Segundo referéndum

La tardía respuesta del laborismo británico es más un movimiento táctico y revela la distancia en la identificación con la UE

El líder laborista Jeremy Corbyn anunció ayer que su partido propondrá al nuevo líder conservador y primer ministro británico la convocatoria de un segundo referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la Unión Europea, adelantando que abogaría por la continuidad en la UE. En apariencia, Corbyn y el laborismo habrían dejado atrás la ambigüedad con que se condujeron ante el 'brexit', para abogar por la integración de los británicos, su economía y sus derechos sociales, en el marco de la Europa comunitaria. Pero en realidad el anuncio de Corbyn se limita a emplazar a Boris Johnson o a Jeremy Hunt para que atenúen los costes del 'brexit'. Puesto que la negativa de ambos a abrir las urnas para que los británicos vuelvan a pronunciarse sobre su destino en relación a la Europa continental rebaja el compromiso de los laboristas, que con Corbyn a la cabeza se inclinarían por una desconexión paulatina y acordada, frente a la pulsión más drástica de los eurófobos de distinta intensidad presentes en Westminster. El último requiebro laborista no pasa de ser un movimiento táctico, atento a las reacciones adversas que un 'brexit' desbocado genera en el Reino Unido, e inquieto ante ese otro plebiscito doméstico que supondría la convocatoria de elecciones parlamentarias en una situación de colapso político e institucional. La declaración de Corbyn compensa política y moralmente a quienes a este lado del canal de la Mancha han venido pronunciándose a favor de una Unión Europea a 28. Pero, al mismo tiempo, la actitud de la socialdemocracia británica revela la distancia a la que muchos ciudadanos del Reino Unido se encuentran de la identificación que el resto de los europeos sienten respecto a la Unión. El laborismo ha tratado la permanencia o no de su país en la UE como si fuese una cuestión circunstancial o accesoria. Sencillamente porque hasta los sindicatos de aquel país han concebido el desarrollo de los derechos laborales y sociales como un asunto ajeno a las vicisitudes compartidas con los más desfavorecidos de la Europa continental; cuando, por ejemplo, los españoles no podemos imaginar un futuro de progreso prescindiendo de la UE. Europa tiene razones para temer lo peor al final de la disputa conservadora por suceder a Theresa May, y el desmarque de Jeremy Corbyn representa un alivio esperanzador. Pero la tardía respuesta del laborismo carece de la consistencia que ha de reclamarse a una corriente política tan genuina como determinante para que Europa llegara a ser lo que es.

Sobreactuación

Ciudadanos ha denunciado ante la Fiscalía el acoso sufrido por sus dirigentes en el desfile del Orgullo. No parece que llegue la sangre al río aunque hay versiones distintas de lo sucedido. En todo caso, Ciudadanos denuncia un delito de odio. La animadversión puede ser punible pero no es un delito de odio. Este asunto ya comenzó torcido cuando el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, afirmó que pactar con quien limita derechos LGTBI (en referencia a Vox) «debe tener alguna consecuencia». Una expresión que es impropia de un ministro que, además, debe velar por la paz social. De cualquier modo, la sobreactuación de Ciudadanos tampoco contribuye a pacificar nada ni a defender los derechos que dicen querer preservar, como el de libertad. La democracia funciona mejor cuando sus actores no muestran una piel tan fina a la hora del debate.