La revolución de las canicas

Yahya Jammeh acude a votar. Abajo, una de las canicas usadas en el referéndum. /
Yahya Jammeh acude a votar. Abajo, una de las canicas usadas en el referéndum.

El dictador de Gambia sorprende al mundo al reconocer su derrota en unos comicios democráticos

GERARDO ELORRIAGA

El rostro compungido de Yahya Jammeh le produjo cierta pena a Verónica Hormaechea, de la ONG Sunu Buga Buga. El presidente de Gambia compareció el pasado viernes ante la televisión nacional para reconocer su derrota en los comicios del día anterior y admitir, cariacontecido, que su sueño de gobernar la diminuta república subsahariana con el apoyo de Alá durante otro milenio se había evaporado. El veredicto de las canicas le había resultado adverso y prometía a los sorprendidos televidentes un pacífico traspaso de poder. Su fracaso político no sólo constituía un hito inaudito en el pequeño Estado, sino en todo un planeta en el que, aún hoy, los tiranos suelen recurrir a votaciones convenientemente amañadas para maquillar democráticamente largas y asfixiantes dictaduras.

No hay urnas ni papeletas en el paupérrimo sistema electoral gambiano. Los ciudadanos introducen bolas en tambores que portan una fotografía con la faz del candidato. Adama Barrow, líder de una coalición formada por siete agrupaciones, reunió el 45% de las pequeñas esferas y la población estalló en júbilo en las calles de Banjul, la capital. Tras un golpe de Estado y 22 años de sofocante control, el mandatario que cura el sida, el cáncer y el asma mediante la imposición de manos y una pasta de hierbas aromáticas no ha podido vencer a este rival, dueño de una empresa inmobiliaria pero sin facultades sanadoras conocidas.

Un país en ruinas

Índice de Desarrollo Humano: Gambia ocupa el puesto 175 entre 186 países del mundo.

Población: Con una extensión de 10.689 km2, similar a la asturiana, tiene 1.990.000 habitantes.

Emigración: Es el quinto país africano emisor de emigrantes a Europa.

Índice de analfabetismo: 49% de la población.

Esperanza de vida: 58 años (España, 82 años).

Tasa de mortalidad infantil: 73 por mil (la de España es de 3,33 por mil).

Índice de miseria:48,4%.

«La gente se ha ido envalentonando», explica la cooperante vasca. «Este país está ínfimamente desarrollado, no hay trabajo, no hay nada que hacer». La miseria ha impulsado a los votantes que, en gran número, han accedido a los colegios para demandar su respectiva canica y provocar el cambio. «Gambia es ancestral. Senegal, el país que nos rodea, está a años luz de desarrollo».

No hay futuro en el campo, dependiente de la producción de cacahuete, ni tampoco una industria emergente. La emigración se ha convertido en la única posibilidad para los jóvenes, formados o analfabetos, que buscan llegar a la costa mediterránea y alcanzar Europa mediante cualquier medio que flote. Tan solo en 2015, el denominado back way se llevó a más de 100.000 personas vía Agadez (Níger) hasta los peligrosos puertos libios. Algunos murieron en el desierto, otros fueron abandonados en contenedores, muchos perecieron en las aguas y hay quienes aún esperan el rescate de los suyos tras ser secuestrados por milicias.

El régimen ha intentado disuadir a quienes aspiran a atravesar el Sahel, pero resulta imposible contener el éxodo, a pesar del enorme riesgo que conlleva. Nuestro país es un destino preferente para los que marchan. Ebrima Sillah, presidente de la Asociación de Gambianos en España Kairaba, dice que nada puede detener a quienes huyen de una gravísima situación. «Es una crisis económica y social enorme», explica, y señala que sus compatriotas han elegido el cambio porque quieren paz, trabajo y que su país se abra a la inversión occidental.

Turismo sexual

La belleza de su paisaje contrasta con la miseria rampante. El litoral gambiano se ha convertido en un destino de lujo para turistas ávidos de exotismo tropical y cómodos resorts. La aventura del África negra queda a cinco horas de Barcelona en vuelo directo. Las primeras visitantes de la llamada Costa Sonriente fueron, hace veinte años, mujeres procedentes del norte de Europa, ávidas de sol y placeres sexuales. Pero el reclamo erótico se extendió a los hombres y, según Hormaechea, actualmente numerosas muchachas ofrecen sus servicios en los hoteles, a pesar de tratarse de una sociedad conservadora y mayoritariamente musulmana.

El nuevo Gobierno gambiano se enfrentará tanto al reto de proporcionar esperanza económica como al más perentorio de impartir justicia tras más de dos décadas de represión. Las desapariciones, torturas y muertes no resueltas, caso del periodista Deida Hydara o del líder sindical Sheriff Dibba, ocurrida hace tan solo unos meses, aportan incertidumbre a esa transición. Muchos apuntan a la guardia pretoriana del presidente, los Green Boys, acusados, entre otras fechorías, de llevar a cabo una purga de presuntos brujos en el interior del país.

Algunas voces ya avanzan que el derrotado Jammeh debería enfrentarse al Tribunal Penal Internacional, una posibilidad que aterra a la elite vencida, pero también a otros regímenes africanos que frivolizan con las urnas para dotarse formalmente de legalidad y que pueden temer el eco de este inquietante precedente. Hormaechea confía en la fe del líder caído, autotitulado Su Excelencia Profesor Doctor, para impedir cualquier altercado. «Él dijo que Alá lo había decidido y que ya había felicitado al ganador. Si él pidió paz, ¿quién se va a levantar? razona. Nosotros estamos encantados y confiados, pero sí, es cierto, esta situación implica todo un test para el África negra».