Morsi, morir en el tajo

La ONU ha pedido una investigación médica imparcial a falta de una inequívoca condena de lo sucedido

ENRIQUE VÁZQUEZ

Ni ahora ni nunca es fácil encontrar en el escenario político personas a las que se le pueda aplicar el conocido aserto de Petrarca 'un bel morir tutta una vita onora'. Pero, sin duda, una de ellas es Mohamed Morsi. El líder de los Hermanos Musulmanes de Egipto, único presidente de su país genuinamente elegido por los egipcios desde el fin de la monarquía en 1952, murió el lunes tras comparecer ante un tribunal que le juzgaba por espionaje. Enfermo y crecientemente debilitado tras sus reiteradas condenas –formalmente judiciales y, de hecho, burdamente políticas–, el único mandatario islamista del país había sido elegido en junio de 2012. Fue derrocado por un golpe militar inspirado por el entonces cabeza de las Fuerzas Armadas, general El-Sisi, poco después convertido en jefe del Estado y, tras las maniobras obligadas y respaldadas por cómicos referéndums a la medida, presidente de por vida.

El caso de Morsi y su acceso irreprochable a la primera magistratura debía haber encarrilado definitivamente al país por la vía de una democracia parlamentaria verdadera. Pero no duró ni dos años, el tiempo que necesitó el general El-Sisi –ahora mariscal– para reordenar el escenario y dar su golpe de Estado en julio de 2013 y crear lo que es, de nuevo, una vulgar dictadura militar dotada de una leve capa de legalidad parlamentaria.

La ONU ha pedido una investigación médica imparcial a falta de una inequívoca condena de lo sucedido, imposible en la práctica por el completo alineamiento político y estratégico del régimen egipcio con Washington en el escenario regional establecido según las necesidades de Arabia Saudí y, al fondo, Israel. La Administración Obama, con su inolvidable embajadora en El Cairo, Margaret Scobey, había asumido de modo realista, moral y rentable el papel central que la Cofradía debía jugar en el escenario de cambio creado en el país tras la revolución social que llevó a la dimisión, en febrero de 2011, del presidente Hosni Mubarak. El general de aviación se mantuvo treinta años en el poder y, a su modo, había sabido digerir y manejar el auge imparable de los Hermanos Musulmanes.

Como suele suceder bajo cualquier dictadura, el Gobierno egipcio tomó a toda velocidad las medidas precisas para evitar eventuales expresiones de cólera ante tantos atropellos. También impuso a la familia la necesidad de un entierro en El Cairo, lejos del lugar de donde Morsi era oriundo –Sharkia, en delta del Nilo– y la familia habría querido inhumarle. De hecho, tales precauciones eran superfluas: la Hermandad Musulmana ha sido socialmente barrida del mapa, sus innumerables seguidores han tenido que volver a los viejos tiempos de la clandestinidad y el régimen respira económicamente gracias a la largueza de Arabia Saudí. Un país, por cierto, en el que no habrá la menor condolencia por la súbita muerte de un tal Mohamed Morsi.