Crucificar niños en la dictadura saudí

La ideología del EI se basa en el wahabismo, una secta islámica de extrema intolerancia, que constituye de facto la religión oficial del Estado saudí

JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGOR

En 2011, mientras las revoluciones se extendían por el mundo árabe, los chiítas de Arabia Saudí se movilizaron exigiendo igualdad de derechos. Una treintena de críos pequeños decidieron imitar a sus mayores, montaron en sus bicis y se manifestaron también. Uno de ellos, Murtaja Qureiris, de 10 años, agarró un megáfono y proclamó:«El pueblo reclama derechos humanos». No fue más que una chiquillada, pero en septiembre de 2014 el pequeño Murtaja fue encarcelado sin cargos hasta cumplir los 18. Entonces le acusaron de aquella protesta y de otras terribles ofensas, como por ejemplo atreverse a asistir, cuando tenia 11 años, al funeral de su hermano mayor, Ali, fallecido durante la represión. También se le acusa de crímenes inverosímiles, como poseer armas de fuego o formar parte de una organización terrorista. El fiscal pide para él la pena de decapitación, seguida de desmembramiento y 'crucifixión' o exhibición pública de sus restos clavados a unos maderos.

Si el lector se acuerda de los psicópatas del Estado Islámico no es por casualidad. La ideología del EI se basa en el wahabismo, una secta islámica de extrema intolerancia, que constituye de facto la religión oficial del Estado saudí, un estado totalitario donde no basta con obedecer para que te dejen en paz, sino que las autoridades agobian y fiscalizan al ciudadano pacifico en todos los recovecos de su vida privada, incluyendo su vestuario, alimentación, lecturas, diversiones y, por supuesto, su vida sexual. Sin embargo, la noticia que comentamos nunca debería haber sucedido. En el dominio privado de los Saúd, la edad mínima de responsabilidad criminal es de 12 años. Pese a lo expuesto, diez menores de edad han sido ejecutados durante los últimos cuatro años.

El problema de Murtaja es su religión chiita. En teoría, aquellos que proclaman que Dios es el único Dios, que Mahoma es el profeta de Dios, que el Corán es la palabra de Dios, y cumplen en la medida de sus fuerzas unas normas sencillas de oración, ayuno, limosna y peregrinación a La Meca son musulmanes sin necesidad del permiso de nadie. pero el wahabismo es intolerante y sectario. Para los wahabíes, los chiítas no son musulmanes y, por lo tanto, no pueden reclamar igualdad de derechos.

Por desgracia para todos, el cortijo particular de la Casa de Saúd incluye una considerable minoría chiíta, lo que genera un conflicto permanente que se vuele estratégico al concentrarse esa minoría discriminada en las regiones petrolíferas de la costa del Golfo Pérsico. Si los Saúd perdiesen esa zona, el resto de su cortijo no es más que arenales, algunos oasis, las dos ciudades sagradas y un buen puerto en Jedda. No es casualidad que la mayoría de los menores ejecutados y los adultos crucificados y desmembrados sean casi siempre chiítas.

En teoría, el escándalo y la presión internacional deberían evitar la ejecución de Murtaja. En la práctica, el escándalo y la presión internacional no han logrado impedir la ejecución de otros menores de edad, la guerra en Yemen o el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el Consulado de Rabia Saudí Estambul. Es cierto que el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, gobernante de facto desde junio de 2017, se ha opuesto frontalmente al clero wahabí en ciertos asuntos, como los cines o el derecho de las mujeres a conducir. Ahora bien, una cosa es eliminar algunas restricciones arbitrarias sobre la población sunita y otra muy diferente es darles igualdad de derechos a los chiítas. Es muy dudoso que el príncipe heredero se atreviese a llegar tan lejos o incluso que desease hacerlo.

Gracias a su riqueza petrolífera, el Gobierno saudí se cree inmune, pero una presión enérgica de la comunidad internacional podría evitar la ejecución de Murtaja y de cualquier otro menor de edad. Existen los medios si existe la voluntad.