«Creía que me estaba medicando y me estaba matando»

«Creía que me estaba medicando y me estaba matando»
MAIKA SALGUERO

Al valenciano Jorge Lis Ortega, exmotociclista profesional, sus lesiones y un diagnóstico de fibromialgia le abrieron la puerta del fentanilo, el opiáceo que acabó con la vida de Prince y Michael Jackson. «Mi supervivencia depende de contarlo a otros enfermos»

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Todavía me cuesta mucho regular el sueño. No hay semana que no pase al menos una noche completamente en vela, sin dormir un solo minuto hasta las ocho de la mañana». Insomnio, amnesia, cefaleas, hipersensibilidades. La adicción a los analgésicos narcóticos puede dejar unas secuelas feroces. Jorge Lis Ortega (Valencia, 1975) los tomó durante doce años. Le destruyeron varias veces. Su sueño juvenil pasaba por alcanzar metas a toda velocidad sobre las dos ruedas, pero varias lesiones y un diagnóstico de fibromialgia se lo robaron. «Yo no quería colocarme. Solo quería quitarme el dolor». El día en que un médico le abrió la puerta de los opiáceos entró de lleno en el infierno. Cinco años y cinco meses después de rehabilitarse, está preparado para contar, a este periódico, su espeluznante viaje por la devastadora espiral de estos peligrosos fármacos, que han llevado a la tumba a Whitney Houston, Michael Jackson, Tom Petty o, hace poco más de treinta meses, a Prince.

- ¿Cuándo quiso convertirse en motociclista de competición?

- Creo que fue a eso de los trece años, cuando empecé a ver carreras, las luchas entre Sito Pons y Joan Garriga, que se jugaron un Mundial. Aunque ya con cuatro o cinco sentía pasión por las motos. Pero en mi casa no querían oír hablar de ellas.

- Aun así, se las arregló para debutar en 1992.

- Sí, había empezado a estudiar ADE (Administración y Dirección de Empresas), pero no terminé. En el tercer año ya era un profesional y mi propio mánager.

- Ese mismo año sufrió un caída muy grave. Estuvo a punto de quedar tetrapléjico. Pero continuó y en el 96 se proclamó subcampeón junior de 125 cc de España. ¿Qué recuerda de aquel podio?

- Desde el accidente del 92 siempre corrí con dolor, así que estaba feliz. En ese campeonato nos juntamos Pablo Nieto, David Checa, Iván Silva, Carmelo Morales... Todos pilotos emergentes. Fue muy bonito. Al año siguiente di el salto a los 250 cc, pero en 1997, luchando por el título en Jerez, tuve otro accidente fuerte. Desde entonces hasta hoy, he sufrido dolor a diario.

- Sin embargo, quiso seguir. En el 98 participó en el Campeonato de Europa y en el 99 fichó por el equipo de Sito Pons, el Motorola-Honda. Parecía destinado a llegar muy arriba.

- Tal vez pero, para entonces, cada vez que subía a la moto era con diez o quince pinchazos de anestesia en la espalda. Y de pie no aguantaba ni tres minutos. Me hice una operación desesperada en las vértebras y ya no pude volver a montarme en la moto.

- En 2000 le diagnosticaron fibromialgia.

- Sí. Pasaba casi todo el día tumbado. Estaba hecho polvo. Me hablaron de un médico de Nueva York pionero en terapias cuerpo-mente para el dolor crónico. El yoga, la meditación y la dieta vegana me fueron bien y mejoré. Entretanto, empecé a leer libros de desarrollo personal y a hacer cursos de coaching personal. Me gustaba y se me daba bien. Y me sentí fuerte para convertirlo en mi profesión. A mi regreso abrí uno de los primeros gabinetes en España. En paralelo, emprendí un ambicioso proyecto editorial para publicar en audiolibros, en castellano, los ejemplares que tanto me habían ayudado.

- Pero se descuidó y recayó físicamente. Y cruzó de nuevo el 'charco' para profundizar en la terapia que le había ido bien.

- Sí, y de nuevo mejoré, aunque seguía teniendo crisis de dolor. En una de ellas me recomendaron que acudiera allí a un médico de familia para que me regulara la medicación. En ocasiones, cuando el dolor era insoportable, yo tomaba pastillas de morfina. Las utilizaba como un rescate. Me daban respeto. Pero aquel doctor me dijo que tenía que tener opiáceos en la sangre las 24 horas, aunque no sintiera dolor. Y me recetó oxicodona.

Este medicamento, un analgésico opioide con una extraordinaria capacidad adictiva, es el principal culpable en la crisis de opiáceos que arrasa Estados Unidos y que cada año se cobra la vida de 64.000 personas, el equivalente a la ciudad de Zamora. La epidemia ha sido declarada «emergencia de salud pública» por las autoridades del país, donde al menos la mitad de las recetas que se prescriben para mitigar el dolor -desde un lumbago a un simple malestar de muelas- contiene algún tipo de opiáceo.

- Y empezó a tomarla.

- Desde el momento en que empecé a tomar esas dos o tres pastillas al día, iba como alcoholizado, pero no me daba cuenta. El opiáceo te genera una especie de euforia. Nunca supe si te la produce el fármaco en sí o el hecho de no sentir dolor durante un rato... En ese estado tomé algunas de las peores decisiones empresariales de mi vida, y que terminarían por abocarme al cierre de mis negocios, a dejar en la calle a dieciocho personas -les pagué a todas- y a arruinarme.

- ¿En cuánto tiempo se enganchó?

- No lo recuerdo, pero en menos de un mes. Estos opiáceos te generan un efecto de 'tolerancia' y pronto dejan de tener el mismo efecto si no subes la dosis. Luego se ha sabido que cuando pasa el efecto, es decir, la abstinencia, te provoca fuertes dolores musculares de espalda, justo la razón por la que los tomaba.

- ¿Cree que el médico que se los prescribió ignoraba su poder adictivo y sus efectos secundarios?

- Mire, recuerdo que en esa misma época fui allí al dentista a hacerme un empaste. Si aquí te dan después un ibuprofeno, allí salí con una receta de vicodina, un opiáceo sintético que no está en Europa. Lo que toma el Doctor House. Yo estoy convencido de que ese médico creía que me ayudaba. La industria farmacéutica americana hizo publicidad engañosa sobre estos medicamentos. Es constatable. Ya hay sentencias.

Detrás de la oxicodona está el laboratorio estadounidense Purdue Pharma, que en 1995 revolucionó el mercado de analgésicos recetados cuando inventó esta versión química, concentrada y legal, de la morfina o la heroína. En 2007, tres ejecutivos de la firma se declararon culpables de acusaciones penales federales por haber engañado a reguladores, médicos y pacientes sobre su riesgo de adicción.

7.200 euros al mes en dosis

- ¿Cómo cambiaron esos opiáceos su día a día?

- Dejé de ir a trabajar. Dependía por completo de la química. Yo llegué a enviar a un empleado a Estados Unidos a por 600 pastillas. Allí se recetan por unidades, en lugar de por cajas. A las 48 horas estaba aquí.

- En 2008, ingresó por primera vez en una clínica de rehabilitación. Comprendió enseguida que era un adicto.

- No, no, solo tomé conciencia de que el opiáceo me generaba depresiones y más dolores. Yo tardé mucho tiempo en reconocerme como un adicto. Siempre había sido autosuficiente. Empecé mi carrera de cero con una moto alquilada por 150 euros. ¿Cómo iba a aceptar que aquello no lo podía controlar? Habría sido admitir una debilidad y yo confiaba mucho en mi capacidad. Pero mi adicción aún tenía que pasar a un nivel mucho más destructivo cuando me recetaron fentanilo.

Este opiáceo, que se emplea para aplacar el dolor extremo en pacientes con cáncer, es cuarenta veces más potente y adictivo que la heroína. La oleada de muertes por sobredosis de este narcótico en Estados Unidos, que se ha duplicado en los últimos tres años, ha disparado todas las alarmas.

- ¿Cómo se lo prescribieron?

- Fue en marzo de 2011. Tenía unas jaquecas tremendas que no podía controlar con otros opiáceos y un médico de la unidad de dolor de un hospital privado de Valencia me habló de una medicación nueva para el dolor «irruptivo». El fentanilo se disuelve en la boca en un minuto. El efecto es instantáneo, una bomba. Te quita todo, el dolor físico, el emocional... No sientes nada. Es un bienestar tan intenso que no necesitas ni comer. En cuatro o cinco meses estaba tomando una caja de Fentora, de 800 miligramos, al día. Para que se haga una idea, eso es unas diez veces más de lo indicado para pacientes terminales. Y así estuve durante veintisiete meses.

- ¿Cómo se las arreglaba para conseguir tantas recetas?

- Iba a varios médicos simultáneamente y les convencía para que me dieran una caja para cuatro días en vez de para dos semanas. Me lo montaba para hacerme con una caja al día.

- ¿Cuántos médicos le prescribieron fentanilo?

- Unos diez, en Valencia, Cádiz, Marbella y Barcelona, a los que visité con mis informes médicos. Hubo alguno que me lo recetó aun sabiendo que había estado en desintoxicación. Solo uno se resistió. Y no paré hasta localizar su teléfono privado. Le llamé varias veces a su casa para que me recetara para el fin de semana. A la cuarta llamada me dijo que llamaría a la Policía. Yo pensaba: 'no se da cuenta de lo que estoy sufriendo'. Hace poco le escribí. Quería reparar aquello.

- ¿Cómo es posible que no existiera un registro de toda esa actividad farmacéutica?

- No lo sé. Al tratarse de estupefacientes, son recetas especiales, pero oficiales del Ministerio de Sanidad, con sus códigos y sus grabados. Alguien tuvo que saber lo que yo hacía y que me podía morir con ese consumo. Y no me refiero a los médicos a los que toreaba.

- El fentanilo es un medicamento extremadamente caro.

- 240 euros la caja. En Estados Unidos, donde también compré, cuesta 2.200 euros.

- Es decir, su consumo fue de 7.200 euros al mes durante dos años y medio. ¿De dónde sacaba tanto dinero?

- Cuando cerré mis dos empresas, de mi patrimonio. En su día compré acciones de Google y de Amazon. Es con lo que más dinero gané. Pero tuve que vender, claro. En aquella época perdí el control de todo. Rocé la locura.

- ¿Qué quiere decir?

- A veces me quedaba paralizado. La cabeza, las extremidades, todo. Durante varios minutos, no me podía mover... Iba al baño cada siete u ocho días. Y siempre sangrando... Eso tampoco era suficiente para parar. Increíblemente, te acostumbras a vivir así de enfermo. Recuerdo que una vez estaba en Tennessee cuando tuve una obstrucción intestinal que me llevó a urgencias. Estaba solo en un box. La enfermera me dijo que esa noche podía morir.

- ¿Cómo se enfrentó a todo eso su familia?

- Yo no quería tener a mi madre y a mi hermana aporreando la puerta de mi casa y me refugiaba en hoteles. Y sabía que por lo menos allí comería. Hubo un verano que me lo pasé comiendo solo sandía. Y, pese a ello, vomitaba veinte veces al día. Se me caía el pelo, se me careaban los dientes, se me pudrió una muela, pero seguía sin pensar que iba ciego.

- ¿Qué pensaba entonces?

- Yo no buscaba evadirme ni colocarme porque, aunque había perdido mis empresas, no paraba de trabajar y de hacer proyectos. Yo solo quería dejar de tener dolor... Estaba deprimido, no tenía vida. También sufría una amnesia brutal. Se me borraron muchas cosas. Incluida una relación sentimental, ¿se imagina? Nos reencontramos al cabo de un tiempo y yo no recordaba nada. Era modelo, una mujer increíble.

- Entre 2008 y 2013, se sometió a trece intentos de rehabilitación. Recayó en doce.

- En algunas creí morir del sufrimiento. Sin embargo, un mes después de salir del decimosegundo ingreso, visité a otro médico para pedirle que me recetara un opiáceo suave... Esta es la enfermedad del autoengaño. Hasta la número trece no comprendí que jamás, bajo ningún motivo, por mucho que se trate de un dolor legítimo, puedo tomar un opiáceo.

- ¿Qué fue distinto la decimotercera vez?

- Inicialmente ingresé para descansar del estrés de salir a buscar recetas cada tres o cuatro días, alimentarme y recuperar fuerzas. Las otras veces yo consensuaba con los médicos el alta. Esta vez decidí que saldría cuando ellos dijeran. La adicción es la única guerra que se gana cuando te rindes, entregas tus armas y pides ayuda. Y lo hice. Estuve cuatro meses en aquella clínica de Barcelona. Era como una cárcel de máxima seguridad.

- ¿Recuerda qué hizo aquel primer día libre y limpio?

- Cuando aceptas tu fragilidad, das un paso esencial. Porque tu vulnerabilidad es lo que te protege. Fui a casa de mi madre. A las dos semanas le pedí que me acompañara a mi casa. Tenía como unas 500 pastillas de opiáceos. Las tiré por el váter. Fue un milagro. Eso jamás lo haría un adicto.

Empezar de cero «sobrio»

- No ha vuelto a probar un opiáceo desde el 3 de julio de 2013. Esos son cinco años y cinco meses. ¿Cómo han transcurrido?

- 2015 fue extraordinariamente duro. Yo era el mánager de Bernat Martínez cuando falleció en la salida de la carrera del campeonato de superbikes en Daytona. Fue increíble que pudiera pasar por aquello, que pudiera afrontar los trámites, todo, sobrio.

- Pero lo hizo.

- El adicto vive para él mismo. Por eso estoy convencido de que mi propia supervivencia depende de mi capacidad para llegar a otros adictos. El relato de un adicto a otro impacta y llega donde la medicación no alcanza. Es la mejor terapia que yo he encontrado. La parte médica y psicológica te salva la vida, porque por ti mismo no puedes salir. La diabetes no te la puedes quitar con fuerza de voluntad. Esto tampoco. Pero la espiritual es la más trascendental. Porque, en ese sentido, estás muerto. ¿Cómo voy? Poco a poco. La reparación en la familia lleva su tiempo. Cuando has hecho tanto daño no basta con pedir perdón. Y luego tienes que aprender a hacerlo todo sin química. Desde pagar las facturas a negociar un contrato o salir con una mujer. Es como despertar de un coma y empezar de cero sobrio.

- ¿Cómo contempla ahora lo que le ocurrió?

- Veo un atajo que me llevó al precipicio. Pero, a día de hoy, siento gratitud. Estuve mucho tiempo ensimismado. Hoy paso quince horas a la semana ayudando a otros drogadictos.

- ¿El dolor físico sigue ahí?

- Sí.

- ¿Y cómo lo combate?

- Con ibuprofeno y meditación diarias.

- ¿Siente resentimiento hacia los médicos que le extendieron las recetas?

- Ninguno, pero sí creo que es necesario que los médicos especializados en dolor se formen en adicciones, para que las vean venir.

- ¿El control sanitario sobre este tipo de recetas en España tiene grietas?

- Existe un peligro real porque, si tienes dolor crónico, se consiguen con facilidad.

- ¿Quién es Jorge Lis hoy?

- Alguien que se ha dado cuenta de que su historia es su mejor tesoro, porque puede ser la llave con la que abrir la cárcel de otros.

Fotos

Vídeos