Los políticos se van de minivacaciones

La decadencia se está convirtiendo en costumbre, y parece que este año ni siquiera van a disfrutar de unas vacaciones dignas de ese nombre

CARLOS BENITO

Como tantas otras cosas en este país, las vacaciones de los políticos parecen sometidas a una decadencia imparable. Es cierto que uno siempre se queda con la incómoda sensación de que solo nos cuentan una pequeña porción de lo que hacen, esa parte con menos potencial para soliviantar a una población enrabietada por la crisis: los fines de semana en el pueblo, el emotivo reencuentro con los padres ancianos, el tiempo de calidad con los hijos, el vermú junto a la cuadrilla de siempre, quizá tensando ya un poco la cuerda del descontento el chalecito modesto y un poco viejo en tercera o cuarta línea de playa. En los últimos años, las que podríamos llamar las vacaciones públicas de los políticos están marcadas por la prudencia y la falta de ambición, como si hacer una escapada al extranjero se hubiese vuelto un pecaminoso ejemplo de corrupción, un exceso imperdonable.

La decadencia se está convirtiendo en costumbre, y parece que este año ni siquiera van a disfrutar de unas vacaciones dignas de ese nombre. En lo que muchos contemplarán como un grato ejemplo de justicia poética, el descanso del gremio político ha ido menguando a base de recortes y tijeretazos: hubo un tiempo, bastante reciente, en el que julio ni siquiera era un mes hábil en el Congreso, pero en estos últimos ejercicios la actividad ha ido extendiéndose hasta invadir decididamente el sagrado mes de agosto. Y, este año, Rajoy ha convertido el calendario veraniego de los diputados en una especie de juego del buscaminas, ya que en cualquier casilla puede estar escondido el compromiso ineludible que, bum, haga polvo los proyectos estivales.

Primero fue el anuncio de que dejará aprobados los presupuestos antes de disolver las Cortes. Eso implica que llegarán al Congreso en la primera o la segunda semana de agosto, con vistas a celebrar el debate plenario la última semana del mes. Y, hace unos días, el presidente dio el golpe de gracia al decidir que la aportación española al rescate griego también se discutirá en pleno: será antes de la reunión del Eurogrupo, que se celebra a mitad de agosto. Según ha trascendido, incluso algunos ministros se sienten un poco molestos ante este planazo veraniego diseñado por Rajoy, pero ya ha intervenido Cristóbal Montoro, sin miedo a afear la conducta ajena: «La economía española no puede permitirse el lujo de irse de vacaciones», ha afirmado, en una sentencia dedicada a la oposición pero que también vale para los suyos.

Así las cosas, ni el propio Rajoy tiene claro todavía cómo va a organizar sus días libres. «Pasará por Galicia fijo, aunque sea un rato. Tendrá allí a la familia y él irá y vendrá, porque lo de Grecia ha trastocado unas agendas que ya estaban trastocadas», explican en La Moncloa. Lo cierto es que el jefe del Ejecutivo sirve como caso práctico para ilustrar esta merma del ocio político: veraneaba desde la adolescencia en Sanxenxo, la bellísima localidad pontevedresa donde conoció a la que es hoy su esposa, donde posee un piso estupendo frente al océano y donde le aclamaban ya como presidente antes incluso de ganar las elecciones, pero en los últimos años, por razones de seguridad, ha tenido que mudar sus cuarteles de agosto al chalé de su hermano y a La Casa de Alicia, un alojamiento rural de Ribadumia. Las vacaciones se le han ido haciendo intermitentes y accidentadas, y sus caminatas matinales se trasladaron desde su amada playa de La Lanzada hasta la Ruta de la Piedra y el Agua, junto al río Armenteira. El caso es andar: «Sus planes para estas vacaciones son leer cosas que no sean dosieres y pasear todo lo que pueda. Durante todo el año, antes de desayunar, el presidente camina cincuenta minutos o una hora en su cinta, mientras repasa periódicos y ve informativos, pero lo que de verdad le gusta es andar por el campo».

Sanxenxo (donde, por cierto, el PP acaba de perder la alcaldía después de dieciséis años) suele convertirse en algo así como una sede informal del Gobierno durante el verano. También la ministra de Fomento, Ana Pastor, espera calmar allí sus nostalgias por Galicia, su tierra de adopción, y el titular de Justicia, Rafael Catalá, aspira a mantener su acostumbrado reparto vacacional entre Sanxenxo y Dénia. «Eso sí, regresaré pronto a Madrid para el intenso otoño que se avecina», precisa. Solo hay un miembro más del Ejecutivo que se anime a declarar sus planes: es el propio Cristóbal Montoro, que se relajará en su casa de la sierra de Guadarrama, entregado a su jardinería y sin problemas para acudir en cualquier momento a la llamada de la economía española.

La actividad parlamentaria determina igualmente los planes de Pedro Sánchez, concienciado ya de que tendrá que seguir trabajando en los presupuestos con su equipo, aunque sea a distancia. Su propósito es pasar unos días en Mojácar, donde tiene su segunda vivienda: descubrió el blanco pueblo almeriense a través de su esposa, Begoña, y allí se ha podido ver al secretario general de los socialistas curioseando por el mercado de los miércoles y comprando sandía y tomates de Turre. ¿Sus intenciones para este año? «Practicará deporte, running principalmente. Disfrutará con su familia de la playa y aprovechará para leer libros que por cuestiones de tiempo ha ido relegando. Además, es seguidor de la NBA, y siempre que tiene ratos libres le gusta visionar partidos que no pudo ver en directo», explican sus colaboradores.

También Alberto Garzón, de IU, estudia estos días cómo diablos compatibilizar el relax y la encomienda de los presupuestos. «Mi idea es descansar en una casa rural con mi compañera: intentaremos que al menos sea una semana, todavía no sabemos dónde. Y también ir a Rincón de la Victoria, mi pueblo: el mar siempre ayuda a recargar las pilas», expone. Garzón, como aquellos estudiantes aplicados que se compraban los cuadernillos de Vacaciones Santillana, se ha impuesto deberes extra: «Quiero terminar el libro que resume estos cuatro años que he vivido como diputado, que saldrá a la venta en otoño. Eso requiere dedicación». Otro que seguro pasará algún momento de asueto en su pueblo, Puerto Lumbreras, es el presidente de la Región de Murcia, Pedro Antonio Sánchez. En su caso, se cogerá «tan solo cinco o seis días, a mediados de agosto». Aprovechará ese tiempo para «estar con la familia, realizar algún viaje y dedicar horas a la lectura, el deporte y los amigos». Y tampoco piensa perderse el Festival del Cante de las Minas.

Muy de interior

La verdad es que, fuera del Parlamento, tampoco se podrían llenar muchos catálogos de agencias de viajes con los planes de nuestros políticos. Este verano ha venido emparedado entre elecciones, como un sándwich con poco relleno y mucho pan, de modo que abundan los cargos recién desembarcados en instituciones y los líderes ocupados en preparar las citas otoñales con las urnas. «Hay muchas decisiones que tomar, hace falta mucho esfuerzo y mucha energía», resume Mónica Oltra, de Compromís y vicepresidenta de la Generalitat valenciana, que aún no tiene definida su estrategia familiar para agosto. Entre el 10 y el 24 le toca ejercer de presidenta en funciones «el presidente también tiene derecho a descansar», bromea, así que confía en rascar una semana o diez días en el arranque del mes. «En principio habíamos pensado irnos a Grecia, pero creo que al final nos quedaremos en alguna casa rural de la Comunidad Valenciana. Tenemos la suerte de residir donde otros vienen a veranear. Vivo al lado del Turia y mis hijos están siempre bañándose en el río y tirándose con neumáticos, así que en vacaciones somos muy de interior», explica. Su compañero de partido Joan Ribó, alcalde de Valencia, también espera disfrutar de unos pocos días en la montaña, su gran pasión.

Estas vacaciones de una semana, un poco a salto de mata, son la tónica general entre los nuevos políticos españoles, condicionados por las responsabilidades recién adquiridas y también, quizá, por u propia vocación de brindar una imagen austera. Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, está entre quienes tratarán de sacar todo el jugo a los primeros diez días de agosto, ya que después no quiere faltar a las fiestas de los barrios de Gràcia y Sants. Además de echar mano por fin a «los centenares de libros que tiene arrinconados» (o al menos, si nos ponemos realistas, a tres o cuatro), sus colaboradores avanzan que se propone viajar al Cabo de Gata para visitar a su padre, igual que otros veranos. Ramón Colau, un publicista jubilado y bohemio, se instaló hace siete años con su segunda esposa en La Isleta del Moro, una pedanía de Níjar situada en pleno Parque Natural: es un rincón de menos de doscientos habitantes, con una historia poblada de piratas berberiscos, unos paisajes que relajan el cerebro y una sola tienda, donde Ada Colau acude en vacaciones a hacer sus compras. Su homóloga madrileña, Manuela Carmena, pasará esos primeros días de agosto en una casa alquilada, junto a sus dos hijos y sus dos nietos, en un destino que prefiere no desvelar: «Quiere estar tranquila y cocinar, que le gusta mucho, sobre todo repostería para el desayuno comentan en su equipo. Más avanzado el mes, a lo mejor puede rascar algún día más, pero estamos aterrizando y lo tenemos todo por hacer».

No es La Moraleja

Albert Rivera, de Ciudadanos, va más allá y está pensando ya en septiembre. Más concretamente, en las elecciones catalanas previstas para finales de ese mes. Así que, en principio, le toca veraneo urbano, que es una manera optimista y moderna de decir que se queda en casa: «Estará en Barcelona, con su familia, nadando, yendo en moto... Tratará de descansar de tantas campañas seguidas pero, a partir de cierto momento, tendrá que centrarse en la campaña catalana», aclaran en su partido. ¿Y qué hay de Pablo Iglesias? Lo cierto es que poco, porque Podemos evita comentar este tipo de cuestiones, pero al menos se sabe que sigue disponiendo de su casita ecológica de madera en Casavieja (Ávila). A finales del año pasado se difundió la noticia de que se la iban a derribar, por tratarse de una construcción levantada de forma ilegal por su primer propietario, pero en el Ayuntamiento confirman que sigue allí, apartada y discreta, a un par de kilómetros del casco urbano: «Es una casa muy pequeñita, ¿eh? Porque a algunos les oyes hablar y parece que tiene un chalé en La Moraleja...», puntualizan en el Consistorio.

Efectivamente, son cincuenta metros cuadrados de vivienda y unos 1.600 de terreno, con una placa solar que aporta la electricidad y un depósito que cubre las necesidades de agua. En este paraje retirado, Iglesias ha pasado fines de semana y periodos de vacaciones, disfrutando de los paisajes y de ese microclima benigno del Valle del Tiétar, que permite cultivar kakis y limones en las faldas de Gredos. Pero, según parece, por el pueblo se pasea poco. «Yo, desde luego, no le he visto nunca, aunque algunas veces la gente comenta que se ha cruzado con él: aquí, con que lo vean un día en la ferretería, ya tiene tema de conversación todo el pueblo», ironizan en el bar Copacabana. «De vez en cuando, dicen que está por aquí, pero parece invisible. Claro que, vete a saber, a lo mejor me lo encontré antes de que se hiciera famoso», reflexionan en la cervecería El Pasaje. A ver si, este año, el vecino ocasional asoma por las fiestas de San Bartolomé.

Las vacaciones de los políticos ya no son lo que eran, no, pero hay al menos una persona que no necesita adaptarse a la nueva situación. Miguel Ángel Revilla, el presidente de Cantabria, es un activista del verano productivo que siempre se ha enorgullecido de mantenerse todo agosto al pie del cañón. Los integrantes de su equipo resumen su agenda para el mes que viene en tres palabras, tras las que se adivina la sufrida resignación del subordinado: «Trabajar, trabajar, trabajar. A estas alturas, no va a cambiar de hábitos», suspiran. Estos días, Revilla estará escuchando con cierta sorpresa cómo sus colegas de profesión se quejan, por lo bajinis, de que les han destrozado el verano: el suyo empeoró aquel año que se aventuró a volar un fin de semana a Canarias, por acompañar a la familia, y se volvió a Santander con un señor trancazo.