Alarma nuclear

Oficiales rusos inspeccionan un silo de misiles balísticos intercontinentales Topol. /
Oficiales rusos inspeccionan un silo de misiles balísticos intercontinentales Topol.

EE UU da un giro completo al desarme atómico y recalienta la carrera armamentística. Los expertos creen que no es sólo Trump, sino que «la sociedad americana quiere volver a ser una superpotencia»

ANTONIO CORBILLÓN

A finales del pasado enero, el Reloj del Apocalipsis (Doomsday Clock) se movió 30 segundos y ya está a solo dos minutos y medio de la medianoche, entendida como el fin de la historia. El fatídico medidor de las posibilidades de supervivencia planetaria fue creado hace 70 años por la Junta de Ciencia y Seguridad del 'Boletín de Científicos Atómicos' americano como una metáfora de los riesgos de un planeta lanzado a la carrera por la supremacía nuclear. Nunca había estado tan cerca desde 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se lanzaron a una desenfrenada competición de ensayos con bombas de hidrógeno. A comienzos de 2017, «estamos tan preocupados por la retórica y la falta de respeto por la experiencia, que lo movimos esos 30 segundos. En lugar de crear pánico, esperamos que esto conduzca a la acción», explica la actual editora del 'Boletín', Rachel Bronson.

Sus manecillas tuvieron en cuenta el primer aviso de Donald Trump del pasado 22 de diciembre, vía Twitter, y cuando aún no había asumido la presidencia de Estados Unidos: «Debemos fortalecer y ampliar nuestra capacidad nuclear hasta que el mundo entre en razón sobre las consecuencias de usar armas atómicas». Un mes después, y ya con el maletín del 'botón fatal' en sus manos, su nueva advertencia de que quiere «el mejor arsenal nuclear de todos» y de que espera «ganar alguna guerra», parecen empujar el reloj hacia el final de la cuenta atrás.

Sin embargo, nunca había habido menos armas nucleares desplegadas desde que empezó la carrera tras la Segunda Guerra Mundial (1945) y la Guerra Fría llegó a su tope en 1986. A pesar del secretismo oficial, la Federación de Científicos Americanos (FAS) constató que hace 30 años había 70.300 cabezas atómicas desplegadas por el mundo. En estos albores de la 'era Trump', mientras alimenta su retórica con el combustible del miedo, la cifra no supera las 14.900 ojivas entre los nueve países que disponen de ellas. «Aproximadamente el 93% de todas las ojivas nucleares son propiedad de Rusia y Estados Unidos», resume el danés Hans M. Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear de FAS y autor de 'Estatus de las Fuerzas Nucleares en el Mundo'. Además de limitados, los arsenales de que disponen el resto de potencias nucleares, incluida la emergente China, son de alcance regional y sin la capacidad planetaria de rusos y norteamericanos.

Menos medios, pero mucho más dañinos. «El número sigue siendo tan enorme que hablamos de si nos matamos 10 veces o 12. En realidad el reto humano hoy no está en el alcance balístico sino en cómo parar todo esto», resume el catedrático de Historia Contemporánea y experto en seguridad internacional Isidro Sepúlveda, que conoce bien los entresijos del militarismo norteamericano tras cinco años en la National Defense University de Washington.

'Jugar' a la guerra

Sepúlveda cree que bajo esta visión «naïf y casi infantil» del triunfo bélico de Trump, el rearme nuclear de su Gobierno busca «marcar distancias al dejar en la obsolescencia los recursos de los demás». En la misma línea se pronuncia el doctor en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense y experto en armas nucleares Rafael Moreno, para quien tras las últimas bravatas está «el mensaje de mostrar al mundo un símbolo visible del poder, para retar a los demás a que traten de seguirle».

A pesar de la oleada de críticas contra este aventurerismo militar, Donald Trump solo se suma a la amplia nómina de presidentes de la superpotencia americana que jugaron a incitar su desarrollo. Durante su campaña presidencial de 1960, John F. Kennedy calentó el argumento del «atraso balístico» frente a los rusos para amplificar su amenaza. Aún mejor le funcionó a Ronald Reagan en su campaña de 1980. Bajo su mandato se alcanzó el récord de acumulación de capacidad destructiva.

Sin embargo, sus ciudadanos no necesitan que les agiten su orgullo militar para apoyar nuevos gastos en defensa por muy costosos que sean. Todos los expertos consultados remachan el resumen que hace el doctor en Relaciones Internacionales Rafael Moreno: «Esta forma de ver la política no es de Trump sino que está en la médula americana: volver a ser una superpotencia militar».

Se aceptan y justifican de forma más dócil las nuevas inversiones militares (casi 50.000 millones de euros más, solo en 2017) que el desmantelamiento del programa de salud de Obama (conocido como 'Obamacare'), que ha beneficiado a 22 millones de personas. «La sociedad norteamericana desea el liderazgo económico y militar - explica el investigador principal de Seguridad y Defensa del Instituto Elcano, Félix Arteaga-. El 55% apoya que sigan siendo una superpotencia. No es necesario, por tanto, que su presidente use el miedo al enemigo exterior porque las mismas encuestas muestran un alto nivel de preocupación». Aunque tal vez no de la forma tan directa como lo plantea Trump, hasta el punto de que varios congresistas han pedido una nueva ley que le impida pulsar el 'botón nuclear' a menos que haya una declaración de guerra del Congreso.

Sólo el presupuesto del Ejército de Tierra de EE UU (130.000 millones de euros al año) es más del doble de todo lo que Rusia dedica a Defensa. Con una inversión militar anual que supone el 35% del total mundial, no solo la industria bélica, también los 'halcones' del Pentágono y los lobbistas de Washington esperan su trozo de tarta. «La simbiosis entre investigación militar y civil es absoluta. No olvidemos que el microondas, el GPS o internet llegaron gracias a estos 'empujones' militares», resume Isidro Sepúlveda.

Desde el Instituto Español de Estudios Estratégicos, dependiente del Ministerio de Defensa, el coronel Ignacio Fuente Cobo asegura que «lo próximo que entrará por esa brecha es una nueva revolución tecnológica en la que un cibercomputador tomará las decisiones en lugar de un general». Y además «el gasto en defensa tiene una larga lista de destinatarios que trasciende al personal militar y se extiende por todas las factorías, astilleros, bases militares y poblaciones que dependen de estas inversiones. Cualquier reducción o aumento genera una controversia territorial para evitarla o aprovecharse», completa Félix Arteaga.

Pacifistas, pero armados

Sólo la política de Obama pareció tratar de cambiarle el sentido de la cuerda a ese Reloj del Apocalipsis. En 2009, apenas estrenado el Despacho Oval y tras llegar al acuerdo START de limitación de armas con la Rusia de Vladimir Putin, viajó a Europa para recordar a todos: «No se equivoquen. Mientras existan estas armas, Estados Unidos mantendrá un arsenal seguro y efectivo para disuadir a cualquier adversario». Cuando se firmó ese compromiso, su país conservaba una capacidad de destrucción 8.000 veces superior a la explosión atómica en Hiroshima.

Sin embargo, en Estados Unidos «hay una corriente de pensamiento que no perdona el que se haya desgastado su poderío militar y estratégico en guerras que no han ganado (Afganistán, Irak...), mientras otros se han centrado en lo nuclear», reflexiona el coronel Fuente Cobo. Por eso, Trump insiste en eliminar el «mal negocio» de esa distensión nuclear con los rusos por la que ambos no podrán tener desplegadas más de 1.550 ojivas en 700 lanzaderas en febrero de 2018.

Por contra, su rival directo ruso ha sufrido un fuerte declive geopolítico tras el hundimiento soviético. «Con una economía apenas superior a la de Italia y una población poco mayor que Japón o México, Rusia es un país en declive. Sólo le queda la carrera militar para posicionarse en el mundo», reflexiona el asesor del Instituto Español de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa, Ignacio Fuente Cobo.

La Federación de Científicos Americanos es uno de los centros de investigación que cruza y maneja las cifras más fiables de estos datos, siempre sometidos a veto oficial. Su portavoz, Frankie Guarini, confirma este diagnóstico: «La posición operacional de las fuerzas rusas ha sido más o menos restaurada desde el derrumbe posterior a la Guerra Fría».

Mientras americanos y rusos parecen dispuestos a volver a competir por ver quién tiene más poder de destrucción, la ONU ha organizado para finales de este mes en su sede de Nueva York (27 al 31 de marzo) una conferencia para negociar un instrumento jurídico y vinculante para prohibir las armas nucleares con miras a su eliminación total. Es aquí donde España, irrelevante en materia nuclear, tendría algún papel como «vecino del 'lado bueno' del complejo escenario Mediterráneo y con una posición geográfica ventajosa, para contribuir a un escenario estable», resume el militar Fuente Cobo.

Aunque la diplomacia ya se ha puesto en marcha bajo las mesas, antes de que haya que votar en la ONU dentro de tres semanas. «Lamentamos que España, bajo la presión de Estados Unidos, esté contemplando un boicot a estas importantes negociaciones», denuncia desde Ginebra el portavoz de la Campaña Internacional para la Abolición de Armas Nucleares (ICAN, en inglés), Tim Wright.

Lejos de su temido Twitter, la primera comparecencia ante el Congreso de Donald Trump pasó esta semana de puntillas sobre sus avisos previos. Pero parece que sus amenazas seguirán alimentando la 'fábrica de pepinos' atómicos.