Una ambición sin complejos

A diferencia de lo ocurrido con el imperio español, que no llegó a recuperarse de la pérdida de las colonias, los ingleses fueron capaces de extraer enseñanzas y aplicarlas para las siguientes fases de su expansión imperial: la época victoriana y la que culminó con la máxima extensión del imperio tras la Primera Guerra Mundial

Una ambición sin complejos
JOSÉ MANUEL CASSINELLO SOLA

Han transcurrido ya tres años desde que, de forma tan irresponsable, como sorpresiva, David Cameron, en un alarde de cómo no debe proceder un estadista, convocó un referéndum para decidir si Gran Bretaña debía continuar integrada en la Unión Europea (que los referéndums los carga el diablo es algo que los políticos deberían tatuarse en algún lugar visible, a raíz de lo ocurrido en los últimos tiempos).

El resultado de dicho referéndum, celebrado el 26 de junio de 2016, es ya de sobra conocido. A partir ese momento se activó lo dispuesto en el artículo 50 del Tratado de la Unión y se iniciaron las negociaciones para articular la efectiva desvinculación. Es en ese proceso de negociación donde se están produciendo situaciones sorpresivas y paradójicas que dejan en los observadores la sensación de una absoluta falta de criterio.

Merece la pena acudir a la historia de la 'pérfida Albión', tal y como la denominaban sus enemigos en el siglo XVIII, para tratar de entender los elementos que influyen en este complejo proceso que, en unas ocasiones, parece ser consecuencia de la improvisación, y en otras, el resultado de unas determinadas cualidades que, como nación y como estado, han caracterizado a Gran Bretaña en el devenir histórico.

Es en ese análisis histórico en el que comprobamos la especial idiosincrasia de un pueblo que, moldeado por sus circunstancias geográficas (la insularidad ha sido determinante en forjar ese 'carácter'), consiguió crear el imperio más extenso de la historia (por delante del mongol, del ruso y del español) llegando a controlar un cuarto de la población del mundo, abarcando casi un cuarto de su superficie y con el absoluto control de casi todos los océanos.

Como causa de ese 'carácter de pueblo' y del auge del imperio se han identificado a veces las especiales circunstancias geográficas o incluso climáticas, la particular ética protestante… Resulta en este punto reveladora la tesis de Niall Ferguson, catedrático de Historia de Harvard, en su libro 'El Imperio Británico. Como Gran Bretaña forjó el orden mundial', que concluye que el auge del imperio británico «tiene menos que ver con la ética protestante del trabajo o con el individualismo inglés que con la ambición». Una ambición definida y sin complejos que se expresa claramente en la cita de uno de sus primeros ministros de la época victoriana, Lord Palmerston: «Inglaterra no tiene amigos permanentes, ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes».

Prueba de ello la encontramos en los prolegómenos del imperio cuando en la época isabelina se utilizó la 'patente de corso' (piratas al servicio de la corona) como un ambicioso método de conquista, por una parte, y de castigo a su rival, el imperio español, por otra. Más adelante, esos piratas se convirtieron en los gobernantes de los territorios conquistados, tal y como ocurrió con el filibustero Morgan en Jamaica.

Este inicio de la conquista con la 'guerra del corso', se fue sofisticando a partir del siglo XVII pasando de ser piratas a ser mercaderes, copiando a los holandeses las instituciones que estos habían creado para financiar su expansión oriental: la sociedad anónima, como instrumento para privatizar las conquistas transfiriendo los riesgos que ésta conllevaban; el sistema holandés de deuda pública financiada por bolsa y un régimen impositivo eficiente. Dando un paso más el parlamento británico, que desconfiaba de que Jacobo II volviera al catolicismo, promovió una 'fusión anglo-holandesa' invitando a al protestante Guillermo III de Orange a invadir Inglaterra, tras su Gloriosa Revolución.

Se unían así varios elementos importantes sobre los que forjar un imperio comercial: una monarquía parlamentaria, que evitaba los desvaríos del antiguo régimen y que conseguía que el pueblo encajase mejor la imposición de tributos; una ética protestante que favorecía el capitalismo, tal y como argumentó Max Weber; y las instituciones financieras holandesas que eran una herramienta útil para la búsqueda de los recursos necesarios.

En 1615 las islas británicas eran económicamente irrelevantes y dos siglos después habían creado el imperio más grande que jamás había existido, habían robado a los españoles, imitado a los holandeses, derrotado a los franceses y saqueado a los indios.

Es cierto que, en ese proceso también sufrieron reveses tales como la independencia americana de 1776 debido fundamentalmente a que fue una revolución que quedó absorbida por una guerra más global al aprovechar Luis XVI para vengar la derrota francesa en la Guerra de los Siete Años. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con el imperio español, que no llegó a recuperarse de la pérdida de las colonias, los ingleses fueron capaces de extraer enseñanzas y aplicarlas para las siguientes fases de su expansión imperial: la época victoriana y la que culminó con la máxima extensión del imperio tras la Primera Guerra Mundial.

Puede comprobarse como, a lo largo de su historia, han demostrado una fuerte ambición movida por unos definidos intereses, y ello, sin complejos a la hora de asumir los sacrificios que sus decisiones pudieran motivar. Es así como no tuvieron reparos en asumir y promover la esclavitud en sus colonias, difundiendo la leyenda negra en contra del imperio español que fue pionero en el reconocimiento de la personalidad jurídica a los conquistados. Tampoco los tuvieron al poner en primera línea a los australianos y los neozelandeses para que fueran masacrados en Gallipoli, ni cuando, para derrotar a los turcos, hicieron a los árabes promesas que finalmente no cumplieron, ni cuando urdieron el reparto de África al finalizar la Primera Guerra Mundial, consiguiendo entonces la máxima extensión de su imperio.

Quizás parezca que el comportamiento británico que ahora observamos sea caótico e inconsistente, pero echando la vista atrás, cuesta creer que no acabe siendo una expresión de ese interés y ambición que siempre los ha conducido.