El futuro del Sahara camina libre por Sierra Nevada

Los niños se divierten en las pistas de Borreguiles/P. G-T.
Los niños se divierten en las pistas de Borreguiles / P. G-T.

Más de cincuenta menores refugiados del campamento de Tindouf descubren la nieve junto a sus familias granadinas de acogida

PILAR GARCÍA TREVIJANOGRANADA

La ilusión se percibe en los rostros de los cincuenta y cinco menores acogidos en tierras granadinas que disfrutaron en la jornada de ayer de Sierra Nevada. ¡Vamos!, ¡Vamos rápido!, apremia Issa, un niño saharaui de 11 años, a sus amigos para que se suban al autobús. Será la primera vez que vean la nieve, algo inimaginable en los campamentos en los que viven. La ola de calor que azota la provincia no tiene nada que ver con un verano en la región del Sahara Occidental, en donde las temperaturas alcanzan los 60 grados, las tormentas de arena y la vida hostil del desierto obligan a los niños a permanecer en sus jaimas durante largas temporadas.

Son sus últimas semanas en España, a finales de agosto volverán con sus familias tras dos meses descubriendo una cultura y un idioma diferentes. Los niños ríen y cantan durante todo el trayecto. Alguno se levanta del asiento impaciente por llegar. Las emociones están a flor de piel, también para sus padres de acogida que desean alargar la despedida todo lo que sea posible. «Llevo 23 años y no he parado ningún año. Siempre digo que es el último que me traigo, pero no puedo vivir sin los niños. Los llevo en el alma», manifiesta Antonia, vecina de Villanueva de Mesía. Antonia mantiene la relación con todos los niños que han pasado por su casa y ayuda a sus familias en lo que puede. Hoy, la acompaña una visita especial: Farrah, una joven saharaui y española de 23 años.

Farrah lleva 13 años viviendo en España. Antonia relata que «se vino chiquitita» para operarse de la vista, mientras uno de sus hermanos disfrutaba de las vacaciones de verano en su casa. Su padre, herido de guerra, pidió la nacionalidad antes de que España abandonara el Sáhara occidental en 1975. Por esta razón, la joven pudo acogerse a un programa de estudios en el país y visitaba a sus padres durante las vacaciones. Ahora, estudia biología en Córdoba y no ha perdido el contacto con quién «no solo me ha abierto las puertas de su casa». Además, asegura sentirse muy agradecida por la labor de la Asociación Granadina de Amistad con la República Árabe Saharaui Democrática.

«Siempre digo que es el último verano, pero no puedo vivir sin ellos. Los llevo en el alma»

Antonia ha acogido este año a Sabah, hermana de una de las niñas que cobijó hace un par de veranos. Sabah, de 11 años, estuvo en Madrid el verano pasado, pero quiere volver a Granada el año que viene: «Me encanta Antonia», explica.

Una vez en Borreguiles, los niños se apresuran y corren hacía la nieve. Asma, de 11 años, se pone la chaqueta, mira sus manos rojizas llenas de nieve y sonríe: «Está fría». Los ocho grados centígrados contrastan con las altas temperaturas de la ciudad. No están acostumbrados al frío. Sin embargo, aunque tengan « la piel de pollo» , como dice Udah, no dudan en arrojarse bolas de nieve y tirarse colina abajo sin trineo.

Laura, madre de cuatro hijos y vecina de Benalúa, acoge en su casa a Busaraia y Udah. La mujer, natural de Albacete, admite que al principio de 'la aventura', el proceso de adaptación puede ser difícil, pero merece la pena: «Valoran más lo que tienen y son muy agradecidos por todo. Aprendes algunas palabras saharauis, cómo comen y su cultura. La convivencia te enseña lo fuertes que son... Todo lo pagan con cariño. Es muy bonito». De esta forma, Laura pide a las familias que se atrevan a sumarse al programa para que no desaparezca. En los últimos años, el descenso de familias de acogida ha obligado a aumentar la edad de los niños que participan de los 8 a los 10 años.

«He estado en el campamento y soy consciente de la necesidad que hay allí. Hay que protegerles», dice con la mirada perdida Nuria Moleón, coordinadora de la asociación. La invasión de Marruecos obligó a los saharauis a huir al desierto. En el exilio, el pueblo sobrevive en condiciones precarias desde hace más de tres décadas, esperando la celebración de un referéndum que le devuelva sus tierras. A pesar de todo, el programa «no es caridad, es solidaridad» y una experiencia de unión entre dos pueblos: «Son ellos los que me ayudan a mí. Te enseñan a compartir, a tener otra visión del mundo», asegura Nuria. «En solo dos meses parecen otros, cogen fuerza para pasar el invierno. Los niños que no salen del poblado, que solo han visto arena y jaima, no pueden soñar con otro mundo, pero los que llegan aquí, ven que pueden luchar por algo mejor», concluye Nuria.

 

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