El odio estalla en la campaña

Donald Trump. /AFP
Donald Trump. / AFP

La retórica incendiaria de Trump contra la prensa y las minorías está diseñada para manipular el miedo de los votantes de derecha

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

La escena es dolorosamente familiar para todos los que hemos cubierto mítines de Donald Trump. Bajo la luz de los focos, el candidato, ahora presidente, decide calentar a su público dándole la oportunidad de abuchear en insultar a su villano favorito: la prensa.

Es parte del show. A algunos les toca el papel del payaso al que le estrellan la tarta en la cara para que otros se rían. Solo que en los mítines de Trump la sensación de linchamiento inminente es más inquietante. La escena se parece más a la de un circo romano, con el césar en el palco. En realidad Trump adora las cámaras. La mejor manera de captar su atención es ponerle una por delante. Durante la campaña sus asesores se encargaban de reclutar a las televisiones extranjeras para presentarle una plataforma atiborrada que le permitiese decir aquello de: «¡Mirad cuántas cámaras! Ya sabéis que no soy amigo de la prensa, pero esto parece la Academia de Hollywood».

Al principio, su seguidores no sabían lo que eran las 'fake news' ni se habían planteado ver a la prensa como «el enemigo del pueblo». Tras tres años de sádico entrenamiento, a la primera señal de su líder se vuelven contra la plataforma en la que están acorralados los periodistas y se desgañitan a insultos. «¡CNN es una mierda!», gritan a coro. «CNN sucks!».

Algunos sonríen. Otros escupen. «¿Y qué pasa si alguien se lo toma demasiado en serio y de repente le pega un tiro a uno de esos periodistas, eh?», le interrogó esta semana un periodista de Axios. «Me quieren más por eso», le respondió el mandatario. No estaba pensando en la víctima potencial, sino en sí mismo. Para Trump lo único que importa es Trump. La responsabilidad moral no entra en sus parámetros.

Era cuestión de tiempo que llegase un paquete bomba a la CNN, la cadena a la que durante la campaña llamaba Clinton Network News. ¿George Soros, el millonario judío en el centro de las teorías de la conspiración que recibió el primer paquete bombas de Cesar Sayoc? «No me extrañaría» que estuviese financiando la caravana de «invasores», dijo este jueves, diez días después de que un fanático intentase matarlo. «Voy a por ellos», escribió Robert Bowers dos horas antes de entrar a tiros en una sinagoga de Pittsburgh que ayudaba a refugiados. «Les gusta traer a invasores que matan a nuestra gente. No me voy a quedar sentado mirando cómo acaban con nosotros».

No hay duda de que la retórica incendiaria del presidente ha tenido un impacto directo en la ola de violencia que explotó la semana pasada en plena campaña. Como dijo John McCain cuando Trump saltó a la arena política, «ha electrizado a todos los chalados». Lo sabe y le gusta. «Es mi única manera de contraatacar. No estaría aquí si no fuera por eso», replicó el mandatario cuando el periodista de Axios intentó confrontarle con las consecuencias de su discurso incendiario. En la furgoneta de Sayoc, un cartel de Trump y una pegatina: «CNN sucks!».

Una consecuencia inevitable

La cadena recibió el lunes un nuevo paquete explosivo, el decimoquinto que envió el seguidor de Trump. «Sayoc no es un lobo solitario al que han radicalizado unos cuantos medios periféricos», escribió el estratega republicano de Florida Rick Wilson. «Es el producto inevitable de una realidad alternativa que cada vez define más el paisaje intelectual de la derecha de Trump». Y según eso, «Sayoc es el futuro», vaticinó. Días después Bowers vistió de luto a la comunidad judía que la ultraderecha conspirativa asocia con los enemigos de Trump.

Entre medias un hombre de Louisville (Kentucky), que acechó durante varios minutos una iglesia afroamericana, acabó disparando contra los clientes de una tienda cercana, a los que les descargó la pistola ya muertos en el suelo. «No me dispares, los blancos no matamos a blancos», le dijo Gregory Bush a un hombre que intentó confrontarle.

La explosión de odio en vísperas de las elecciones legislativas del martes, en las que se renovará la Cámara Baja y un tercio del Senado, ha sido «desafortunada», lamentó en presidente en un tuit, con el que intentó alentar la teoría de que fuese una conspiración demócrata. Cuando la evidencia no dejó lugar a dudas de que se trataba de uno de sus fanáticos, volvió la mirada hacia el foso y acusó a la prensa de haber instigado ese clima de odio. Lejos de adoptar un tono más conciliatorio para esta recta final, cada día ha redoblado los ataques contra la caravana de inmigrantes que aún está a 3.500 kilómetros de Tijuana.

Con los mercados viento en popa, los salarios recuperándose de la crisis y el desempleo más bajo desde 1969, ¿por qué no explota el presidente sus logros económicos en la campaña? Sólo uno de cada cinco anuncios republicanos menciona el paro o la economía, según los datos que Kantar Media's Campaign Analysis Group proporcionó a 'USA Today'. La razón es que Trump sabe por instinto lo que demuestran los estudios de neurociencia: el agradecimiento no mueve el voto, el miedo y la ira sí.

Sensación de amenaza

Frente a la frialdad de los datos, el calor de las emociones. En la era Trump la ciudad de Reagan que brillaba sobre una colina se ha transformado en una urbe apocalíptica a lo Mad Max, acechada por un ejército de violentos y desarrapados invasores. El miedo en los mensajes políticos está pensado para exacerbar la sensación de amenaza a la propia existencia o a la visión del mundo. Siempre ha sido un poderoso instrumento de manipulación política, ya sea contra el terrorismo después del 11-S o contra los inmigrantes en estas elecciones.

Un arma mucho más potente cuando se usa con los votantes de derecha, como demostró un estudio conjunto entre varias universidades publicado en 2008 en la revista 'Science'. Los conservadores tienen una reacción fisiológica mucho más fuerte a imágenes negativas, hasta el punto de que los neurocientíficos son capaces de determinar la tendencia política sólo con analizar la actividad cerebral y en particular el tamaño de la amígdala.

Esa hipersensibilidad a las amenazas les hace aferrarse con más fuerza a su armas y, presumiblemente, les motivará a votar este martes por los candidatos del único partido que promete hacer algo radical para detener la falsa amenaza de la caravana de migrantes. Sólo así creen poder manejar la ansiedad que les produce todo lo que leen en las redes sociales y los boletines digitales de la ultraderecha, sin imaginar que votan por la única opción que les garantiza el miedo, al menos hasta que Donald Trump sea reelegido presidente en 2020.

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