Numancia

El tapiz que llevaba a Rivera a palacio se convirtió en la alfombra voladora de Sánchez

ANTONIO SOLER

Cuando el niño Albert Rivera iba camino de su casa aprendió una rara cantinela. Aprendió que No es No. Y se ha hecho un furibundo partidario de ese estribillo por más que odie al solista que lo puso de moda. Y lo odia precisamente porque ese cantante le impidió llegar a su casa, o la que él ya sentía como su casa, el palacio de la Moncloa. Las encuestas de entonces se teñían de naranja y Albert Rivera, el hombre que surgió del frío catalán, empezaba a verse como un predestinado. En esa época tan cercana Pedro Sánchez no era más que un desfenestrado, un tipo que había sido víctima del canibalismo partidista.

Pero he aquí que llegó la sentencia judicial del caso Gürtel señalando el flanco podrido del PP y aquel Sánchez del tozudo estribillo y de la travesía del desierto a bordo de su coche por las agrupaciones socialistas de media España, después de haber resucitado de entre los tiburones de su partido, se embarcó en una improbable moción de censura. Y esa moción, por primera vez en nuestra democracia, triunfó y quebró casi de la noche a la mañana el sueño del muchacho Rivera. Solo en el bosque. El tapiz que llevaba a palacio se convirtió en la alfombra voladora de Sánchez.

A partir de ese momento, Albert Rivera empezó a ser víctima de la desorientación. Después de meses de desconsuelo le quedaba la alternativa del sorpaso al PP, pero tampoco lo consiguió. La autoproclamación de líder moral de la oposición podría haberle valido a modo de consuelo si en este mes y medio post electoral hubiera desarrollado una brillante estrategia con expectativas de futuro. Pero no. En ese sentido, Pablo Casado ha tenido una reacción más favorable. Se ha repuesto del apaleamiento del 28 de abril y hace propuestas que pueden ser más o menos interesantes, pero al menos da muestras de vida.

Rivera ha optado por el encierro numantino. Es su modo de entonar el No es No en este enredo de papeles intercambiados, en el que los antiguos negacionistas apelan a la sensatez y los antiguos defensores de la moderación se atrincheran detrás de las murallas y esperan que el paisaje se transforme, ya sea con nuevas elecciones o por medio de no se sabe qué milagro que devuelva al joven Rivera al camino del palacio encantado.

Mientras, Sánchez juega a la prestidigitación con las ansias de poder de Iglesias y la ciudadanía, ante tanta impostura teatral, vuelve a considerar a la clase política como uno de sus principales problemas. A Sánchez lo salvó el empecinamiento. No es una regla, más bien lo contrario. Los de Numancia, después de comer cuero hervido, terminaron por practicar la antropofagia con los muertos. Hay quien ve en ello mucho heroísmo. Puede ser, pero no se imagina uno a gente de la inteligencia de Valls o Javier Nart con esa dieta estando como están los campos de trigo del centro político completamente baldíos y sin regar.