a sucederle en pleno concierto, ante dos mil aficionados. Tres años después, Giuseppe Sinopoli murió víctima de un infarto mientras dirigía 'Aida' en Berlín. Haitink ha tomado la misma decisión tras sufrir con pocos meses de diferencia dos caídas en el escenario. Habló primero de tomarse un año sabático, pero él mismo sabía que era la despedida definitiva. El pasado viernes, en Lucerna, se puso al frente de la Filarmónica de Viena y empuñó la batuta por última vez, con el Concierto para piano Nº 4 de Beethoven y la Sinfonía Nº 7 de Bruckner en los atriles. Durante la semana había participado en varios actos porque su retirada ha coincidido con la presentación de un libro y un documental sobre su figura. Habló esos días de su trayectoria, reconoció que era demasiado joven cuando llegó a la titularidad de la primera orquesta holandesa y confesó con naturalidad que con frecuencia lo asaltaron las dudas y que no todo ha sido gloria en su carrera. La misma modestia que mostró siempre.

Directores de escena

Precisamente por su carácter llamaron la atención las pocas veces que levantó la voz a lo largo de 65 años de carrera. Lo hizo para protestar por una reducción de plantilla anunciada en la Royal Concertgebow mientras él era el director titular y una década más tarde por sus discrepancias con el gerente de la Staatskapelle de Dresde, que desembocaron en su dimisión solo dos años después de haber tomado posesión del cargo. Y volvió a hacerlo cuando la Royal Concertgebow celebró su 125 aniversario y no encontraron un hueco para que él estuviera presente, después de haber sido el titular durante un cuarto de siglo y haber seguido vinculado a la formación otros quince años más. A Haitink le dolió lo que él entendió como un desprecio, y anunció que nunca volvería a dirigir a la que fue su orquesta durante tanto tiempo y con la que dejó un puñado de grabaciones que son una referencia absoluta. Al final, los músicos de la formación lo convencieron de que no lo hiciera y siguió colaborando como director invitado.

En Ámsterdam primero, como más tarde en Londres -en la Filarmónica y en el Covent Garden-, Dresde y Chicago, siempre ha destacado como un perfeccionista obsesivo y por su respeto a la partitura y la coherencia de sus versiones. A finales del siglo pasado, dirigió mucha ópera. En 2007 decidió que no volvería a enfrentarse a una producción lírica. Se sentía más satisfecho de sus éxitos en ese ámbito que en el mundo sinfónico, pero no soportaba la «nociva» influencia de directores de escena que no saben nada de música, ni están interesados por conocerla. Son sus propias palabras.

Holandés de nacimiento, con una carrera definida por la principal formación de ese país -a la que convirtió en una de las mejores del mundo, para algunos incluso la mejor- y por orquestas anglosajonas, ha destacado siempre sin embargo por sus interpretaciones de Bruckner, Shostakovich y, por encima de todos, Mahler. Se movía con soltura por las complejas arquitecturas de todos ellos y ha manejado como pocos las enormes masas de sonido que están escritas en sus partituras. Fue el primer compositor no soviético que grabó las quince sinfonías de Shostakovich. Las de Mahler las registró en dos ocasiones, una en Ámsterdam y otra con la Filarmónica de Berlín, cuyo director titular entonces era Claudio Abbado, cuya visión de ese ciclo era muy distinta de la suya. También dejó dos integrales de las nueve sinfonías de Beethoven. Su despedida ha sido un ejercicio de modestia, como lo fue su carrera. Es difícil encontrar un director de orquesta sobre cuya grandeza nadie, ni críticos ni gestores ni aficionados, ponga pega alguna. Bernard Haitink es uno de ellos.