La mujer que atiza a los tiranos

Fatou Bensouda, el día en que el congoleño Thomas Lubanga se convirtió en el primer condenado por la Corte Penal Internacional: 14 años de prisión por crímenes de guerra y reclutamiento de niños. /
Fatou Bensouda, el día en que el congoleño Thomas Lubanga se convirtió en el primer condenado por la Corte Penal Internacional: 14 años de prisión por crímenes de guerra y reclutamiento de niños.

Fiscal jefe de la Corte Penal Internacional, esta gambiana grande y lista siempre supo cuál era su vocación. Fatou Bensouda, persigue criminales de guerra y es un ejemplo para las mujeres de África

IRMA CUESTA

Fatou Bensouda (Banjul, Gambia, 1961) lleva diez años viviendo en La Haya y todavía tiene frío. La mujer más poderosa de África y, sin duda, una de las más relevantes del planeta, no termina de acostumbrarse a los largos inviernos, a la lluvia insistente y a la niebla que desdibuja la ciudad desde cuya atalaya, la Corte Penal Internacional (CPI), se deja la piel tratando de buscar justicia.

Bensouda, fiscal general del tribunal que investiga a los acusados de cometer crímenes de guerra y genocidios, supo desde muy pequeña que su vida discurriría entre togas y tratados de derecho. Ella misma ha contado que nació con un sentido de lo correcto e incorrecto mucho más desarrollado de lo habitual «el tema de la justicia y la rendición de cuentas parece estar en mi ADN», y que eso la llevaba, siendo aún una estudiante de Secundaria, a colarse siempre que podía en los juicios que se celebraban en su cuidad.

Vida y trabajo

Sus referencias. Criada en una familia donde las dos esposas de su padre, un funcionario, se llevaban bien, su madre y sus dos hermanas mayores fueron sus guías.

Esposa y madre. Está casada con Phillip, un hombre de negocios de Gambia, y tiene dos hijos universitarios que estudian en Gambia y EE UU, y una hija adoptada.Otro look. No es solo su peinado trenzado, suele ir vestida con colores llamativos y telas con estampados africanos; un estilo que nada tiene que ver con el look traje de chaqueta a la que la Corte Penal estaba acostumbrada.

Bensouda, que atesora un currículo de esos que parecen reservados al selecto club de las mentes privilegiadas, nació en el seno de una familia musulmana polígama en la República de Gambia; un país que, cuando ella vino al mundo, aún seguía bajo el paraguas de Gran Bretaña, donde las mujeres tenían una esperanza de vida de 33 años (los hombres, 30) y en el que, en sus 10.500 kilómetros cuadrados, apenas había cincuenta escuelas de primaria.

La niña que sin quitarse el uniforme del colegio se perdía por los juzgados, estudió derecho en Nigeria y a la vuelta se puso a trabajar como abogado y fiscal mientras apuntalaba su formación con varios máster en Derecho Marítimo Internacional. Aquello, además de convertirla en una eminencia en su país, le abrió las puertas a un sinfín de cargos que fueron subiendo de categoría según iban pasando los años. Directora general de un banco comercial líder en Gambia, consejera de Estado, fiscal general, directora adjunta del Ministerio Público, procuradora general, secretaria jurídica de la República, ministra de Justicia entre 1987 y 2000... La lista es interminable y da idea de que la chica, además de lista, ha sido siempre una trabajadora infatigable.

Sus funciones le llevarían a tomar parte en las negociaciones sobre el Tratado de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental y en el Parlamento de África Occidental y, como si una cosa llamara a la otra, a terminar colaborando con las Naciones Unidas y la Comisión Preparatoria de la Corte Penal Internacional. Aquí fue escalando posiciones hasta convertirse, primero en fiscal general adjunta, y luego en fiscal general, sustituyendo al argentino Luis Moreno Ocampo, que había estrenado el cargo.

Hace unos días, en una entrevista al periódico británico The Guardian, la mujer encargada de limpiar de tiranos este mundo reconoció lo mucho que había pasado desde que pisó por primera vez la facultad de Derecho. «Desde luego ha sido un largo viaje», contestó esta especialista en desenmarañar esa complicada madeja en la que se mezclan leyes nacionales e internacionales, derechos humanos, jurisdicciones...

Mano de hierro

Han pasado ya cinco años desde su nombramiento y muchas de las cosas que pasan en ese altísimo tribunal llevan su firma, pero sobre todo ha convertido en un objetivo estratégico la lucha contra la violación y la explotación de mujeres y niños en la guerra. «He enviado mensajes tan altos como claros de que vamos a hacer todo lo que está en nuestras manos para abordar la violencia sexual en los conflictos en los que, por desgracia, los grupos más vulnerables son las mujeres y los niños. Ya sea porque se toman como esclavos sexuales o se destinan a trabajos forzados, o porque los más pequeños son reclutados para combatir».

Y sin embargo no todo ha sido un camino de rosas. Muchas de las investigaciones que actualmente se dirimen ante la Corte Penal Internacional corresponden a países africanos y hay quienes han establecido una relación directa entre su origen y la dirección de sus investigaciones. Ella se defiende explicando que de los diez conflictos que analiza actualmente, nueve se encuentran en África, pero en seis de ellos la CPI se involucró a petición de los propios países. En otros dos, los que atañen a Libia y Darfur, en Sudán, lo hizo a petición del Consejo de Seguridad de la ONU, y solo una investigación Kenia se ha armado por los criterios de su predecesor, Moreno Ocampo. Pero sobre cualquier otra cosa, la mujer grande y sonriente, casada y madre de tres hijos, que hoy persigue con mano de hierro los crímenes contra la humanidad, dice sentirse orgullosa de haberse convertido en un símbolo para las mujeres africanas y un ejemplo de hasta dónde se puede llegar gracias a una educación de calidad. De eso y de que, quienes la conocen, alaben su diligencia, su compasión y, por su puesto, su cabeza.