Un español es el dueño del templo de las estrellas

Imagen del interior de la sinagoga que acoge la Fundación Ángel Orensanz./
Imagen del interior de la sinagoga que acoge la Fundación Ángel Orensanz.

Una vieja sinagoga agita la vida cultural de Nueva York. Su propietario es Ángel Orensanz, un aragonés que vive largas temporadas en su castillo de Francia y tiene una de las mejores agendas del mundo

GUILLERMO ELEJABEITIA

Lady Gaga es tan sencilla, tan dulce... claro que cuando la conocí todavía no se sabía que iba a llegar donde ha llegado... ¡ay!, la vida, nunca sabes lo que te depara, es como Triunfo y tragedia de Verdi». Este hombre capaz de saltar de la diva del pop al gran maestro italiano de la ópera en cuestión de segundos es Ángel Orensanz (Huesca, 76 años), artista de verbo inagotable que atesora una de las mejores agendas de contactos de Nueva York, que es como decir del mundo. El escultor aragonés se instaló en la Gran Manzana a mediados de los ochenta y la beautiful people se rindió a su singular estilo posmoderno, que él llega a comparar con El Bosco. Desde la sede neoyorquina de su fundación, en la que fuera la sinagoga más importante de Estados Unidos, se ha convertido en el perfecto anfitrión de las estrellas.

Nacido en una familia de agricultores de Larués, un pueblo diminuto (hoy son 81 vecinos) del Pirineo de Huesca, poco podía esperar que le aguardaba un destino tan grande. Cuando llegó a Nueva York con una beca debajo del brazo ya era una figura de cierto renombre en Europa, pero lo mejor estaba por llegar. «Mi primera exposición fue en Studio 54, yo entonces era atrevido, espontáneo, llegaba rompiendo las normas», recuerda. En aquel templo de la cultura pop, donde Orensanz llegó a codearse con Warhol y Basquiat, instaló sus esculturas filiformes «y unas chapas de metal enrolladas y pintadas con colores fluorescentes que se movían y brillaban, como el día y la noche, y que a la gente le encantaron». Los actores Yul Brinner y Glenda Jackson ejercieron de anfitriones en la fiesta de inauguración, que dio el pistoletazo de salida a la carrera del oscense en la capital del mundo.

«Nueva York me abrió las puertas absolutamente», reconoce. Se estableció en el Lower East Side, el barrio multicultural y bohemio, poblado de judíos y latinos, perfecto para el artista. «Lo primero que hice fue subirme a un edificio muy alto y admirar el paisaje», recuerda. Ahí divisó ya la silueta de la sinagoga de la calle Norfolk, pero todavía ni soñaba que algún día estaría dedicada a su propio culto. Construida en 1850 sobre planos del arquitecto alemán Alexander Seltzer e inspirada en la catedral de Colonia, el que fuera el templo judío más grande de Nueva York palidecía a mediados de los ochenta tras años de abandono. Su aspecto lúgubre y desangelado logró despertar la curiosidad de Orensanz. La primera vez que traspasó el umbral, «un sol de la tarde maravilloso entraba por las ventanas y proyectaba las sombras de los capiteles evoca me pareció un lugar con un silencio mágico, acogedor».

Corría el año 1986 y el escultor estaba en la cresta de la ola. Acababa de volver de Los Ángeles con 700.000 dólares en el bolsillo que le había pagado por una obra el arquitecto John Portman. Se interesó por el destartalado edificio y cuál fue su sorpresa cuando se enteró de que pertenecía a un judío arruinado llamado Ozolis y que el Ayuntamiento de Nueva York estaba a punto de sacarla a subasta pública. «¿Te imaginas? ¡Es como si París subastara la Saint Chapelle!», cuenta por teléfono desde su castillo francés, donde pasa largas temporadas. Pagó por ella un millón de dólares de hace treinta años. Ha amortizado la inversión con creces. «Fue un golpe de suerte», reconoce.

A los pocos días The New York Times publicó la noticia de la adquisición y medio Manhattan quiso saber quién era ese señor de Huesca que acababa de comprar una de sus joyas arquitectónicas. La comunidad judía puso el grito en el cielo, pero poco pudo hacer por recuperar un edificio que llevaba años abandonado. «Estaba en un estado lamentable, tenía las ventanas tapiadas, pero allí se colaba todo el que quería», recuerda Orensanz. Dedicó los siguientes dos años a restaurar cuidadosamente la construcción neogótica «que tiene las mismas medidas que la Capilla Sixtina» con la idea de convertirla en una enorme galería de arte, sala de conciertos y espacio para eventos.

Escultorizado

Diez mil obras

Ángel Orensanz calcula haber realizado en toda su vida «unas 10.000 obras». Formado en Barcelona, ha instalado sus esculturas en lugares como el Holland Park de Londres, la Plaza Roja de Moscú, el Roppongi Park de Tokio o el neoyorquino Central Park. En 2001 la Bienal de Arte Contemporáneo de Florencia dedicó un homenaje a toda su obra y un año después recibió en España la Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Un templo en Nueva York

En 1986 compró la sinagoga de la calle Norfolk y la transformó en galería de arte, sala de conciertos y espacio para eventos. Cobra entre 16.000 y 24.000 euros por noche. Sarah Jessica Parker organizó allí su boda, Lady Gaga presentó su gira y Alexander McQueen festejó allí su primera participación en la Semana de la Moda. El edificio data de 1850 y es obra del arquitecto Alexander Seltzer. Es de estilo neogótico, está inspirado en la catedral de Colonia y tiene las mismas medidas que la Capilla Sixtina.

...y un castillo en Borgoña

Con la fortuna que ha ido atesorando a lo largo de estos años y su olfato para adquirir jugosas propiedades, en 2006 Orensanz se hizo con un castillo en la Borgoña francesa. El Chateau de Flacy es una delicada joya de estilo Beaux Arts en medio de la campiña, en la que el artista aragonés busca refugio del ajetreo de la Gran Manzana. Estos días se encuentra allí descansando.

Aquella jugosa operación inmobiliaria asentó su reputación en la ciudad: «Todos querían ser socios míos e invitarme a sus clubs».

Pronto empezaron a desfilar por allí las estrellas. Una de las primeras en aprovechar sus posibilidades escénicas fue Whitney Houston, que rodó allí el videoclip de Im every woman, cuando estaba en la cima de su carrera. Steven Spielberg lo transformó en el Taj Mahal para el último capítulo de la serie Smash y otros grandes del cine como Spike Lee y Jodie Foster se han servido de la apabullante arquitectura del templo como escenario.

Al Pacino y Robert de Niro han pasado por allí. También Lou Reed, «que vivía a un par de manzanas y era uno de los habituales». O Jeremy Irons, «que llegó con una gorra y unos vaqueros y no le reconocí». Menos mal que el actor sí reconoció a Orensanz. El español tiene una foto con cada astro del firmamento americano. Incluso los más inaccesibles, a él no se la pueden negar. «Meryl Streep me pidió que nos la sacáramos de espaldas al público porque si no se formaría una cola de gente esperando lo mismo».

Olfato para los negocios

Las posibilidades del espacio son inagotables. La actriz Sarah Jessica Parker lo eligió para celebrar su boda con el actor Mathew Broderick en 1997. Y Alexander McQueen montó allí la fiesta de presentación de su colección cuando participó por primera vez en la Semana de la Moda de Nueva York. «Había tanta expectación que la gente entraba y salía por las ventanas», recuerda. Lady Gaga presentó en el templo su primera gira y causó una honda impresión en el escultor. «Sabía mucho de mi obra y había estado en la sinagoga antes de ser famosa», recuerda. A pesar de la imagen excéntrica que acompaña a la cantante, l la define como «una persona sencillísima». Cuando le pidió hacerse una foto «se quitó los zapatos y me pasó la mano por el hombro». Eso sí, «se pinta los ojos como el diablo», bromea. La última diva en pasar por este altar de la cultura ha sido la joven Ariana Grande, que el pasado 18 de mayo dio allí un concierto sorpresa para cantar los temas de su nuevo álbum.

Gracias a su talento artístico, Orensanz se ha convertido en uno de los artistas españoles vivos más cotizados. Su olfato para los negocios no le anda a la zaga. Organizar un evento en la sede de la fundación no es precisamente barato. Cobra entre 16.000 y 24.000 euros «por noche», advierte, aunque eso son minucias para las estrellas. Con la fortuna que ha ido atesorando se compró un castillo en la Borgoña francesa. El chateau de Flacy, una delicada construcción del siglo XIX donde busca refugio varios meses al año. Desde su retiro francés, lamenta que Nueva York «ya no es lo que era». El artista no puede evitar dejarse llevar por la melancolía cuando evoca sus años dorados. ¿Ahora? «Se está perdiendo cierto romanticismo, las estrellas cada vez son más independientes, socializan menos; con esto de las armas y el terrorismo hay menos seguridad para hacer fiestas, tienen miedo de que pueda ocurrir algo», dice en tono sombrío. Lo dicho, «la vida es triunfo y tragedia, como la de Verdi».