«Las únicas cadenas de la mujer deben ser las de su bici»

Cristina Spínola se enfrenta a una tormenta de arena en el desierto de La Guajira (norte de Colombia). /MARIKA LATSONE
Cristina Spínola se enfrenta a una tormenta de arena en el desierto de La Guajira (norte de Colombia). / MARIKA LATSONE

Cristina Spínola recorrió el mundo a pedales para mostrar que «las únicas cadenas de la mujer deben ser las de su bici». Una aventura que ahora completa con otros retos como largos periplos en kayak en solitario para reivindicar la independencia vital femenina

ANTONIO CORBILLÓN

Mujer, sola y por delante las 500 millas náuticas (casi mil kilómetros) del Mar de Cortés, el largo tramo de agua que abraza la península de la Baja California. Ese escenario del que Jacques Cousteau dijo que era 'el acuario del mundo'. Demasiado para cualquiera menos para Cristina Spínola, una periodista canaria que presume de ser la primera española en dar la vuelta al mundo en solitario en su bicicleta.

Todo aventurero acaba teniendo claro que el viaje por sí mismo termina dejando un sabor agridulce. Unos hacen coincidir su ruta con lugares donde dar a conocer y apoyar causas solidarias. Otros se van a climas extremos para advertirnos de los efectos del cambio climático... Cristina lo hace por el género femenino. Así, de manera universal. Su objetivo es «inspirar a otras mujeres del mundo para que las únicas cadenas que lleven sean las de su bicicleta», teoriza.

En sus redes sociales no deja de insistir: «te recomiendo que viajes sola, como mínimo, un año de tu vida, para que resetees tu cerebro y te conviertas en un ser independiente», les dice.

En su caso se aplicó una dosis triple. Porque necesitó tres años y un mes para su primer gran proyecto de mujer dueña de su destino: dar la vuelta al mundo impulsada por el motor vital de sus piernas sobre su bicicleta. Pero llegar a ello fue un proceso largo. Cuando se instaló en su cabeza ese compromiso, su bagaje apenas sumaba una licenciatura en Periodismo en la Complutense de Madrid y un año de 'erasmus' en Bélgica

De regreso a Las Palmas siguió la lógica de las cosas y empezó a trabajar en la prensa y la televisión. El reporterismo y una incipiente carrera en la pequeña pantalla no le llenaban. Se sentía aislada en su vida insular.

El ancho mundo empieza en casa

Cuando ya se asomaba a TVE y la causa del feminismo activo le conquistó del todo se planteó su primer reto: recorrer en solitario las siete islas de su archipiélago. Era el año 2005 y apenas necesitó un mes para saltar de unas a otras reclamando el derecho a la igualdad. «En comunidades aisladas como Canarias la mujer está aún más relegada. Y el deporte me pareció un buen activismo».

Decidió plasmar sus impresiones en su primer libro 'Sola, ruta por la igualdad'. Todo aquello le hizo abrir mucho más el foco y plantearse un viaje de más envergadura, pero con el mismo lema y orientación.

Romper amarras

Hija de una familia hispanoportuguesa de clase media alta y «bastante conservadora», de esas que educan a los hijos para que desarrollen una buena carrera profesional (que ella ya tenía), le costó casi diez años y la incomprensión de su entorno el dar la primera pedalada hacia una vida nueva.

Tuvo que ser en marzo de 2014, cuando una de esas crisis personales de crecimiento invitan a cerrar unas puertas y a abrir otras. «No me gustaba mi trabajo en los medios de comunicación. Me hice periodista para viajar y conocer... Así que me tiré a la piscina y no se lo dije a nadie».

¿Y qué es lo que no le dijo a nadie, ni siquiera a sus padres? Pues que había vendido todo y se había subido a un avión con destino a Johannesburgo (Sudáfrica). Su bicicleta viajaba en una caja en la bodega. «No sabía qué me encontraría. Lo bonito fue no pensármelo demasiado. Ahora no sé si lo haría». Lo primero que se encontró fue a todos los blancos de la capital sudafricana, urbe con los mayores índices de violencia del país, diciéndole: «¡Súbete a mi coche y te llevo, te van a matar!».

Pero si hay algo que no suele perder Cristina es la calma. «Vemos el mundo más inseguro de lo que es. África no me pareció terrible y todo era ayuda por todas partes», insiste. Su objetivo era subir por toda la coste este del continente negro hasta Etiopía, pasando por Mozambique, Malawi, Tanzania y Kenia.

En aquella primera etapa, el problema no fue la gente sino las (no) carreteras. Recuerda uno de sus múltiples pinchazos en territorio masai en Kenia. La bomba de aire tampoco funcionaba. Ni un solo coche en lontananza. Una figura humana se acercó al trotecillo desafiando el calor. El típico varón masai que parece escapado del 'casting' de 'Memorias de África'. «Y yo con el espray de pimienta antiagresor preparado», rememora entre risas Spínola. El hombre se paró, no abrió la boca pero intentó arreglar el problema mecánico. «No pudo y se marchó sin más. Me di cuenta de que los miedos se quitan con viajes así».

En Addis Abeba (Etiopía) se subió a otro avión y saltó hasta Bombay. Nepal, Sudeste Asiático, otro bote hasta Nueva Zelanda... de allí a Los Ángeles, travesía por toda América del Norte... Tijuana (México) fue su puerta de entrada a todo el continente hispano. Llevaba año y medio y estaba «hasta las narices de estar sola».

Pero en Puebla conoció a la letona Marika Latsone, otra solitaria como ella, con la que compartió el resto de su travesía. Cuando alcanzó la austral Ushuaia (Argentina) se dio cuenta de que «¡llevaba tres años y un mes sin ver a mi familia!».

Más de mil días y 28.000 kms.

Cuando repasó todo se dio cuenta de que había cruzado 27 fronteras y pedaleado 28.000 kilómetros. Era tiempo de volver a casa y amplificar al máximo todas sus aventuras gracias a su larga experiencia como bloguera, en la edición de canales de YouTube y el resto de redes. Lo llamó Solaenbici.

En ella se aprecia la supervivencia de Cristina empujando su vulnerable vehículo por los arenales de los desiertos o compartiendo el asfalto con enormes camiones en Asia que parecen a punto de engullirla. Todo esto se explica cuando se aprecian sus gestos: una mezcla de determinación y buen rollo para afrontar lo bueno y lo malo.

Con el regreso al hogar le asaltó la misma convicción que a otros conquistadores de su propia independencia. «Se ha abierto el mundo, no hay regreso a casa después de un viaje así», explica.

La inquieta viajera canaria se declara heredera de una férrea formación de 'boy (girl) scout' en su adolescencia que preparó los mimbres de una personas dispuesta a la supervivencia en solitario. Y a finales de 2017 decidió aparcar su bici y dar nuevas muestras de esa versatilidad.

Otra vez un reto escrito en femenino y en solitario. Esta vez no avanzaría con sus piernas sino con sus brazos. Decidió ser la primera que cruzara en menos de 45 días las 500 millas que bañan la Baja California.

Delgada línea de la supervivencia

Consiguió una canoa kayak de fibra de vidrio a la que puso, cómo no, nombre de mujer. 'Julieta Venegas' sería su salvavidas, su cómplice, su tortura. La fina línea que separa la flotación del ahogamiento. Había navegado en veleros pero no sabía nada de pilotar un kayak. «A mis patrocinadores les dije que era experta. Una mentira total», se ríe.

Tendría que enfrentarse a seis semanas de navegación en solitario, acampando sola en las laderas y playas del desierto mexicano, comiendo sus propias capturas y atenta a las alimañas fuera (zorros, coyotes...) y dentro del agua (tiburones de varias familias).

Y aún así, la mayor parte de la equipación la consiguió prestada o de segunda mano en grupos de Facebook y Amazon. Durante semanas se preparó a conciencia. Logró la complicidad de Iker Trevor Moreno, miembro de la selección de canotaje de Baja California Sur. Estudió bibliografía para conocer las corrientes. El Mar de Cortés es temido porque «es muy traicionero. Pasa de ser un plato de natillas a fuertes oleajes y corrientes sin avisar».

Su periplo bordeando la costa alterna jornadas enteras varada en cualquier playa por culpa del viento en contra pero disfrutando los amaneceres («son espectaculares, solo en Malawi he visto algo parecido», escribe en su blog) con días agitados en los que le cuesta controlar a 'Julieta Venegas', encabritada sobre las imprevisibles corrientes marinas.

Todo compartido con una fauna espectacular. La tercera parte de los cetáceos del mundo viven allí. En el día 16 fondea en Puerto Candeleros. Está rodeada de cadáveres de tiburón. Cuenta entre 25 y 30. Escribe en su bitácora: «Huele a muerto. Esta cala es un cementerio. Somos una especie que acaba con todo». Se da cuenta de que los viajes en solitario «te convierten en un ser mucho más emocional, que sufre con lo que le hacemos a la naturaleza».

Es un duro bregar remando de seis a ocho horas diarias, montando su campamento, practicando pesca submarina cuando puede. Una auténtica 'Rambo'. A veces, el cansancio o las emociones acumuladas se quiebran con una catarata de llantos que no tiene pudor en dejar recogidos en sus vídeos.

El tiempo se echó encima y tuvo que posponer el remate de su proyecto hasta mayo. Pero cerró el desafío. Y ahora buscará otros nuevos con la certeza de que «ya no te asusta el mundo. Cuando eres capaz de estar sola ¡puedes con todo!».

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