La responsabilidad de ser ministro

La democracia de hoy permanece aferrada a la partitocracia, dando de lado a un sector de la ciudadanía que se limita a votar una lista cuyos nombres generalmente no conoce, y menos sus intenciones

José García Román
JOSÉ GARCÍA ROMÁN

La armonía española ha traspasado ya sus propios límites incrementando disonancias. Me ha sorprendido ver en la tribuna de las Cortes a Gerardo Pisarello, secretario primero de la Mesa del Congreso, quien impidió violentamente que un concejal mostrara la bandera de España en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona con motivo de las fiestas de la Merced. La relación de despropósitos políticos es pródiga y proporcional a la angustia de mucha gente que respira aires de pesadilla.

Nuestra democracia es reacia a escuchar las reivindicaciones de la ciudadanía que quiere rescatarla, al estar la brújula seriamente imantada. Es tan joven que pasan los cuatrienios y una parte de los electores pone su esperanza en la próxima estación para votar. Y ante la pregunta del ciudadano de a pie, que no cree en la política ni en la mayoría de sus representantes, y sin embargo desea que se acceda a ella con riguroso espíritu de servicio y empatía, con luz y taquígrafos, la respuesta es esta: dejar que se apague el eco de su voz, pues el tiempo acaba sofocando hasta el más pavoroso de los incendios. La democracia de hoy permanece aferrada a la partitocracia, dando de lado a un sector de la ciudadanía que se limita a votar una lista cuyos nombres generalmente no conoce, y menos sus intenciones.

Muchos nos preguntamos si es acertado nombrar ministros de veinte o treinta y pocos años. La edad, salvo excepciones, suele ir unida a la sensatez, la experiencia, la serenidad, el autocontrol. Nadie espera que un bisoño John Maynard Keynes, genio del pensamiento económico, con formación en el círculo de Cambridge, asuma la cartera de Economía o Hacienda de ningún gobierno, pero sí una personalidad de inobjetable competencia. La misma que ofrece en estos días un bombero que se juega la vida en circunstancias extremas. Cuando me refiero a ministros, incluyo lógicamente al primer ministro que preside su Gabinete. Ser ministro de España es una de las grandes responsabilidades que exigen preparación y ejemplaridad. Y a la sombra de esto hay quienes se hacen la siguiente pregunta: ¿Realmente se piensa en España, en su honor, en su decoro a la hora de elegir los miembros de su Gobierno, teniendo en cuenta que sus actuaciones nos pueden honrar o humillar? La democracia española, aunque todavía con acné juvenil, ha de procurar defenderse con baluartes seguros y capacidad de visión profunda. Ser el ministro más joven de un país no implica necesariamente mérito alguno. Sí descubrir una vacuna o antídoto contra las enfermedades que nos aterran, ampliar las fronteras del conocimiento, sembrar bondad o practicar la heroicidad. Digo esto por lo que significó en su momento la designación de Bibiana Aído, con 31 años. Tal responsabilidad exige que se expliquen las razones del nombramiento con el fin de dejar claro que no se lesiona la igualdad de oportunidades ni la ética, distante de las lacras de la democracia: el sillón y el candidato sin oficio o con exclusivo afán de progreso personal. La edad no tiene por qué ser inexcusablemente garantía de madurez, pero la juventud, por muy heroica que sea, debe haber tropezado reiteradas veces en las calles de la vida, trabajando, sufriendo incomprensiones y carencias, para ser verdaderamente solidaria desde la tribuna, el coche, el avión o la residencia oficial.

La política es vieja cuando repite los defectos de siempre, cuando miente o falta al respeto a la ciudadanía; cuando el pueblo soberano tiene como territorio, y por 12 horas cada cuatro años, sólo una urna; cuando se promete una revolución social sin venir acompañada de estrechamiento general de cinturón. Mal camino cuando un sillón bien vale una traición.

El daltonismo frecuentemente afecta a gobernantes y gobernados, y tendemos a confundir los colores de la indumentaria de la representación cotidiana. Este daltonismo acostumbra a ir acompañado del trampantojo que genera en nuestra mente ilusiones ópticas, soñadoras de realidades. Los fingimientos con tono de convicción de ilusionista, los cambios de decorado, los cargos que se presentan a modo de instrumentos solidarios de servicio son responsables del daño a la democracia. Cuando España y sus ciudadanos más necesitados se convierten en un pretexto con la idea de ocupar un escaño azul y conseguir un envidiable salario; la política en una profesión y no en una circunstancia, y el servicio va precedido del prefijo 'auto', poco puede esperarse de ella. Quizás por eso la voz ciudadana es tan débil y casi se apaga a las ocho de la tarde del día de las votaciones. Recordemos que la corrupción comienza a aparecer en el momento que se usa el desodorante del bienestar de la política para no percibir el olor a 'sudor' de la calle, confundiendo lo legal con lo justo.

Cae la tarde, y con ella un sol de rubores en un tiempo de bochorno, de calores recios, de vergüenza ajena, de desconcierto, de cacofonía social, de banderas deshilachadas, de obsesión por carteras ministeriales, de traiciones, de etcéteras amargos. No obstante también es tiempo de fe y esperanza en las discretas, creíbles y fieles lucecitas que generosamente nos acompañan en la oscuridad de la noche.