Ortega remata la represión

Varios nicaragüenses transportan el féretro de uno de sus compañeros falleciios. /Marvin Recinos (AFP)
Varios nicaragüenses transportan el féretro de uno de sus compañeros falleciios. / Marvin Recinos (AFP)

Monimbó se había convertido en una fuerte línea de oposición contra el dictador

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Managua

A 30 kilómetros de Managua, Monimbó era, hasta este miércoles, la mayor fortaleza que pueda construir un pueblo con las manos. Desenterraron los adoquines y los convirtieron en barricadas, rellenaron los tarritos de papillas para niños con pólvora, soldaron las tuberías y las convirtieron en morteros que encendían a mechero, sembraron las calles de cristales y puntillas para pinchar las ruedas de sus atacantes...

Sobraba el valor pero faltaban las armas, frente a la desproporcionada fuerza de los antimotines apoyados en un Ejército paramilitar que este miércoles utilizó armas de guerra para reprimir el último gran foco rebelde del país. Lanzacohetes antitanques RPG-7 usados contra seres humanos. La aguerrida comunidad indígena al sur de Masaya, que ya demostró su fiereza contra los españoles hace 500 años, sucumbió ante la moderna maquinaria de guerra soviética en manos del gobierno de Daniel Ortega y sus encapuchados.

«El intento de golpe de estado ya está derrotado», anunció con cinismo desde Bruselas el secretario de la presidencia nicaragüense, Paulo Oquist. Masaya no había pedido ser liberada de ningún golpe de estado, sino que se había declarado libre del orteguismo y aguantaba desde hace tres meses el asedio, con barricadas custodiadas por el pueblo. «Esta lucha no es de un partido político ni de ningún sector», explicaba la víspera el comandante Guardabarranco mientras enseñaba las defensas del pueblo. «Aquí no hay izquierda ni derecha. Somos los de abajo que vamos a por los de arriba, cansados de corrupción y represión».

Las mujeres alimentaban a los hombres que custodiaban las trincheras y fabricaban bombas de contacto en los tarritos de papillas Gerber que salvaron muchas manos, gracias a la resistencia del vidrio durante la manipulación. «¿De qué lo quieren, de bananito, de pera o de tuti fruti», les preguntaban a la policía los jóvenes antes de lanzarlos mientras todavía duraba el humor. Junto a los muros de adoquines, garrafas de plástico cortadas a la mitad recibían humildes donaciones para quienes llevaban más de tres meses sin trabajar, defendiendo a este barrio de artesanos en lugar de alimentar a sus familias. «Estamos dispuestos a morir por la causa», dijo uno de ellos a este periódico la víspera del asalto final.

Ortega se había propuesto celebrar mañana jueves sin resistencia el 39 aniversario de la llegada al poder del Frente Sandinista, en un intento de declarar victoria y repetir la gesta de 1979 contra Somoza. La ironía es que esta vez él es el dictador contra el que se levanta el pueblo, verdadero heredero del sandinismo. Quienes lucharon en los años 80para mantener la revolución, como Silvia, de 53 años, no logran sacarse «el trauma» de haber ayudado a un partido que ahora masacra al pueblo. «Si hubiera sabido esto jamás habría movido un dedo», se lamentaba.

Durante los últimos diez días las camionetas de paramilitares han entrado con palas excavadoras en los pueblos alzados que construyeron barricadas con piedras y adoquines precisamente para impedirles la entrada, pero sin armas que empuñar. Universidades e iglesias tiroteadas, líderes campesinos detenidos, ayuntamientos quemados y rebeldes ejecutados en las calles a plena vista del pueblo. Las órdenes del presidente eran «limpiar Masaya al costo que sea», anunció el comisionado de policía Ramón Avellán, «cumpliendo las órdenes del presidente».

Vista de una calle con barricadas en el barrio indígena de Monimbó.
Vista de una calle con barricadas en el barrio indígena de Monimbó. / Jorge Torres (Efe)

El comisionado se venga así de las tres semanas que la población le tuvo asediado sin dejarle dormir por las noches con burlas por los altavoces. «Comisionado Avellán», le gritaban a todo megáfono con voz dulzona. «¿Ya le ha podido dar un beso a su mujer? Porque si no aquí las mujeres de Masaya le tenemos uno: Boom, sonaban los morteros. ¿Qué pensás, que en esta lucha sólo había güevones?».

Este miércoles eran sus hombres y los encapuchados los que lanzaban besos de Drácula, a pesar de que el pueblo le devolvió en su día a su hijo, cuando fue interceptado en las barricadas. La sanguinaria represión ha recibido la condena unánime internacional, que no logró detener con palabras la masacre de Monimbó ni con la intercesión de EE UU. «Instamos enérgicamente al Presidente Ortega a que no ataque a Masaya», pidió por Twitter el secretario adjunto en funciones para Latinoamérica Paco Palmieri. «La continua violencia y derramamiento de sangre promovidos por el Gobierno de Nicaragua deben cesar inmediatamente. El mundo está observando».

Observando y rezando. El nuncio del Vaticano Waldemar Stanislaw advirtió que «la violencia no podrá solucionar la crisis política y garantizar un futuro de paz en Nicaragua», pero nada podía frenar ya la orgía de sangre y fuego que se derramaba sobre la ciudad del volcán de Masaya, siempre activo.

Un opositor se enfrenta al Ejército.
Un opositor se enfrenta al Ejército. / Oswaldo Rivas (Reuters)

El ejército de paramilitares se desplegó silenciosamente a las afueras de la ciudad cuando alboreaba el sol, a las 5.30 am, con el canto de los gallos. Los perros los delataron y sus dueños alertaron a los custodios de las barricadas, que hicieron sonar las campanas de la iglesia para dar la voz de alerta. Para distinguirse entre sí, este miércoles vestían camisetas azules. La víspera, durante el asalto a los Pueblos Blancos que rodean Masaya, camisetas verdes. Lo que no cambiaba eran los pasamontañas negros y la fuerza de sus fusiles de asalto AK-47, a los que este miércoles sumaron ametralladoras.

«Esto no es una guerra civil», aclaró el excanciller Francisco Aguirre. «Es una matanza unilateral en la que el 95% de las muertes y el 100% de los detenidos y desaparecidos son del mismo lado».

Vista de una calle con barricadas en el barrio indígena de Monimbó.
Vista de una calle con barricadas en el barrio indígena de Monimbó. / Jorge Torres (Efe)

Por si hubiera dudas sobre el carácter negociador del gobierno, a la misma hora en que sus huestes remataban a los insurgentes de Monimbó comparecía en los tribunales el líder campesino miembro de la Mesa del Diálogo Nacional Medardo Mairena, detenido el viernes. Lo hacía sin abogado de su elección y tan maltrecho que según su familia lo entraron en camilla para una audiencia a puerta cerrada.

A las afueras, Mercedes Sosa cantaba en una grabación el 'Sólo le pido a Dios', que los manifestantes acompañaban con 'Justicia para el pueblo nicaragüense', decían las pancartas. «¡Nos están matando!».

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