Kyrgios, la persona tras el genio volcánico

Kyrgios manda callar al público en Australia./Dean Lewins
Kyrgios manda callar al público en Australia. / Dean Lewins

El talentoso Kyrgios es un volcán que a menudo estalla. Él quería jugar al baloncesto, pero se lo prohibieron. Destina parte de sus ganancias a jóvenes sin recursos

FERNANDO MIÑANA

Su servicio es una bomba. Su carácter, otra. Nick Kyrgios (Canberra, Australia; 1995) está últimanente en boca de todos. Y no por su saque endiablado, sino por un genio rabioso que en el último torneo, en el Masters 1.000 de Roma, le costó la expulsión en la segunda ronda, una multa de 17.800 euros y devolver los 33.635 que había ganado hasta el momento. No es la primera vez. En 2016 fue sancionado por la ATP con 25.000 dólares y ocho semanas de suspensión, que se redujeron al aceptar entrar a un programa de reinserción con un psicólogo. Y hubo cuatro torneos más de los que salió con una multa y un cabreo encima.

Antes de la pataleta en Roma, sacudió el circuito con una entrevista en la que criticó a Djokovic y Nadal y descuartizó a Verdasco -«Es la persona más arrogante de la historia», le lanzó-. Haciendo amigos. Como el día que se enfrentó a Dani Gimeno y se dedicó a burlarse de su revés en voz alta. Todo eso, sumado a sus tretas dentro de la pista, como sus saques por debajo para sorprender al rival, le convierten en un jugador poco apreciado. Aunque, en realidad, Kyrgios no tiene mal fondo. Parte de sus ganancias van para su fundación, dedicada a ayudar a jóvenes sin recursos. Su sueño, ya en marcha, es un recinto con canchas de tenis y baloncesto, una piscina y habitaciones para chavales desubicados que necesiten un lugar para salir adelante.

El australiano, hijo de griego -de ahí su apellido- y malaya, sufrió un duro golpe a los 14 años, cuando le obligaron a dejar de jugar al baloncesto, su pasión -es fanático de la NBA y de los Celtics desde los tiempos del Paul Pierce-, para centrarse en el tenis. «Aún hoy en día se me rompe el corazón», recuerda. A menudo se reúne con jóvenes y les cuenta sus experiencias. Como en Miami, cuando les adoctrinó: «Desearía haber escuchado a mis padres cuando tenía vuestra edad. Ese es mi mayor arrepentimiento».

En otro encuentro le llamó la atención una chiquilla llamada Loga Gandhi. La niña se había recuperado de un trasplante de médula ósea para tratar la leucemia que le había obligado a dejar el tenis. Tenía ocho años y llevaba 18 meses luchando contra la enfermedad. Ese día pelotearon y, al acabar, llenó una bolsa con ropa, raquetas, bolas... y se la dio. Algo parecido hizo en el Abierto de Australia de 2017 cuando jugó con Piotr, un niño con un tumor cerebral que dijo haber disfrutado del mejor día de su vida y que murió meses después.

Dispuesto a echar una mano

Está claro que no todo son malos gestos en la cancha. Ni feos comentarios sobre los rivales. También está aquella decisión, en 2017, de donar 50 dólares por cada 'ace' que lograra para las víctimas del huracán 'María' en Puerto Rico. O detalles más espontáneos, como el día que volvía de entrenar en su rutilante Dodge Challenger SRT Demon negro, valorado en 300.000 dólares -también tiene un Nissan r35 GTR, que cuesta 200.000- y se encontró a una pareja empujando su utilitario. Se bajó y les ayudó a arrastrar el vehículo hasta su domicilio.

Su padre se dedica a pintar casas y su madre era ingeniera de software. Ella estaba todo el día fuera, viajando a Sídney y Melbourne, así que su abuela Julianah Foster prácticamente lo crió durante cinco años. Le llevaba al club cada día y, mientras entrenaba, se entretenía leyendo revistas para mujeres. Era una persona peculiar. La madre de Nick le compró un coche naranja para que pudiera llevar a él y a sus dos hermanos a todas partes y ella cogió y le pintó unas flores en la carrocería. Los niños iban felices en aquel coche. El día que murió Julianah, Kyrgios se quedó muy tocado y se tatuó un 74, el número de años que tenía su abuela. Odia los viajes, estar lejos de su gente -prefiere jugar al 'Fortnite' con sus amigos que una primera ronda de un torneo menor-, los trolls de internet, los periodistas y las canchas traseras, como la de Roma, donde montó el último cisco.