Ya no somos los mismos

A muchos de nosotros, los de entonces, esto de refugiarse en mundos sucedáneos nos resulta sencillamente incomprensible, pero es lo que hay

Esteban de las Heras
ESTEBAN DE LAS HERAS

«Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», dijo el otro día Pablo Neruda y siguió dándole unos tientos al 'coquetelón', aquella mezcla de Cointreau, coñac, jugo de naranja, hielo picado y champán, que el poeta inventó durante su etapa de embajador del Chile en París. Sabemos, desde los tiempos de Gonzalo de Berceo, que los versos adobados con un vaso de buen vino son doblemente beneficiosos para la salud. Y Neruda fue uno de los más fervientes discípulos del poeta riojano. Si el chileno se pasaba en los tragos, decía que podía «escribir los versos más tristes esa noche», pero un poco más adelante, cuando le había cogido el punto a la bebida y seguía con el 'oremus' en su sitio, le daba por filosofar con el tiempo transcurrido y el peso de los años, jugar con el espacio y las palabras, y sorprendernos con ese retrato de la amargura que se va perfilando a la vez que van cayendo las hojas de los calendarios; esa desazón que el poeta sintetiza en que «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Es una de esas verdades ácidas que despiertan el asombro y nos ponen ante el espejo esta mañana de primavera tan distinta de aquella de 1979 en que fuimos a votar por vez primera a nuestros representantes municipales. Han pasado cuarenta años y a España ya no la conoce ni la madre que la parió, como pronosticó en su día Alfonso Guerra. Tampoco el Alfonso Guerra de ahora es el 'Arfonzo, dales caña' de entonces. Pese a todo, iremos a votar con la esperanza y fe habituales, cada uno a quien quiera, y al final del día sabremos qué ha pasado y lo que nos puede pasar.

En uno de esos momentos en que nos da por meditar en la brevedad de la vida y en la tristeza del cangrejo ermitaño, es cuando el retrovisor nos trae las imágenes de esos cuarenta años atrás, con gente que viste pantalones de pata de elefante, autobuses con asientos de escay, academias de taquigrafía y mecanografía o de corte y confección, perforistas de tarjetas informáticas, la ampliación de remontes en Sierra Nevada, los desnudos en Interviú y la ampliación de la Universidad por el Campus de Cartuja. Por entonces los ataques de cuernos y desencuentros amatorios eran todavía materia privada; nada que ver con esta carrera por ocupar portadas de informativos que se produce y reproduce con el cambio de parejas. Esta semana les ha tocado a Dani Rovira y Clara Lago, que han puesto fin a cinco años de convivencia. Formaban uno de los dúos más queridos por los fans del cine español, desde que los vieron en 'Ocho apellidos vascos'. Vamos, que eran ya casi como de la familia y con su vuelta a la soltería han dado una bofetada sin manos a sus admiradores. También por entonces, hace cuarenta años, las noticias del asesinato de una monja o un misionero español tenían cabida en los noticiarios de la tele y en los periódicos; se recordaba su vida entregada a los demás, su sacrificio no siempre comprendido, y todas esas reflexiones que suscitan los homicidios sin sentido. Ahora, las últimas muertes violentas de César Fernández y de Blanca Nieves apenas si han dado para una noticia de cola en los telediarios. El 'quid' de la cuestión está en que «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos» y a la muerte, que cada día está más cerca, la queremos ver lo más lejos posible.

Nos hemos instalado en el mundo líquido, en la espuma de los días, en la realidad virtual. Por ahí caminan a diario millones de personas, como las que han estado prendidas todo este tiempo del 'Juego de tronos', que tanto gusta a Pablo Iglesias y que, por lo que leo, ha terminado dejando un regusto amargo a sus seguidores. A muchos de nosotros, los de entonces, esto de refugiarse en mundos sucedáneos nos resulta sencillamente incomprensible, pero es lo que hay.

Es que ahora, con tanta realidad virtual, es muy fácil fabricar mentecatos, que nada tienen que ver con los llamados tontos. No hablo de coña. Tener el pensamiento como ausente, andar como un borrego, reírse sin motivo, balancear los brazos para tocarle el culo al viandante, mirar con ojos de cordero degollado y mantener la boca abierta para que entraran las moscas, eran cosas que se iban perfeccionando con el paso del tiempo hasta conseguir la imagen perfecta de tonto, para ser una persona respetable y respetada en el pueblo, porque todos los vecinos le tenían su aprecio. Era una parte más del paisanaje y del paisaje. Pero ahora constatamos que ningún aspirante sigue las normas básicas y comprobamos que se multiplican como amebas en charcas. Vemos que su mayor anhelo es refugiarse en la fantasía, evitar ser adultos, ver durante horas y horas series de televisión que les hacen evadirse de la realidad y pasar por la vida como los rayos del sol por el cristal, sin romperla ni mancharla. Y así no se hace un tonto sino un zopenco, porque el tonto es una persona que vive apegada a la realidad y que deja huella de su paso.

Por eso, ni los que ahora llamamos tontos son los tontos de antes, ni nosotros, los de entonces, somos los mismos. Pese a todo, sí podemos seguir fieles a Pablo Neruda en sus versos y sus tragos. Nos dejó escrito que el 'coquetelón' inventado por él era «una bebida muy apreciada por las damas y una entrada infalible a la alegría colectiva». Me apunto a esa alegría colectiva, prima hermana del humor, que nos ayuda a sobrellevar las incongruencias de la vida. Y a ver qué pasa, siempre que sea fuera de la tele.