Fronteras que duelen

Fronteras que duelen

Desde la Muralla China, el hombre no ha dejado de encerrarse en sí mismo para protegerse del otro, del diferente. Hoy, continúa haciéndolo

SUSANA ZAMORA

La historia está llena de ellos. De muros que dividen naciones y suman odio; que multiplican conflictos y restan prosperidad. Tan viejos como la humanidad y, a la vez, tan modernos. El controvertido muro entre EE UU y México que ha anunciado el presidente Trump no es algo nuevo. En total, de los 3.200 kilómetros de frontera entre ambos países, más de mil ya están amurallados. Los levantaron sus antecesores y ahora Trump quiere acabar la obra. Ha anunciado que será «impenetrable» y «bonito» y lo ha comparado con el que Israel empezó a levantar en 2002 -de 730 kilómetros- en Cisjordania con el argumento de evitar ataques terroristas, pero que en la práctica aísla a las poblaciones palestinas. La misma razón impulsó al Gobierno de la India a finales de los años 80 a construir una alambrada fronteriza de 3.000 kilómetros con Bangladesh, que a día de hoy sigue prolongándose y evitando el libre tráfico de personas y mercancías.

Desde la Gran Muralla China, el hombre no ha dejado de encerrarse en sí mismo para protegerse del otro, del extranjero, del diferente. Hoy, continúa haciéndolo, aunque en un mundo globalizado sea como ponerle puertas al campo. Pero hubo una época en que pensaron que eso era posible.

Con perseverancia, aunque con desigual éxito, las distintas dinastías chinas combatieron durante más de dos mil años la invasión de las tribus nómadas con la construcción de una muralla. Siglos después le siguieron otras, pero nunca tan largas. Sus 21.196 kilómetros, hoy símbolos del orgullo colectivo de un pueblo, le han valido la consideración de Gran Muralla, pero también el reconocimiento internacional como una de las siete maravillas del mundo.

Como en China, el emperador Adriano no halló fórmula más eficaz para mantener a raya los territorios conquistados al norte de Inglaterra que una fortificación de 100 kilómetros que regulase la relación con los bárbaros. Los vestigios de aquella frontera, construida entre Escocia e Inglaterra entre los años 122 y 132, aún son visibles y objeto de interés turístico. Miles de visitas recibe también cada año Irlanda del Norte, donde en su capital, Belfast, no hay un muro, sino 99, que dieron origen a guetos divisorios entre católicos y protestantes. 20 años después del Acuerdo de Paz del Viernes Santo, los muros están abiertos y son un reclamo más para el viajero.

La defensa del territorio sigue siendo motivo para levantar tapias, cada vez más altas y peligrosas: las vallas de Ceuta y Melilla, que frenan desde los años 90 el paso de inmigrantes desde África hacia Europa, o la cerca electrificada que Botsuana empezó a construir en 2003 a lo largo de su frontera con Zimbabue para impedir la propagación de la fiebre aftosa entre el ganado. Una versión que no creyeron los zimbabuenses, que vieron en ella una forma de detener a los que trataban de llegar a Botsuana de forma ilegal. A ellos se suma el muro de Nicosia (Chipre), levantado en 1974 cuando Turquía invadió la excolonia británica en respuesta a un intento de golpe de Estado respaldado por Grecia. Desde entonces, el país se halla partido en dos: el lado grecochipriota y la República Turca del Norte, sólo reconocida por Ankara.

Uno de los más grandes del mundo (2.720 kilómetros) y también más destructivo por el uso de minas antipersonas es el muro del Sáhara Occidental, que fue construido por Marruecos en los años 80 para proteger el territorio que había ocupado de las incursiones del Frente Polisario.

La caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, enterró el mayor símbolo de la Guerra Fría. Durante 28 años, 155 kilómetros de cemento y vallas electrificadas dividieron a Alemania y frenaron violentamente la emigración de alemanes, que huían de la zona oriental comunista hacia el próspero Berlín occidental. El derribo de este 'muro de la vergüenza' dejó una hermosa e inolvidable cicatriz en el corazón de Europa. Supuso el fin de una época, pero la historia se repetiría con la construcción de nuevas fronteras para hacer frente a nuevos miedos: la inmigración, el crimen organizado y el terrorismo, surgidos tras los atentados del 11S. En dos décadas, el mundo ha pasado de tener 16 muros a los 65 que actualmente están terminados o en construcción. Los más recientes, el que ha terminado Hungría, de 175 kilómetros de alambres y cuchillas, para frenar la entrada de refugiados desde Serbia, y el levantado en Río de Janeiro, de hormigón y tres metros de alto, para evitar que las favelas se extiendan por la capital.

En otros casos, como en Corea, el tiempo parece haberse detenido en 1953, cuando terminó de construirse el conocido como 'Muro de Berlín asiático' tras el acuerdo entre EE UU y la antigua URSS una vez acabada la Segunda Guerra Mundial. La valla de 250 kilómetros discurre a lo largo del Paralelo 38º. Se la llamó zona desmilitarizada, aunque es una de las más fuertemente armadas del mundo.

Los estados siguen levantando muros, mientras hay quien piensa que construirlos «es la mejor manera de no hacer nada dando la impresión de hacer algo», tal y como dice P. N. Bhagwati, el jurista y expresidente del Supremo de India.