La desinformación, el gran problema europeo

Nigel Farage montado en el ascensor de la Torre Trump en Nueva York./Yana Paskova/AFP
Nigel Farage montado en el ascensor de la Torre Trump en Nueva York. / Yana Paskova/AFP
BEATRIZ BECERRAVicepresidenta de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo

Estos cinco años de legislatura europea que ahora terminan han sido nada menos que los del 'brexit' y la victoria de Trump en Estados Unidos y la de Macron en Francia; los de la crisis migratoria y el ascenso del nacionalpopulismo. Además del intento de golpe en Cataluña, un asunto de menos impacto internacional del que les gustaría a sus presuntos perpetradores. Sin embargo, a pesar de todos estos sucesos, si tengo que elegir lo que de verdad ha marcado este período, yo diría que ha sido la desinformación. Un término más apropiado y de mayor alcance que el de 'fake news'.

La desinformación ha tenido un papel, en absoluto menor, en todos los acontecimientos que he mencionado. El 'brexit' y la victoria de Trump habrían sido impensables sin ella. Francia salió indemne por los pelos. El nacionalpopulismo europeo, desde Budapest hasta Roma, se alimenta de ella. Y el caso catalán nos ha tocado suficientemente de cerca como para que sea necesaria aclaración alguna.

La desinformación se vivió en un momento como una crisis de seguridad, en especial cuando se vio que estaba propiciada por gobiernos extranjeros no demasiado amistosos como el presidido por Vladimir Putin desde Moscú. Recurrimos a los expertos y nos explicaron que se trataba de una nueva modalidad de guerra híbrida cuya meta era aprovechar las ventajas de las democracias liberales como si fueran puntos débiles: la libertad de expresión facilitaba la difusión de bulos que dividían a la sociedad y socavaban la confianza en las instituciones.

Empezamos después a preocuparnos por el papel de las redes sociales, lo que nos llevó a revisar la forma en que mirábamos a las plataformas que han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana. Aprendimos que los nuevos ecosistemas digitales son campo propicio para la difusión de desinformación, y que los datos que cedemos de forma totalmente inocente a cambio de fotos de gatitos revelan de nosotros más de lo que conocen nuestros más próximos allegados.

Esto nos condujo a comprender hasta qué punto la desinformación ponía en peligro las bases de la democracia liberal. El objetivo del que la difunde no es exactamente engañar, sino hacer que la ciudadanía renuncie a conocer la verdad, tire la toalla en la comprensión de los hechos y se enroque en sus prejuicios tribales. Sin la certeza común de que es posible compartir un suelo fáctico, no hay ninguna esperanza de alcanzar los mínimos consensos que hacen posible la convivencia democrática. Nada menos que esto es lo que está en juego.

Puedo afirmar que la Unión Europea ha actuado. Al tomar conciencia del problema, se puso en marcha con agilidad un grupo de expertos que analizó un problema tremendamente complejo y elaboró un informe que reflejaba esta complejidad y recomendaba evitar opciones que pusieran en riesgo la libertad de expresión. Entonces, la Unión Europea elaboró un plan que ya está en vigor y que se centra en cuatro áreas: dotar de recursos al Servicio de Acción Exterior para mejorar la detección de la desinformación, establecer un Sistema de Alerta Rápida que obliga a los gobiernos nacionales a informar si se percibe un ataque, colaborar con las plataformas digitales incluyendo la firma de un Código de Buenas Prácticas, y mejorar las capacidades de los ciudadanos para evitar que sean víctimas de la desinformación y sepan desenvolverse con criterio y seguridad en el entorno digital.

¿Será suficiente? Probablemente no, en la medida en que hay amenazas que nunca desaparecen. La desinformación ha existido siempre, simplemente ahora ha adoptado nuevas formas y se ha hecho más peligrosa de lo que cabía esperar. Nuestra relación con Estados autoritarios como Rusia, China o Venezuela –lugares de origen de muchas de las patrañas que nos invaden– podrá mejorar, pero nunca será idílica. Las tensiones continuarán y por más que habilitemos mecanismos, es probable que la tecnología proporcione nuevas formas de engañar, como el llamado 'deep fake'.

Las próximas elecciones europeas serán una prueba de fuego para valorar nuestra resistencia a la desinformación y los ciberataques. Bastaría una alteración notable en los resultados electorales en uno solo de los veintiocho Estados miembros que impidiera poder validarlos para que se produjera el bloqueo de toda la UE, al no poder constituirse el Parlamento Europeo. Los sistemas informáticos que recogen la información de las mesas podrían ser vulnerables. No haría falta que esa hipotética injerencia favoreciera sospechosamente a unos o a otros. Imaginen, por ejemplo, un 'escenario Saramago': un inexplicable altísimo porcentaje de voto en blanco. No hay reacción prevista a una circunstancia así. El peligro aumenta con gobiernos que son admiradores y colaboradores expresos de Rusia, como Hungría o Italia. En España, la obtención y difusión del escrutinio provisional de resultados de las elecciones europeas por primera vez no lo hará Indra, sino Scytl, una empresa de origen catalán sin experiencia previa en estos comicios con características propias. ¿Distopía? También lo parecían el 'brexit' o la victoria de Trump.