El vino español que arrasa en el Vaticano

El vino español que arrasa en el Vaticano

Un Heras Cordón de Rioja y un Viña Pedrosa de Ribera de Duero riegan las mesas de la Santa Sede, que ha vuelto a liderar el ranking de los países que más beben del mundo

ANTONIO CORBILLÓN

Un banquete nupcial sin vino es una vergüenza para los recién casados. ¡Imaginaos acabar el banquete bebiendo té! El vino es necesario para la fiesta». La reinterpretación que el Papa Francisco hizo de las Bodas de Caná en su audiencia del pasado 8 de junio suena a apología del vino. Pero no hace falta revisar este pasaje, en el que Jesús convirtió el agua en vino y que hasta los no creyentes conocen de sobra, para invitar al trasiego etílico en la Ciudad del Vaticano.

El estado más pequeño del mundo (no llega a medio kilómetro cuadrado) encabeza las estadísticas mundiales de mayor consumo de vino por habitante. El último estudio del Instituto del Vino de California y de la Organización Internacional de la Viña y el Vino elevan el consumo de sus poco más de 900 habitantes hasta 45.000 litros de vino en 2015. Algo más de un litro por garganta a la semana (54 al año), seguido de cerca por el segundo del pódium: Andorra. Y eso que, tal vez en sintonía con los votos de austeridad del Pontífice argentino, se han contenido mucho. En 2012, los ciudadanos del Vaticano superaron los 74 litros anuales.

Consumo magnum

Siempre magnum

Los bodegueros de vino tinto envían botellas magnum de 1,5 litros. «Al tener más volumen se asienta mejor y está más rico al abrirlo en esos grandes eventos vaticanos con varios invitados».

Buenos y baratos

La Annona, como se conoce al supermercado vaticano, vende el vino casi libre de impuestos, lo que abarata los precios de grandes caldos por debajo de los 20 euros.

33 es la posición de España en el consumo de vino (21 litros por persona al año). Menos de la mitad que los residentes en el Vaticano.

Es cierto que la particular geografía política y humana de Ciudad del Vaticano distorsionan cualquier comparativa. Incluso ha llegado a ser el estado con los mayores índices de delincuencia, lo que suena a broma. Pero los autores del estudio concluyen que en este pequeño microcosmos se da el mejor perfil clásico de un buen catador de caldos: hombres mayores (casi toda su población supera los 50 años), sin familia a su cargo y un buen poder adquisitivo.

El Spaccio dellAnnona, el economato interno que permite comprar todo exento de impuestos, hace el resto. Para acceder a las ventajas de esta especie de Gibraltar católico hace falta un carné con foto, un pasaporte que no es ningún problema para la picaresca romana. Con las filtraciones del escándalo Vatileaks se supo que había más de 27.000 clientes del surtidor de gasolina libre de tasas de la ciudad y que el consumo de combustible superaba los 27 millones de euros anuales. Si todos los vecinos condujeran, podrían dar varias vueltas al mundo.

Todo esto lo saben bien los bodegueros españoles. Algunos fueron invitados ayer a la sede de la Nunciatura Vaticana en Madrid para celebrar la festividad de San Pedro. Esos paladares diplomáticos son el salvoconducto para llegar hasta Roma. «LaNunciatura es el mejor camino para evitar gestiones. Llegas de forma mucho más directa», confirma Antonio Sanz, que ahora comercia sus propios blancos de Rueda, pero que fue uno de los pioneros desde su etapa en la bodega Palacio de Bornos.

El vino español accedió tarde a la conquista de los mercados mundiales. Y no fue ajeno a ello la Santa Sede. Tuvo que llegar la segunda etapa en el pontificado del carismático Juan Pablo II (1978-2005) para obrar el cambio. La saga de la familia Pérez Pascuas, creadores de Viña Pedrosa (Pedrosa de Duero, Burgos), se estrenaron regando la Navidad vaticana de 1994, Misa del Gallo incluida, con su caldo Gran Reserva 1989. Un tinto que maduró dos años en barrica y tres en la botella. La discreción de sus dueños ha ido siempre pareja a la conquista de nuevos mercados: hoy están en 50 países. Nunca han querido competir ni presumir de que fueron los primeros con sus envíos a Roma. «Hemos sido cautos, ha venido más la fama tras la muerte de Juan Pablo II que en vida», admite Manuel Pérez Pascuas. El agradecimiento desde Roma incluyó el derecho a utilizar el sello Vaticano en el etiquetado y alguna recepción privada con el Papa. «A mi mujer y a mí, Juan Pablo II nos regaló un rosario», recuerda. No hay agasajo, aunque sea ocasional, que no incluya una carta de agradecimiento desde las oficinas de San Pedro. En Viña Pedrosa guardan todas. «Tienen un protocolo admirable. En otros sitios... no te dan ni las gracias», bromea con sorna Manuel Pérez Pascuas.

Los envíos desde esta bodega se mantuvieron a lo largo del tiempo, incluso en la etapa de Joseph Ratzinger (2005-2013). La llegada del Papa argentino abre algún interrogante. «Sería lógico que se decantara más por el vino argentino de Mendoza», reconoce el enólogo de Viña Pedrosa, José Manuel Pérez.

El desembarco del vino español fue una de las últimas gestiones del nuncio en España hasta 1995, monseñor Mario Tagliaferri, que se mostró sensible a los esfuerzos del presidente de la Academia del Vino de Castilla y León, Benigno Polo. Porque fue este hombre quien se las ingenió para abrir las puertas del mercado mundial. Lo mismo hacía llegar botellas al palacio de Buckingham, a las míticas carreras de Ascot (Inglaterra) o al casi imposible mercado árabe. «Sus catas en la sede de la embajada española ante el Vaticano dejaron huella. Hacía maridar el vino con el arte», recuerda Belén Sanz, enóloga de Dehesa de los Canónigos, otro de los Ribera del Duero que llegaron a las copas de la Curia.

Té verde y naranjada

Cada año, la Academia del Vino enviaba a la Nunciatura su selección de caldos. Por su sede en la calle Pío XII de Madrid han pasado varios Cigales, Rueda (Palacio de Bornos, Limousin, Marqués de Riscal...), Ribera (además de Viña Pedrosa y Dehesa de los Canónigos, Torinos, Villatuelda, Vega Sicilia...) y Toro (Sobreño, Vega Saúco, Alquiriz, Liberalia...). Más tintos que blancos o rosados porque Beningo Polo trataba de adaptarse al paladar de Karol Wojtyla. «Le gustan con mucha fruta. El Pontífice siente predilección por vinos que no se precipiten, que tengan un equilibrio grande entre el grado alcohólico y la acidez», solía contar.

Quizás hay un exceso de literatura enológica. Pero Polo, hoy casi retirado, era un encantador de serpientes que «entraba por el Vaticano como Pedro por su casa», zanja José Luis Heras Cordón, el único bodeguero que presume en la actualidad de tener una fluida relación mercantil con la Santa Sede. Paloma Gómez Borrero, la corresponsal que más Papas ha conocido, recuerda una imagen pública bastante abstemia de todos ellos. «Juan Pablo solo bebía té verde... y Benedicto XVI naranjada. Podían probar el vino en un acto oficial, pero era rarísimo verles con una copa».

Las bodegas riojanas Heras Cordón tampoco faltaron ayer a la cita en la embajada vaticana madrileña. Sus viñedos, a caballo entre la Rioja alavesa y riojana, suministran mil botellas al año. «Nuestra vendimia seleccionada de 2014 reposa ya en barrica para enviarlo en noviembre», confirma. Probablemente, será el que se sirva en Navidad en la misa del Gallo. Su relación empezó en 2001 y, al igual que en Viña Pedrosa, presumen de recepciones privadas y el sello pontificio en sus botellas. En el texto puede leerse el salmo: Misericordias Domini in aeternum cantabo (cantaré eternamente la misericordia del Señor).

José Luis también teme al nacionalismo vinícola de Bergoglio, que dentro de su castidad «es un gran entendido, sobre todo de lo que hacen en su tierra». Pero sabe que estas citas en Madrid son clave. «Es verdad que ningún Papa bebe apenas. Pero son el reclamo. Los que sí catan de verdad son todos los de la diplomacia vaticana». Y recuerda que «reyes hay muchos, pero Pontífice solo uno».