El David árabe

El David árabe

Catar responde con la retirada de la OPEP al boicot que sufre por parte de sus vecinos, motivado por su excéntrica política internacional

GERARDO ELORRIAGA

Catar se despide de todos y se va. Su ministro de Energía acaba de anunciar su retirada de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en un gesto sorprendente que intentó argumentar con estadísticas en la mano. Según esos números, el país tan sólo aporta el 2% del total del crudo gestionado por los miembros, pero exporta una tercera parte del gas natural licuado que se comercializa en el mundo. El representante catarí intentó escudarse en el realismo económico para explicar su marcha cuando, en realidad, las razones apuntan a criterios políticos, a un deseo de desacreditar a esta entidad controlada por Ryad. Desde junio del pasado año, este pequeño Estado sufre el bloqueo de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Egipto, empeñados en reconducirlo al redil que guía la primera de las potencias. Pero la política catarí no se rinde a las presiones, y este último paso se antoja una manera de sacudirse, definitivamente, la tutela de Goliath y proseguir su estrategia, tan ambiciosa como excéntrica.

La historia de este David del Golfo Pérsico evidencia el interés por preservar a toda costa una identidad propia. El antiguo protectorado británico obtuvo su independencia en 1971 e, inmediatamente, se retiró del seno del Estado formado por las pequeñas monarquías del Golfo Pérsico. Sus exiguas dimensiones no le arredraron y, desde entonces, ha mantenido ese perfil propio dentro de la región. Catar posee una superficie similar a la de Murcia y una población de 2,6 millones de habitantes, aunque tan sólo el 20% son autóctonos y únicamente ellos gozan de la privilegiada nacionalidad. Trascender estas pequeñas dimensiones es el objetivo de su clase dirigente que, desde hace un par de décadas, busca una proyección internacional acorde con su desmedida ambición y abundantes recursos naturales. El espectacular 'skyline' de Doha, su moderna capital, refleja este deseo de emular a Dubai, la capital emiratí.

La dinastía Al Zani, que ha gobernado el territorio desde el siglo XIX, ha sido la impulsora de esa estrategia. Hamad Bin Jalifa, padre del actual emir, derrocó a su progenitor en 1995 y reafirmó este proceso de autoafirmación. Un año después de su entronización, la creación de Al Jazeera le proporcionó un vehículo muy atractivo para conseguir cierta preeminencia dentro del mundo árabe. Este canal de noticias por satélite, establecido según el modelo occidental, se ha convertido en un instrumento crítico de la realidad árabe aunque sin menoscabar los cimientos de la monarquía absoluta que la impulsó, tal y como le achacan sus críticos.

Esa ambigüedad, convertida en sello nacional, puede aplicarse a su proceso democratizador. Catar anunció elecciones legislativas en 2013, retrasadas a 2016 y definitivamente pospuestas al próximo año. Su celebración tampoco garantizaría la consolidación de un Estado de Derecho, ya que los comicios proveerán dos tercios de los diputados de una asamblea con poderes limitados. El emir, máximo dirigente, se atribuye la designación de los restantes y los partidos políticos y sindicatos están prohibidos.

Tranquilidad interna

Pero no hay en apariencia riesgos de convulsión interna ante esta apertura tan limitada. La reducida comunidad nativa goza de beneficios superlativos, como el acceso gratuito a una educación esmerada y créditos blandos para iniciar actividades económicas. La Primavera Árabe, que sacudió dramáticamente la vecina Bahrein, no provocó ningún contratiempo en este país, sustentado sobre una abundante mano de obra extranjera.

Sin inquietudes internas, la honda de este opulento David llega muy lejos. Como en el caso de su rival saudí, la monarquía reinante es de rito wahabí, una forma integrista del islamismo, y la Sharía constituye la principal fuente legislativa. Esa posición conservadora se traduce, según los analistas, en el apoyo a las milicias islamistas implicadas en los conflictos suscitados en el mundo árabe, además de fortalecer su apoyo tradicional a los Hermanos Musulmanes. El Gobierno libio de Tobruk rompió con Catar por su apoyo a los fundamentalistas y la abogada holandesa Liesbeth Zegveld se ha propuesto demandar al Ejecutivo de Doha en nombre de las víctimas del Frente Al Nusra, una milicia siria ligada a Al Qaeda y, presuntamente, financiada por el emirato.

La multiplicidad de intereses y, sobre todo, su pequeña entidad en un complejo escenario geopolítico pueden explicar que Catar encienda velas a Dios y al diablo, a los extremistas suníes y a sus enemigos chiíes, a los principales agentes del Medio Oriente y también a Occidente. La base militar de Al Udeid, al suroeste de la capital, acoge a más de 11.000 efectivos del Comando Central de Estados Unidos, clave para la lucha en Iraq y Afganistán. Ahora bien,la presencia del coloso no coarta a la sibilina diplomacia local. La política catarí podría ir más lejos, según la propia Administración Trump, que la relaciona con la Guardia Revolucionaria de Irán e Hizbullá, su aliado en el Líbano. La necesidad de mantener abierto el Estrecho de Ormuz, llave de su comercio, explicaría este buen entendimiento con el gigante persa.

La calculada ambivalencia política de Catar se vino abajo el pasado año con el bloqueo impuesto por los países limítrofes, irritados por el doble juego de la minúscula península. El cerco pretendió estrangular la economía catarí e, incluso, cuestionar la supervivencia de un país que importa la mayoría de los bienes de primera necesidad. Ryad ha llegado a anunciar la construcción de un canal que aislará, literalmente, a Qatar, convertida en una isla, y ha amenazado con instalar un vertedero de desechos radiactivos en su frontera común.

Golpes de efecto

La intimidación, sin embargo, no ha conseguido sus objetivos. Catar ha reaccionado con golpes de efecto, tan impactantes como su retirada de la OPEP. El desembarco de 5.000 soldados turcos demostró la solidez de una alianza que se ha estrechado a partir de las amenazas saudíes. Catar ha invertido más de 17.500 millones de euros en el país euroasiático y ha anunciado una remesa de otros 13.000 millones para sustentar la débil economía otomana, agudizada por sus conflictos con Washington. Las buenas relaciones con Ankara pueden llegar aún más lejos. Algunas suposiciones apuntan que Doha está financiando uno de los proyectos militares más osados del Mar Rojo, el que pretende convertir la isla sudanesa de Suakin en la mayor y más importante base turca fuera de sus fronteras.

El David árabe parece empeñado en demostrar que, a través de su riqueza, puede alcanzar cualquier reto y concentrar el mayor número de superlativos. En el ámbito cultural, posee uno de los mayores complejos universitarios del mundo y hace diez años inauguró su Museo de Arte Islámico, una construcción singular del arquitecto estadounidense Ming Pei.

El deporte es otra de las bazas cataríes para posicionarse en el tablero mundial. La Academia Aspire está destinada a la mayor gloria de los deportistas locales y, dentro de cuatro años, el país acogerá el Mundial de Fútbol, otra gigantesca y controvertida campaña de imagen sustentada, al parecer, en la compra de votos de los compromisarios implicados en la elección de la sede. La incertidumbre radica en la posición que tendrá el país durante este periodo, si conseguirá mitigar el acoso de sus enemigos, la crisis de las materias primas y el duelo entre árabes e iraníes. La clave radica en si seguirá haciendo frente a las dificultades con su sibilina estrategia, la que le permite, como a un iceberg en aguas cálidas, desarrollar alianzas públicas y privadas, unas expuestas abiertamente y otras inmersas en las profundidades políticas y completamente ajenas al foco mediático.