Realidad

Suele argumentarse que las palabras expresan el pensamiento, pero la experiencia nos indica que esto no es del todo verdad

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JOSÉ VICENTE PASCUALDE LA ACADEMIA DE LAS BUENAS LETRAS DE GRANADA

Una palabra desarma el entramado ficcionario que encapota la realidad. Lo doctrinario no soporta el justo término indicativo, no sabe qué hacer con él, y por eso las dictaduras y los tiranos, históricamente, han detestado la libre expresión y han intentado ahogarla en un laberinto bilioso de leyes, reglamentos, códigos y usos adecuados. El pensamiento autoritario no teme tanto a la libertad –algo que puede domesticarse, reinterpretarse de mil maneras–, como a la realidad. El problema no es el niño que señala al rey desnudo sino la palabra 'desnudo' en boca del niño.

Hace unas semanas, un policía autonómico, en el ardor de una manifestación de esas que tanto abundan últimamente y que, en efecto, suelen producirse con cierta virulencia, tuvo la osadía de interponer la palabra frente al relato épico-fabulario de quienes andaban por allí destrozando mobiliario urbano. «La república no existe», dijo. Y crujió el misterio. La autoridad competente empezó a rastrearlo hasta localizarlo y de inmediato se amagaron medidas disciplinarias contra aquel servidor público que con absoluta literalidad había mencionado lo evidente. El problema, qué duda cabe a estas alturas, no fue la negación-deslegitimación, por parte del policía, de una propuesta ideológica, lo cual habría significado que el agente «se metía en política» y, a mayor gravedad, ejercía represión contra otros por sus convicciones. No es el caso. El conflicto verdadero, abrumador, apareció porque el muy citado sirviente de la ley, con expresión breve y rotunda, desveló a los alborotadores la inmensidad del territorio de indefensión en que se encontraban: fuera de la realidad.

Suele argumentarse que las palabras expresan el pensamiento, pero la experiencia nos indica que esto no es del todo verdad; el origen del lenguaje humano es recíproco con el entorno y conexo a la necesidad de nombrar 'lo real', multiplicando así las posibilidades de nuestra especie de sobrevivir y progresar. El lenguaje no nació por la urgencia de filosofar sino de la obligación de no morir devorados por depredadores, señalar lugares de amparo, localizar alimento y reunir a la tribu para defenderse del vecino caníbal. No estoy diciendo nada nuevo, por supuesto. El aserto latino que indica 'Primum vivere deinde philosophari' es más antiguo que las sandalias de Nerón. Aquel 'primum vivere' nos aboca a una conclusión humana inexcusable: ser capaces de reconocer la realidad antes de entregarnos en espíritu a una construcción sentimental de la misma.

«El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona», decía otro clásico, alemán por más señas –los alemanes son de mucho pensar y dan para muchas citas–; y es bien cierto el enunciado, aunque también es verdadero que cuando el ser humano sueña con los pies separados de la tierra madre, en plena escisión entre realidad y anhelo, los sueños suelen convertirse en terrores diurnos; no nos convierten en dioses sino en esperpentos de comedia grosera. Si el sueño de la razón produce monstruos –estoy un poco pesado con las citas, mil disculpas–, no se debe a que la razón tenga un fondo perverso, sino a lo disparatado, generalmente cruel, de suplantar la realidad por las ideas, aun cuando esas ideas fueren amables como una película de Berlanga. Una palabra bastará para desbaratar el artificio, y quien se atreva a decirla será odiado por quienes viven por encima de sus imaginaciones y a mil leguas de lo único que no hace libres: la realidad, que es la manera de hacerse carne y huesos que tiene la verdad. Por bíblica, les ahorro la última cita: «Sólo la verdad os hará libres». Aunque esto último, ya lo advertí, no hacía falta que lo leyesen.