La herida abierta de Oriente Medio

Un padre sostiene en brazos el cuerpo inerte de su hijo tras el bombardeo de su casa en Qana (Líbano) por la aviación israelí, en julio de 2006./
Un padre sostiene en brazos el cuerpo inerte de su hijo tras el bombardeo de su casa en Qana (Líbano) por la aviación israelí, en julio de 2006.

Mikel Ayestaran, corresponsal de guerra de este periódico, narra en un libro sus más de diez años en la zona más caliente del planeta

MIKEL AYESTARAN

Mientras unos y otros se acusan de haber lanzado la primera piedra, Oriente Medio se desangra, los muros crecen y todos aquellos que pueden, emigran a Europa o a Estados Unidos. La mayoría, de forma ilegal y sin billete de vuelta. Oriente Medio se parte en pedazos cada vez más pequeños. El libro 'Oriente Medio, Oriente roto' es un recorrido vital y periodístico, en primera persona, por los conflictos que he tenido el privilegio de cubrir desde que en 2005 decidí subirme a este bote con destino a lugares y a experiencias inimaginables para la «gente normal». Buscaba cubrir situaciones complicadas, guerras, revoluciones..., coberturas cuyo escenario actual es Oriente Medio. Por eso mi brújula apunta a esa región, porque es una zona con problemas que aparecen a diario en las noticias. Este viaje tiene paradas en Líbano, Irak, Afganistán, Pakistán, Irán, Egipto, Siria, Libia..., pedazos imprescindibles de una vida nómada guiada por la brújula de la actualidad y que discurre por una región que se desangra como una enorme herida abierta. Estos son algunos de los momentos clave de este recorrido.

PAKISTÁN. Mayo de 2011

La casa de Osama Bin Laden

No hay que ser un lince para dar con la vivienda de Osama: basta con seguir la procesión de vecinos que caminan a ambos lados de la carretera en dirección a una casa blanca de tres alturas rodeada por una tapia. Se alza en medio de un gran prado a las afueras de esta localidad de ciento cincuenta mil habitantes, famosa por albergar el equivalente al West Point de Pakistán. Abbottabad se encuentra a las puertas de las zonas tribales que conforman la frontera entre Pakistán y Afganistán y que son el gran santuario yihadista. Lo suficientemente cerca para llegar a ellas, lo suficientemente lejos para vivir a resguardo de los ataques de los aviones no tripulados. Está, además, más próxima a las comodidades de la capital, Islamabad, un argumento de peso que debió de convencer al líder de Al Qaeda para plantar aquí su refugio. Cuando Barack Obama hizo pública la noticia de la muerte de Bin Laden a los 54 años en ese exilio paquistaní, los norteamericanos se echaron a las calles para celebrar la desaparición de quien consideraban responsable del atentado contra las torres gemelas.

LIBIA. Octubre de 2011

En la morgue de Gadafi

Tirado sobre una manta. Desnudo de cintura para arriba. Despojado de sus túnicas extravagantes y con el pecho ensangrentado, Muamar Gadafi se despide de los suyos en una cámara frigorífica del mercado central de Misrata. Cuarenta años en el poder, mansiones y millones derrochados no le han servido para diferenciarse en el momento de su muerte de los miles de fallecidos en la revuelta. Su mirada altiva, caída para siempre. Sus palabras amenazantes, mudas frente a los insultos que le profieren los civiles que hacen cola para ver su cuerpo. No vienen en señal de duelo: vienen para mostrar su odio. Acuden en familia, como Fuad, que trae a su hijo Alí. «Se llama igual que mi padre, al que nunca conoció porque le mató este canalla. Quiero que el niño le vea la cara de cerca y no olvide nunca quién mató a su abuelo», asegura, y levanta los dedos al cielo al grito de «¡Dios es grande!», auténtico salvoconducto en la nueva Libia pos-Gadafi. Fuad insta a Alí a golpear el cadáver, a meterle los dedos en los agujeros de bala. No hay respeto alguno por los restos de un ser tan odiado. «Huele como todos los muertos y está amarillo como todos. ¿Qué tenía de superhombre? Nada, absolutamente nada», reflexiona Rafah, exveterano del ejército libio que se acuerda en estos momentos de los «miles de jóvenes que ha perdido Misrata por su culpa». Me quedo con ese olor a sangre, a muerte y a sudor, los gritos de odio de la gente, los dedos de los niños golpeando la cabeza de Gadafi y tirándole del pelo, y la sensación de ser testigo de la historia, de tener delante de los ojos un fragmento de la historia reciente.

SIRIA. Diciembre de 2013

Emboscada en Latakia

Al Haffe se encuentra a veintidós kilómetros de Latakia y era el único feudo suní en esa zona costera de mayoría alauí, secta del islam a la que pertenece la familia del presidente Bashar Al Assad. Yo iba en mi coche, detrás del convoy de los cascos azules de la ONU. Me frotaba las manos porque era el único periodista extranjero presente, me invadía la sensación de euforia habitual en nuestra profesión cuando creemos que tenemos un tema exclusivo entre manos. Tras abandonar la autopista tomamos un camino rural, y en el primer tramo me sorprendió la presencia de varios grupos de niños con banderas nacionales y fotos del presidente. Parecía que nos daban la bienvenida, que alguien les había informado de que iba a pasar un convoy hacia Al Haffe. De pronto, mi conductor frenó en seco. «¡Guarda la cámara, que no te vean!» Fadi Barsa conservó la calma al volante de su Citroen C2. Dejó distancia con los vehículos blindados de Naciones Unidas, abrió la ventanilla y encendió la radio. Sonaban canciones patrióticas a todo volumen. Todo en cuestión de segundos y sin quitarme ojo para que no hiciera tonterías. Frente a nosotros, un pasillo de manifestantes enloquecidos golpeaba con palos y barras de hierro los todoterrenos y los zarandeaba. Fadi comenzó a girar el volante para dar media vuelta, esquivó a unos jóvenes que corrían como posesos hacia los todoterrenos blancos y puso de nuevo el vehículo en dirección a Latakia. Dos encapuchados cerraban el paso con picos en las manos, pero se apartaron ante el pequeño utilitario de color gris. Ellos esperaban a los todoterrenos. Seguí la escena por el retrovisor y pude ver que uno de los Toyota había logrado también girar, pero un vehículo de la seguridad, uno de los coches que nos acababa de ofrecer el gobernador de la provincia como escolta, le frenó para que pudieran seguir zarandeándolo. Avanzaban casi pegados a nosotros cuando sonó la primera ráfaga. Ta ta ta ta ta ta. ¿Quién disparaba? Se acabó lo de mirar por el retrovisor, clavé la vista al frente y lancé un grito a Fadi, una súplica desde lo más profundo de mi estómago para que se alejara de allí. Por muchos cursos que uno haga antes de ir a un conflicto, por muchas batallitas que escuche con atención contar a los veteranos del oficio, no hay nadie que enseñe cómo salvarse de una emboscada.

LÍBANO. Julio de 2006

Bombardeo de Qana

El 30 de julio de 2006 me despiertan los gritos de los seis periodistas turcos de la agencia Gihan que ocupan el salón de la casa de la familia cristiana que nos acoge al sur del Líbano. Israel e Hizbulá llevan dos semanas de guerra abierta y esta es la línea del frente. En las imágenes del informativo matinal de Al Yazira destacan las palabras «breaking news». Una vivienda humilde de tres plantas en la localidad de Qana. Dos familias enteras, los Salhub y los Hashem, que se habían reunido para pasar la noche juntas. En total, 63 parientes. Los bombardeos estaban siendo tan intensos que las familias locales que no habían huido al norte optaban por juntarse en los sótanos de las casas. De pronto, a la una de madrugada, el impacto de dos misiles. Cincuenta y cuatro muertos. Solo nueve supervivientes. Llegamos a Qana volando en un viejo BMV 318. Es un trayecto de trece kilómetros, a lo largo de los cuales farmacias, restaurantes, colegios, supermercados y gasolineras están destrozados. Voluntarios de Cruz Roja y soldados del ejército libanés se juegan la vida en el sótano del inmueble para ver si queda alguien con vida. Nadie. Los supervivientes están fuera de la casa y son evacuados al hospital de Tiro. Solo Ibrahim Sarhub, que había salido del sótano para hacer té, permanece sobre el terreno. Ese té le ha salvado la vida. Camina entre los escombros con la mirada perdida, y cada vez que sacan a uno de sus familiares en camilla mira dice su nombre en voz baja. Les mira, pero no les ve.