Benevolencia y solidaridad desbordantes

Benevolencia y solidaridad desbordantes
ANTONIO LUIS GARCÍA CATEDRÁTICO Y ESCRITOR

Esa frase tan repetida de que «todos somos Julen», es afortunadamente cierta. Tras dos largas semanas con «el alma en vilo», atentos a la prensa, pegados al televisor y pendientes siempre de la localización y rescate del cuerpo del pequeño Julen; por fin, hemos conocido el resultado final, el desenlace imaginado, pero nunca deseado: el niño, de sólo dos años, había fallecido. El milagro, tan esperado, no se ha producido; pero, sin embargo, Julen, sí nos ha dejado un sustancial sabor agridulce, una increíble simbiosis entre la pena de su muerte y el halo de alegría, causado por la benevolencia y solidaridad abundantes y desbordantes, que hemos podido ver, vivir y asimilar durante estos días. Por ello, quiero expresar aquí, el orgullo y la satisfacción que nos producen estas actitudes altruistas, comprensivas, generosas y grandiosas, que nos unen, nos fortalecen, elevan nuestra moral individual y colectiva y que suceden cada vez que ocurre un accidente grave, una agresión, una muerte violenta, un asesinato, etc. Sus protagonistas son cientos e incluso miles de personas, que ayudan, apoyan, colaboran y se solidarizan con las víctimas o los familiares, que han sufrido o están sufriendo las consecuencias de la acción o de la pérdida.

Por citar solo algunos de los casos más conocidos o recientes nombraré a Marta del Castillo, uno de los mayores y más vergonzosos fracasos de la Justicia en España, del que han pasado ya diez años, sin que los padres conozcan el lugar donde abandonaron el cadáver de su hija. A Diana Quer o Laura Luelmo, que tanto dolor y consternación produjeron, si bien la solidaridad y el apoyo recibidos, pudieron paliar en algo la tristeza de las familias. Y cómo no citar al pequeño Gabriel Cruz, que nunca olvidaremos; sus padres y cientos de personas más fueron un ejemplo de dignidad y de grandeza humana, aunque la miseria, también se vio reflejada en la culpable. Rebeca Santamalia, la abogada asesinada por el hombre al que había defendido y sacado de la cárcel, constituye otro de esos hechos incomprensibles, en los que la realidad supera a la ficción.

Volviendo al caso de Julen, indicaré que en esta ocasión, no sólo ha existido una inestimable solidaridad, sino también unos extraordinarios medios tecnológicos, económicos y humanos, sin precedentes; gracias al buen talante de las administraciones públicas. Junto con la admirable y múltiple colaboración de voluntarios y de servicios públicos (vecinos y no vecinos, alcalde, párroco, bomberos, guardia civil, mineros de Asturias, empresas, organizaciones sociales, etc.). Todo ello, ha puesto de manifiesto la existencia de un fondo moral y un pensamiento social admirables: la defensa de las personas y de la vida en todas las circunstancias. Igualmente ha resurgido una honda nota ética, basada en la esperanza; ese estimulante vital que todo lo puede. Uno de los bomberos decía: «Con el más leve rayo de esperanza, siempre actuamos». Finalmente, también ha aflorado la eterna lucha del hombre por el dominio imposible del medio, y la contraposición del Determinismo de F. Ratzel y el Posibilismo Geográfico de Vidal de La Blache.

Hemos de considerar que en esta época que vivimos de la postmodernidad, de la indiferencia y de la merma de confianza en los demás y en el ser humano, se hace más necesario que nunca destacar y potenciar estas conductas altamente altruistas y loables. Esa frase tan repetida de que «todos somos Julen», es afortunadamente cierta. Tampoco ha existido conductas reprobables, ni aprovechamiento político alguno; más bien se ha sabido entender el contexto y la situación, comprender el dolor de los padres y familiares y hacer sólo aquello que pueda suponerles alivio, en esos momentos de tristeza. Sentirse acompañado y comprendido en la desgracia, es mucho más valioso y curativo, que hacerlo en los momentos de alegría; el dolor compartido disminuye y la alegría compartida aumenta, pero es mucho más reparador el primero.

Las personas, los seres humanos, somos hijos de nuestros padres, pero también producto de las circunstancias y de la historia, en las que vivimos o hemos vivido; renunciar a ello equivale a dejar de ser nosotros mismos. Por mucho que algunos pretendan la deconstrucción de nuestros fundamentos, no podremos desvincularnos nunca de nuestra condición humana, que es individual, espiritual y subjetiva, pero también social e interdependiente. Nos guste o no, tendremos que aceptar nuestra situación real y participar en el contexto ambiental, social y familiar en los que nos desenvolvemos, pues nuestra felicidad y nuestro futuro dependen de la acción en los mismos. La ley suprema que mejor puede regir las relaciones interpersonales, es el amor, su meta mágica la armonía con el entorno y su método más eficaz, la ayuda y la generosidad con los que lo necesiten, como se ha demostrado en Totalán y en El Palo, durante tantos días.